

No te detengas ahora, no de nuevo.
No hay razón verdadera para quedarse con los tobillos unidos, como niño jugando al soldado (en una callejuela donde no pasan ni los gatos), ya sé, me lo dices de frente; no hay tampoco razones para correr; no hay tanques, no nos persiguen de muerte, aún, por nuestras disidencias hipotéticas.
No hay transcendencia; lo sé. Y te sonrió, con media sonrisa, a medio rostro, a medio yo (porque no alcanzó ya en tu memoria a ser alguien, algo, cualquier cosa (cualquier viruta de polvo feliz viajera en tu escritorio en lustros no escombrado)).
Nada en las manos abiertas (teníamos un sol rojo entre las manos, las esquinas por donde no hemos vuelto a caminar, tu “no”, teníamos tus nos de casa a medio construir, de buhardilla que nada cubría y los pies mojados; la eterna trascendencia de descalzos sobre el césped de quien sabe que señor adinerado en la del valle, y toda mi infinita estupidez sobre nosotros; luminosa como la angustia de cualquier inocente).
Nada entre los restos del café. Nada en los huequitos oscuros entre las bolsas de detergentes que se embarrigan debajo del lavabo. Nada incluso entre estas letras; ni siquiera los fantasmas son fantasmas.
Nada para detenerse de nuevo; ni calles ni muros ni coches despotricados buscando yeguas en los cruces, ni cigarros a punto de apagarse como luciérnagas cuando les llega la ciudad.
Reivindicación de lo más antiguos super héroes: los muertos, las viudas, los fantasmas, traspasan todo, y a ellos (como supermans sin caché, entrando y saliendo al ponerse los lentes) todos los olvidan.
No hay muro que detenga tus pasos entonces, fantasma; todo traspasas, haztelo saber.

El plan del viaje: primero al puerto de Acapulco y de allí todo hacia el norte. Tenía ganas de mirar el rostro del trailero, pero el valor se me había agotado al tocar su fría mano para subirme. Desde la cabina todos los autos se veían chiquitos: el trailer parecía devorar bichitos compactos que cambiando de velocidad huían. Un jueves a las 6.30 de la mañana; salimos de la ciudad rápidamente, los lugares, las imágenes, el frío, todo se embarraban en las ventanas como si los cristales fueran pantallas de televisión. Yo no atinaba más que a ver de frente al asfalto que vertiginosamente se aventaba a los rines del monstruo. El trailero se llamaba Guillermo Juárez; entre un medieval y un presidente pensé. -¿Cómo te llamas?- podría haber sido el inicio de cualquier conversación en cualquier otro lugar...
no puedo creer que un sueño me rompa el corazón (así, literal, como cuando tenía 16 años, más agudo incluso, menos focalizado) me desperté con los músculos tensos y un dolor en el pecho, con la mañana deslavada y vacía, con la ventana clareando su diciembre. abrí los ojos; era un sueño. respire profundo entre las sábanas recién lavadas y pensé (pensé que del olor de las sábanas uno se puede enamorar) (del olor del cabello, del sudor corriendo por el cuello, de las manchas de los zapatos) pero nunca de la completa negación. me levante de las sábanas como si pudiera dejar en ellas el olor a cloro del sueño, el pasto, el edificio rojizo, el sueño completo... pero no. el día transcurrió con el corazón partido, el sueño no había terminado; el sueño era en realidad el comienzo de otro sueño del que no hubiera querido percatarme. pero así funcionan a veces no son sueños: a veces son premuniciones nocturnas, claridades que se revelan sólo cuando eres incapaz de bloquear la verdad a ti mismo: entonces la realidad se abre en el sueño y cuando despiertas no dejas de soñar... después no pude contarte la verdad, y desarrolle versiones alternas que intentando apresar la sensación de ese cielo azul, de los columpios mal pintados, de tus palabras diciendo eso que nunca quise oir...y así he andado, con la claridad a fondo, como fondo de botella, con la develación de lunes mañanero de algo que no quería aceptar: que hay cosas que cuya llave es un instante, y que yo, a fuerza pendular entre prudencia infame, riesgos estúpidos o comodidad conformista (si, todos somos al fin y al cabo un posada cualquiera), he terminado por perder casi todas las llaves, quedándome solamente con las cerraduras. máldito sueño.

Janik
Ya me habia salvado demasiado tiempo. Tanto que casi olvidaba que existía ésta parte porosa y húmeda que se encharca y te deshace con tal rapidez. Como esa enfermedad de los glaciares en la que su misma agua encharcándose los carcome. Me he enamorado por lo menos 3 veces. Todas letales en distintos puntos. Pero cada vez que me vacuno, la vacuna se vuelve ineficiente porque el nuevo amor ataca en otro punto. Mas nunca me había sentido como ahora.