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7.01.2010

Yo no quiero decir, yo quiero entrar

Alejandra Pizarnik,"La palabra del deseo" (fragmento)

"¿Qué estoy diciendo? Está oscuro y quiero entrar. No sé qué más decir. (Yo no quiero decir, yo quiero entrar). El dolor de los huesos, el lenguaje roto a palabras, poco a poco reconstituir el diafragma de la irrealidad."

(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)

3.15.2010

Tajimara

Juan García Ponce

En su coche, camino a Tajimara, Cecilia me dijo al fin el motivo de la fiesta: Julia iba a casarse y Carlos había organizado la reunión para “despedirse de la casa”. Asombrado, le pregunté quién era el novio. Dijo un nombre que no significaba nada para mí y luego me explicó que era un chileno al que podría aplicársele el aforismo de Schopenhauer sobre las mujeres: pelo largo e ideas cortas. Yo quería que me contara todo, pero con Cecilia eso era imposible; por encima de cualquier otra cosa adoraba la confusión y el misterio, y ésta era una oportunidad única. Contestó que no sabía nada, que ya los vería y me daría cuenta de lo que había pasado. Comprendí que era inútil intentar sacarle algo más y me dediqué a mirar la carretera en silencio. Estaba lloviendo y, vistos a través de los cristales empañados, los abetos sacudidos por el viento, las montañas pardas y el cielo gris y deslavado, parecían envueltos en una enorme bolsa de celofán. Antes, Cecilia y yo habíamos recorrido estos mismos veinte kilómetros innumerables veces; pero el paisaje nunca me había parecido tan melancólico como ahora. En cierto sentido, que ella manejara siempre era casi simbólico. Me había guiado hacia donde ella quería toda mi vida y cuando después de seis meses de no verla se presentó de pronto para invitarme otra vez a Tajimara, no tuve ni siquiera tiempo de pensar en lo que sentía, acepte simplemente, consciente de que jamás sabría si la quería o la odiaba. Al manejar levantaba ligeramente la cabeza y la postura acentuaba la extraordinaria gracilidad de su cuello. Con su vestido verde, sin mangas, cerrado hasta el cuello, recto y pegado al cuerpo, se veía divina.

(Cuando la conocí usaba trenzas y a veces se las recogía en rodetes sobre las orejas. Todos los muchachos del barrio estábamos enamorados de ella y buscábamos continuamente pretextos para desahogar a golpes el odio que había logrado provocar entre nosotros sonriéndole cada día a uno diferente. Pero, con el tiempo, cada quien se fue por su lado. Yo dejé de verla y un día supe que se había casado. Pensé en ella un momento como algo hermoso e irrecuperable y no traté de averiguar nada más. Mucho después volví a encontrarla en una tarde de lluvia como ésta, mientras yo atravesaba corriendo la Reforma. Me subió a su coche y nos fuimos a tomar un café. Mis padres habían regresado a Guanajuato y yo vivía con Mario en un departamento viejo, helado, apestoso y lleno hasta el tope de nuestras porquerías: libros, reproducciones, recortes de revistas, fotografías antiguas y la colección de arte indígena de Mario, que era antropólogo. No tenía un centavo y me pasaba el día traduciendo novelas policiales a cinco pesos la cuartilla, con la vaga esperanza de terminar la carrera algún día. Mientras la miraba, tratando de reconocer a la Cecilia de antes en esta nueva persona de gestos nerviosos, ojos inquietos y pelo corto, ella me contó que se había divorciado, perdiéndose en una interminable historia sobre la tontería de su marido y su incapacidad para comprender las inquietudes de ella. Cuando terminó, yo casi sin darme cuenta empecé a hablar del amor que le tenía y de cómo me hacía sufrir. Sonrió encantada y comentó: “Yo te tenía muy en cuenta; pero estaba enamorada de Guillermo y sólo podía pensar en él.” Fue una verdadera revelación. Para mí Guillermo siempre había sido una más entre sus víctimas, y aunque los había sorprendido juntos muchas veces y sabía que a ella le gustaba, nunca pensé que hubiera algo especial entre ellos. Luego, Cecilia insistió en llevarme hasta mi casa. Habíamos hablado cerca de cuatro horas y al final yo no sabía quién era ni dónde estaba; el pasado se revolvía con el presente y sentía la misma emoción que diez años atrás cuando, por la noche, tiraba piedras a su ventana con la esperanza de verla un instante y, cuando salía, sólo me atrevía a decirle que necesitaba hablarle al día siguiente y me alejaba furioso conmigo mismo por no haberme atrevido a decir más. Me dejó su teléfono y al cabo de una semana nos veíamos todas las tardes. Su forma de hablar me recordaba, a veces, a la Cecilia que paseaba conmigo por el Parque México en tardes afortunadas y no me dejaba tomarle la mano. Pero entre nosotros siempre había una especie de nostalgia por la inocencia perdida. En aquella época los dos éramos vírgenes y yo soñaba con tenerla noche y día; ahora ninguno de los dos nos perdonábamos no haber sido el primero y nos castigábamos mutuamente por eso. Sentado frente a la ventana, la veía llegar y salía a recibirla a la escalera. Apenas entrábamos ella se desnudaba, se ponía la bata de Mario y me enfurecía con frases como “nos estamos destruyendo” o “no podemos seguir juntos”. Representaba cada tarde un personaje distinto. A veces fingía que mi indiferencia la exasperaba y tiraba las cosas al suelo. “Me estoy dando a ti por completo, a ti, no te hagas a un lado, no lo permito.” Un día rompió varias figuras de la colección de Mario y él, que estaba harto de pasarse las tardes fuera, tomó esto como pretexto y se peleó conmigo).

Cecilia, cansada de mi silencio, se echo a reír de pronto. La conocía perfectamente y sabía que era sólo un pretexto para iniciar otra conversación, pero le pregunté de qué se reía.

—Estoy imaginando la cara de Guillermo cuando me vea entrar contigo —dijo.

—¿Va a estar allí? —pregunté, aunque sabía cuál iba a ser su respuesta.

—Sí. Por eso te traje.

Como lo esperaba. El eterno juego estúpido al que no podía dejar de prestarme, ego maniaco masoquista que había encontrado la pareja ideal. El tenue telón de la lluvia entre el campo amarillo y el cielo gris. La intimidad del coche en la carretera solitaria. Adivinando el cuerpo de Cecilia bajo la tela del vestido.

(Yo no podía pagar un departamento solo, pero no quería volver a ninguna casa de huéspedes. Al día siguiente le conté todo a Cecilia. Se echó a reír y me dijo que ella se ocuparía de encontrarme lugar. “Conozco mucha gente. Demasiada. No te preocupes.” Como siempre, tenía puesta la bata de Mario. Se la quitó y se subió al arcón de madera de debajo de la ventana. La lluvia afuera y el cielo gris con su figura recortada contra la ventana. “Llévame al cuarto, estoy helada.” Las tardes interminables en que yo trataba de hacerla gozar y el olor revuelto de nuestros cuerpos después de hablar horas enteras en la cama con las piernas entrelazadas, manchando con ceniza las sábanas. “A veces no siento nada. Es inútil. Siempre me ha pasado lo mismo. Estoy mal.” Siempre ¿con quién? Pero luego, con el sudor revuelto, me rodeaba la cintura con las piernas y yo la buscaba por dentro y después de revolverse y quejarse y suspirar se aflojaba al fin y murmuraba “gracias, gracias por esperarme”. Consiguió el estudio de Julia y Carlos, que habían alquilado ya la casa en Tajimara, pero no querían perderlo y me lo subarrendaron por una cantidad ridícula. Era sólo una estancia, con las paredes manchadas de pintura y un olor permanente a tíner y a chapopote que fue imposible quitar, y un baño destartalado; pero la ventana daba a un jardín viejo y melancólico, por las mañanas los gritos de los niños llegaban hasta nosotros y al atardecer veíamos a un viejo solitario que sacaba a mear a su perro. Cecilia inventaba historias interminables acerca de él. Entonces se pasaba el día entero conmigo. Yo no me cansaba de mirarla. “Tú, tú”. “No; ya no soy ésa. No sueñes, no inventes. Todo se acaba.” Pero cuando ella hablaba así era cuando yo más quería hacerlo durar. Bajábamos la escalera con mi brazo alrededor de su cintura para comprar un pollo en la esquina y en la calle había viento, los árboles se veían tristes, el cielo estaba gris, el ruido del tráfico se perdía en el aire y la gente parecía extraña a nosotros, que después íbamos a hablar de una época muerta y a pensar por separado que, sin embargo, ya nada era igual.)

Las gotas repiqueteaban como municiones sobre el techo de lámina del coche. Cecilia siguió hablando sin mirarme, atenta al camino, limpiando de vez en cuando con la mano los cristales empañados.

—Pero no voy a regresar contigo. No íbamos a ningún lado así. Cuando éramos niños era diferente. Ahora no podía salir bien. Si nos hubiéramos casado entonces tendríamos diez hijos y seríamos felices. Pero yo le di todo lo de esa época a Guillermo y el no supo tomarlo. ¿Sabes lo que me dijo el doctor? Que los torturaba a ustedes por él y mi padre. Así me vengaba del poco caso que ellos me hacían.

(Cecilia, con el uniforme del colegio y una cinta azul en el pelo. Esperaba todas las mañanas a que ella saliera, siempre con el temor de que fuera demasiado tarde y se hubiera ido ya, y luego la seguía sin atreverme a hablarle hasta que ella se volvía fingiendo sorpresa. La acompañaba hasta la puerta del colegio y me quedaba acostado enfrente, sobre el pasto, con la esperanza de verla asomarse por la ventana, pero primero sólo salían sus amigas, riéndose y empujándose mutuamente, y al final ella aparecía un instante y me hacía señas de que me fuera.)

—Y ahora ¿qué ganas con Guillermo?

—Me vengo en él directamente. Es mucho mejor.

—Tiene que haber algo más.

—Tal vez. Tal vez esté todavía enamorada de él. Quién sabe. ¿Sabes lo que me hizo el día que cumplí quince años? Nunca se lo he contado a nadie antes. Había estrenado vestido y lo estuve esperando toda la tarde, pero no llegó. Por la noche me habló por teléfono para decirme que ya no me quería y no iba a verme más. Hacía un mes que me acostaba con él. Ahora es una tontería; pero entonces... No lo podía creer. Estuve hablando con él horas enteras, tratando de convencerlo, como una idiota, diciéndole que era imposible, que todos ustedes estaban enamorados de mí y en cambio yo sólo lo quería a él. Y era verdad. Yo no sabía cómo eras tú en ese tiempo, ni tú ni nadie; sólo él. A ustedes no podía verlos.

—Veme ahora.

—No. Es inútil.

Con la lluvia había oscurecido de pronto, sin que viéramos meterse al sol. El coche lleno de humo. Los cristales, convertidos en espejos, devolvían la figura de Cecilia del otro lado del coche, doblándola. Los brazos delgados, de niña todavía, extendidos hacia el volante; la suave curva de la nuca, con unos cuantos rebeldes pelos castaños saliéndose del peinado. Me acerqué a ella y le acaricié el cuello.

—¿Por qué no?

—No sé.

Le pasé suavemente la mano por el brazo y sentí cómo se le erizaban los vellos.

—Párate un momento.

Sin contestar ella arrimó el coche a la cuneta y paró el motor. En un momento la lluvia empañó por completo los cristales. Desde algún lado se oía correr un arroyo. Empecé a besarla. Primero, ella se dejó hacer; pero luego me apartó, se inclinó sobre el volante y apoyó la cabeza en los brazos. Le puse una mano en la rodilla y la subí por los muslos.

—¿Traes algo debajo?

—Sí —dijo ella, sin levantar la cabeza.

Subí la mano hasta el fin y la acaricié hasta que la tela se humedeció. Entonces, con la otra mano, empecé a bajarle el cierre del vestido, por la espalda. Le desabroche el sostén, la atraje hacia mí y le acaricié el pecho, apretándole el pezón con los dedos.

—No —dijo ella.

Pero bajó los brazos y se dejó sacar el vestido hasta la cintura y luego levantó las nalgas para que se lo quitara por completo. La acaricié despacio, sintiéndola estremecerse y tirar de mí para que me acercara a ella.

—Entra. Pero salte antes. No quiero que pase nada.

Pero ésta no es la historia que quiero contar. La otra, la de Julia y Carlos, significa realmente algo. Lo mío y de Cecilia es distinto y además ella no se llama Cecilia y en todo lo que he dicho hasta ahora hay algo falso, aunque los sucesos sean verdaderos. No he hablado de los proyectos que pensamos realizar, ni de la mágica complicidad, ni de cómo empezó todo en realidad, ni he logrado que ella, la Cecilia verdadera, se vea tal cual es: niña frágil, absurda, tímida y descarada, exasperante, imposible, exigente y débil, sorprendente siempre y desesperadamente independiente, inasible, tan difícil de penetrar y tan desequilibrada, y a veces, también, tan tonta, empeñada en vivir en una edad irrecuperable y tratando siempre de cambiar el sentido de sus actos, hablando todo el tiempo sin decir nada y con una mirada que de pronto parecía abarcarlo todo, con la pasividad inagotable de la luna. La primera vez que la llevé al departamento todavía no la había besado nunca en mi vida. Hasta entonces nos citábamos en cafés o simplemente en cualquier esquina conocida, porque ella no quería que fuera a buscarla a su casa. “Ésa era otra época, no debes volver por allí.” Un día me dijo que quería ver cómo vivía y yo le prometí llevarla al día siguiente. Le expliqué todo a Mario y conseguí que me dejara el departamento libre. Pasé por Cecilia a un café y ella manejó hasta la casa. Llevaba pantalones y mientras subíamos la escalera le metí la mano por la espalda, por debajo del suéter. Pero después, adentro, los dos estábamos muy turbados. Tuve que enseñarle, una por una, todas mis cosas y responder a las preguntas más absurdas acerca de ellas, como si cada una fuera el objeto más extraño e incomprensible. Cuando no hubo más que hablar sobre el departamento, Cecilia se sentó en un sillón, lejos de mí, y empezó a hablar de su matrimonio, sin dejarme intervenir para nada. Yo la escuchaba aburrido y desilusionado, distraído, sin detenerme a pensar en si lo que me decía era verdad o mentira; de todos modos, la historia era absurda. Al fin se levantó para irse y entonces me acerqué a ella y la besé. Al principio pensé que tenía los labios demasiado delgados y en cierta forma era una desilusión, pero de pronto ella me metió la lengua en la boca y se apretó contra mí y me olvidé de todo. La desnudé ahí mismo, la llevé al cuarto y me desvestí mirándola, mientras ella se acariciaba. El pasado, el presente, todos los años que había vivido tranquilo, sin pensar jamás en Cecilia. Ese día terminamos al mismo tiempo y luego desnudos, en la cama, le hablé de todo lo que la había querido. “No te conocía, no me daba cuenta, hubiéramos sido felices”, decía ella y yo sentía que la quería tanto como entonces; pero luego, por la noche, a solas, después de contárselo todo a Mario, pensé que había sido una tontería. Ella ya no era la misma, ni yo era el que había sido y la actual Cecilia no me interesaba. Sin embargo, siguió viniendo y me enamoré de ella o tal vez, simplemente, volví a encontrarla. Su conversación me exasperaba; pero apenas se iba empezaba a extrañarla. Me contó que desde su divorcio iba con un psicoanalista y propuso que desde el principio nos contáramos todo lo malo que pensáramos uno del otro para que nuestra relación fuera verdadera. Tuve que decirle que al principio sólo quería acostarme con ella y me contó detalladamente con quiénes y cómo se había acostado. El resultado fue que ninguno de los dos nos lo perdonamos nunca, y eso no lo confesamos. A veces hablábamos de casarnos e irnos a Puerto Vallarta o a no sé que pueblo de la costa de Colima del que Cecilia había oído hablar. Yo enviaría por correo las traducciones y estaríamos todo el día en traje de baño sin que nada se interpusiera entre nosotros. Pero veíamos todo como algo vago y lejano, que en el fondo sabíamos que nunca se realizaría. En el estudio, Cecilia se ponía un suéter y unos pantalones viejos míos e intentaba, sin éxito, poner un poco de orden o preparar algo de comer, aunque siempre era yo el que terminaba friendo los huevos porque ella le tenía miedo al aceite hirviendo. Me llevó a su casa. Sentí una sensación extraña al reconocer los muebles de la Cecilia de antes, y conseguí que me regalara la pequeña mesa de su cuarto para tener siempre algo suyo junto a mí. Luego nos llevamos el álbum de fotografías y nos pasamos tardes enteras repasándolo, tratando de convencernos de que el tiempo no había pasado y éramos los mismos, aunque ella jamás quiso dejarme ninguna de sus fotos antiguas y se llevaba consigo el álbum cada vez. Pero, a pesar de la intimidad, las conversaciones interminables y los paseos por las calles, bajo la lluvia, en tardes grises y rosadas, sintiendo la ciudad, solos y realmente unidos, todavía no sé cómo es Cecilia, cuál de todas es Cecilia y sólo su figura está siempre presente. Cecilia desnuda, de pie sobre el arcón de Mario (eso ya lo dije); Cecilia con los tirantes del sostén bajados para que yo viera cómo se veía en bikini; Cecilia en el sofá, dejando que la mirara; en pantalones, con la gabardina encima; en el coche, diciéndome adiós, un breve escorzo de la mano y la sonrisa; en las fiestas, sin nada debajo del vestido, como yo se lo había pedido; discutiendo con Clara en la carretera, olvidándose de que iba manejando, después de estar con Julia y Carlos en Tajimara. (Es inútil.) Julia y Carlos son hermanos. Cecilia había conocido a Julia en no sé qué clase de pintura (Cecilia había hecho de todo) que las dos tomaban juntas. Entonces Carlos estaba fuera de México, estudiando también. Cuando regresó, alquiló el estudio para él y para Julia y presentaron una exposición. Vendieron algunos cuadros y dos o tres críticos los elogiaron, especialmente a ella, y su padre, entusiasmado, les dio el dinero para comprar la casa en Tajimara. Se parecían mucho, aunque ella era un poco más alta que él. Cecilia y yo los ayudamos a trasladar sus cosas y luego los visitamos de vez en cuando.

(Los viajes en el coche, sentado al lado de Cecilia, por las tardes, sin pensar en nada, mirando los árboles amarillos y las flores en las lomas y luego las montañas pardas, verdes y azules diluyéndose con el fin del día.)

La casa tenía ventanas con barrotes de hierro y un hermoso y descuidado jardín en el centro, pero llevaba años deshabitada. Los pisos estaban levantados y el techo tenía una imprevisible cantidad de goteras. Julia y Carlos pintaban en todas las habitaciones y hasta en el enorme patio del fondo entre los manzanos y las higueras. Hacía mucho frío. Por la noche prendían la chimenea y la estancia se llenaba de humo. Los visitaba mucha gente y todos terminaban borrachos, con los ojos enrojecidos por el humo y los pies helados. Conversaciones de este tipo:

—En el mundo, menos húngaro, se puede aprender todo.

—Yo pinto con música africana en el tocadiscos. A todo volumen. El ruido atrae la inspiración.

—Vamos a desnudarnos todos.

—¿Te has acostado con ella?

—Strindberg, Strindberg, no hay más. Y entre todas sus mujeres, Adele.

En el pueblo todos se reían de Julia y Carlos. Ellos nos recibían manchados de pintura de la cabeza a los pies, y se reían más que nadie, pero se vigilaban mutuamente, y sólo se quedaban tranquilos cuando los dejábamos solos otra vez. Carlos tenía que soportar el asedio de Clara y a Julia la perseguían todos; pero ellos no miraban a nadie. Ésa es la historia que quiero contar. Cecilia y yo la descubrimos durante un fin de semana. Habíamos llegado el sábado a mediodía y mientras ellos pintaban nos fuimos a la huerta. Acostados bajo los árboles, dejamos pasar la tarde. Hacía más de cinco meses que estábamos juntos y aunque yo estaba harto de la gente de Tajimara ella me arrastraba siempre hasta ahí.

Clara se había hecho íntima amiga suya y no nos dejaba en paz. La recuerdo en el coche, de regreso de Tajimara, incansable, hablando sin parar, después de haber estado bebiendo toda la noche, sentada en el asiento de atrás, con los codos apoyados en el respaldo de nuestro asiento, mientras yo dormitaba con la cabeza apoyada en el vidrio.

—El artista tiene que ser libre. Eso es lo admirable de Julia y Carlos. No se paran ante nada. Y eso se ve en sus cuadros. A mí que no me hablen de responsabilidad ni de ninguna de esas tonterías. Vivir y expresarse; crear, eso es lo único que importa ¿verdad, Cecilia? Míralo. ¡Dormido! ¿Cómo lo soportas? No le importa nada. Y lo peor es que debe tener algo adentro; pero con esa indiferencia es imposible sacarle algo. Despierta, tú. Dime qué piensas del mundo, qué esperas, qué le exiges. Habla.

Y etcétera.

Aquella tarde Cecilia estaba en shorts y los niños del pueblo se asomaban todo el tiempo por encima de la barda para verla. Luego llegó Julia.

—Vengan a ver mi último cuadro.

Era una gran tela negra con una mancha roja en el centro en la que el empaste producía una obsesionante sensación de movimiento. A través de la puerta se veía a Carlos en el cuarto siguiente, absorto, manchando otra gran tela de verde. Julia se alejó unos pasos de su cuadro para mirarlo otra vez y llamó a Carlos.

—Ven a ver esto antes de que se acabe la luz.

Él se acercó y se paró a su lado.

—¿Qué tal? —preguntó ella.

—Muy hermosa —dijo él, mirando a Julia.

Y de pronto le pasó el brazo por los hombros y la besó en el cuello. Después, como si hasta entonces se diera cuenta de que Cecilia y yo estábamos ahí, se apartó turbado.

(Y en cambio, el domingo, Clara se presentó con Guillermo que no tenía nada que hacer allá. Al principio, él ni siquiera se dio cuenta de quién era Cecilia y sólo la reconoció cuando se la presentaron. “Te cortaste las trenzas.” “Sí, claro”, dijo ella. Yo la miré. Estaba pálida. Cuando todos estábamos borrachos, bailó con él y dejó que la llevara al patio. Luego regresaron y ya no le habló más. Se puso a bailar conmigo y me dijo que era un perfecto imbécil; pero bebió más que nadie, y al final estaba tan borracha que tuve que manejar yo. Salimos todos al mismo tiempo y Guillermo intentó subirse a nuestro coche. Arranqué antes de que abriera la puerta y lo dejé con Clara. En el camino, Cecilia se puso a llorar de pronto y me pidió que parara y nos acostáramos, pero yo sabía que los otros venían atrás y no le hice caso. Entonces se quedó dormida, con la cabeza apoyada en mi hombro, tapándose con la gabardina. Poco antes de llegar a la caseta empezó a amanecer. Había neblina, pero abajo la ciudad se veía rosa y anaranjada. Frente al Panteón de Dolores estaban instalando los puestos de flores. Las calles estaban vacías y el silencio sólo era interrumpido por el paso de los primeros tranvías y el lento rodar de los carros de los barrenderos. Frente al estudio, en un rincón del parque, un perro flaco revolvía un montón de basura. Los columpios colgaban inmóviles y alguien dormía sobre una banca, envuelto en periódicos. Dejé a Cecilia dormida en el coche y me fui a la farmacia de la esquina a hablar por teléfono a su casa. Contestó su madre. Le dije que Cecilia se iba a quedar en Tajimara un día más y me había encargado que le avisara. No podía llamarle después y por eso... Ella estaba muy asustada, y furiosa. Me preguntó quién era, le di un nombre inventado y colgué antes de que empezara a lamentarse. Regresé al coche y traté de despertar a Cecilia, pero fue inútil; movía la cabeza y se quejaba, pero no abría los ojos. Entonces, así dormida, la saqué del coche, me puse su brazo alrededor de los hombros, la tomé de la cintura y la subí hasta el estudio casi a rastras. Allí, la acosté en la cama, vestida, y me senté frente a la ventana, muerto de cansancio pero incapaz de dormir. De vez en cuando me volvía a mirarla; había vuelto a dormirse profundamente. El ceño fruncido hacía que toda su cara tuviera un aspecto malhumorado. La noche anterior yo había dormido por primera vez junto a ella y nos habíamos levantado juntos. Nos habíamos dormido abrazados, pero durante el sueño nos separamos y durante toda la noche apenas me daba cuenta, inconscientemente, estiraba el brazo buscándola. Por la mañana se había puesto mis pantalones y mi camisa y me había obligado a correr desnudo hasta el baño detrás de ella. Yo debería haberle hablado durante uno de nuestros paseos por el Parque México y deberíamos habernos casado entonces, cuando teníamos quince años, y tener ahora los diez hijos que ella decía, aunque nos hiciéramos viejos prematuramente. Entonces la necesitaba ya y entonces las cosas hubieran salido bien. A cualquier edad se puede necesitar a una persona, antes de tener experiencia, antes de tener nada y yo la quería como ahora, tal vez mejor que ahora. Cualquier cosa es mejor que una necesidad que nunca es satisfecha.

(Cerca del mediodía, ella despertó y me llamó a su lado. Me había quedado dormido en el sillón, con la cabeza apoyada en la mano izquierda. Me senté en la orilla de la cama y ella, con el pelo revuelto, despintada y con los ojos hinchados, me preguntó qué íbamos a hacer. “Nada”, contesté. “Abrázame”, dijo ella. La besé en los labios secos y me acosté a su lado. Después nos bañamos juntos y la obligué a tomar café y un huevo frito, y, más tarde, apagamos los cigarros sobre las manchas amarillas que habían dejado las yemas en los platos. Era una de esas tardes grises en las que, sin embargo, no llega a llover realmente, sino que sólo de vez en cuando caen algunas gotas gruesas y uno se queda con la sensación de que ha faltado algo o algo se ha frustrado, algo que de alguna manera nos disminuye. Le había dicho ya que había hablado con su madre, pero al anochecer se empeñó en irse. No quiso que la acompañara hasta su casa y nos despedimos junto al coche, donde la besé, apoyándola contra él. Luego me quedé allí, mirándola alejarse. Ella, antes de dar la vuelta en la esquina, sacó la mano por la ventanilla y me dijo adiós. En el estudio, las sábanas sucias y revueltas guardaban el olor de su cuerpo. Después me dijo que esa misma noche Guillermo le había hablado por teléfono y habían salido juntos.

(Empecé a esperar todas las noches frente a su casa. El sabor amargo en la boca, la rabia y el desprecio por mí mismo. Horas enteras, inacabables, convenciéndome a mí mismo: “Cinco minutos más”; y luego: “No voy a irme ahora, cuando ya no puede tardar, me quedo hasta que llegue.” Le escribí una carta: “Cecilia, es una tontería, no ha cambiado nada, no te inventes cosas, estábamos muy bien, no tienes de que vengarte ni sabes lo que estás haciendo, eso no importa y te quiero, ven, déjame hablarte.” La vergüenza de tener que esconderme detrás de cualquier cosa cuando ella llegaba con Guillermo y el odio el día que los encontré caminando, del brazo. “¿Qué haces por aquí?” “Nada... La casa de un amigo.” Mirando a Cecilia para que ella entendiera. Me fue a buscar al día siguiente, pero no subió al estudio sino que me llevó a dar una vuelta en el coche. “¿Lo quieres?” “No.” “¿Te quiere?” “Tiene que quererme.” “Es un idiota.” “¿Qué importa?” “Déjame besarte.” “¿Para qué?” y después: “¿Ves? Es inútil. No vayas más por mi casa. No voy a salir. ¿Dónde te dejo?” Era diciembre. Los árboles sin hojas, el tráfico peor que nunca y las gentes caminando de prisa, en el viento. Le devolví el estudio a Julia y a Carlos y me fui a pasar las vacaciones con mi familia. Ahora Cecilia no había querido decirme cómo me había encontrado. “Aquí estoy. ¿Quieres venir o no?”).

Estaban arreglando la carretera frente a Tajimara y la desviación estaba llena de lodo. La lluvia era ahora un verdadero aguacero. Por las pocas calles iluminadas se veían correr ríos ocres. Frente a la casa había ya tres coches estacionados; uno de ellos era el de Guillermo. Cecilia paró el suyo detrás y se arregló el vestido. La miré mirarse en el espejo. Ella se volvió hacia mí y sonrió.

—Te quiero —dije.

—No digas tonterías. Voy a casarme con Guillermo.

—¿Para qué pasaste por mí entonces?

—Decidí venir a última hora y tú eres el único que podía acompañarme.

Intenté besarla y me apartó.

—Ahora vas a portarte bien. Él no me espera. Si te interesa saberlo, todavía no me he acostado con él.

Le había entregado el estudio al padre de Carlos y desde la última vez con Cecilia no había vuelto a Tajimara.

(¿Podría haber empezado todo el relato con esa frase? Me imagino que es imposible seguirme, pero todas las historias policíacas están perfectamente construidas y yo estoy harto de ellas. Tal vez ahora pueda volver definitivamente a Julia y Carlos).

Al atravesar corriendo el jardín con Cecilia vi que la lluvia había borrado casi por completo el mural que Julia y Carlos pintaron juntos en la pared del fondo. En el corredor se amontonaban también varias telas semidestruidas. Entramos corriendo, sacudiéndonos el agua y todos nos recibieron a gritos. Guillermo miró a Cecilia asombrado y se la llevó aparte enseguida. No sé que hablaron. ¿Qué importa? Bailaron toda la noche y yo, sentado, los miré pasar, admirando el cuerpo de Cecilia, envuelto en el vestido verde. El grupo había cambiado un poco. Estaba una muchacha que no conocía, sin pintar y vestida de negro; y un muchacho de no más de dieciocho años, rubio, con una pipa enorme colgando, apagada, de la boca; los dos críticos que habían facilitado la compra de la casa en Tajimara con dos mujeres desconocidas y, claro, el novio. Éste era alto, flaco, pálido y tonto. La luz amarillenta del único foco apagaba los reflejos de la chimenea y los cristales de las ventanas repetían en el patio oscuro los movimientos de los invitados. Es todo. Cecilia y yo no tuvimos oportunidad de hablar de Julia y Carlos y ahora sólo recuerdo el parlamento de Carlos, borracho ya:

—Estamos aquí reunidos para celebrar la muerte de la soledad y el triunfo del amor, la alegría y la paz. Julia, ven a mi lado. Como dos gotas de agua, como una sola fuerza, y la lluvia se desprendió de la nube porque la unión era imposible y no podía ignorar al sol. Juntos haremos triunfar a la inocencia, y al final la princesa se casó, como en los cuentos, y tuvo un hijo antes del tiempo señalado por el uso y las buenas costumbres. Aunque eso no lo cuentan los cronistas, detrás de cada pecado hay un pecador que se esconde en las sombras y jamás da la cara. El padre a veces no debe conocerse. De mutuo acuerdo los pecadores ocultan su vergüenza. Todos sabemos que en cada crucifixión hay un buen ladrón y a veces éste se queda con la gloria, triunfa sobre el Hijo y el Padre y guarda a la víctima, que ya no lo es más porque el amor ilumina sus pasos. Pero no se debe revelar la verdadera esencia de los hechos.

Por mucho que yo me extendiera no podría decir más.

Julia miraba a Carlos y en sus ojos había amor antiguo y odio. De pronto él descubrió su mirada y sacó a bailar a la muchacha de negro. En la alegría, nadie lo había escuchado. Por encima de la música las goteras hacían repiquetear los cubos.

Componemos todo con la imaginación y somos incapaces de vivir la realidad simplemente. Recuerdo la destartalada y antigua casa en Tajimara, el estallar de los manzanos e higueras, la voluntaria confusión de los cuadros de Julia y Carlos, y el vacío de las tardes sin Cecilia. ¿Para qué hablar de todo eso? Julia se casó por la iglesia. Fui a la boda. Vestida de novia parecía una virgen de pueblo. En el atrio, Carlos hablaba de irse a Europa. Me senté a escuchar el órgano y durante toda la ceremonia pensé en Cecilia. Al salir, la luz era deslumbrante y el sol reflejaba contra los muros amarillos el verde de los árboles. Caminé sin rumbo y sentí dentro de mí el vacío de la tarde que empezaba sin Cecilia. El sentido de la historia es lo de menos; mientras la escribía sólo tenía presente la imagen de Cecilia. Jamás podemos olvidarnos de nosotros mismos y nuestros problemas envuelven a los demás y los deforman.

3.09.2010

...las historias continúan...



To be continued al final de una película significa que habrá segunda parte; que la cosa no termina allí. En la segunda parte, o en la tercera, o en la quinta según el churro cinematográfico que estemos viendo, se llega al final. Las películas no pueden terminar nunca con "to be continued". Lo mismo pasa con los libros; cuando lees un libro te haces cómplice de un plan y lo sigues hasta sus últimas consecuencias: Melquíades abriendo el libro, Pereira entregando los pasaportes, Julieta tomando el veneno. Entonces la historia termina: todos los puntos temporales del libro convergen y todas las posibilidades se cierran. Fin. Lo demás es especulación, pura habladuría.

Gaby me dijo que en la vida real las cosas no pasan así: las historias siempre continúan, continúan y continúan. No hay letrerito de END.... y eso se nos olvida.

Vamos por allí actuando como si al dejar de ver a alguien la historia terminara y la persona desapareciera en el aire como pompa de jabón... Tu crees que por dejar de hablarme, que por dejar de vernos, por dejar de compartir tardes de Coyoacán la historia terminó. Pero no; terminó quizás el momento en que los personajes convergen, la escena compartida, pero la historia no. La historia sigue; como en esas películas holandesas de pantallas divididas. Las personas siguen y en muchos casos la historia sigue sólo que no explícita. No porque cierres los ojos, amigo, desaparezco... aunque sería lindo reventar a la gente como pompas de jabón y así eliminar las posibilidades negativas, siempre latentes, de regarla (el paso del tiempo no es más que la constante posibilidad de regarla en un momento subsecuente).

Melquíades cerró el libro y volvió con los gitanos tal vez, o volvió a errar y poco sabemos sobre en qué pueblos, con qué polvaredas. Romeo y Julieta fueron enterrados después de profundas peleas por los títulos de las tumbas. Pereira se volvió a casar.

Guardado dentro de uno están todos los"to be continued" imposibles de cerrar.

Janik

3.01.2010

perdona por ventilar nuestro diálogo, pero creo no te molestara compartir un poco...


Como si un haz de luz blanco atravesara la ventana, mi cuarto se siente iluminado. Bajo la luz los misterios pierden su sentido, y los absurdos (muchas veces dolorosos, profundos, obtusos como ángulos de mapa) se deshacen. Será por ello que nunca del todo me ha gustado la luz: si bien para muchos la luz es sinónimo de cura, de conocimiento, de verdad... la luz es la forma del absoluto, de la destrucción; algo sólo está claro e iluminado, cuando está a punto de ser destruido....en otros casos, la luz es sinónimo de enfermedad; (-aquí debería estar tu nombre-), hay partes del cuerpo que sólo son tocadas por la luz en la enfermedad o la agresión. Jamás se iluminan nuestras entrañas, nuestro vientre, el intestino, sino es por la luz de un foco quirúrgico (En condiciones normales, en alguien sano que no es operado; la luz nunca toca nuestro interior). En otros casos la luz toca nuestra piel, sólo cuando infringimos heridas; la piel se levanta y la luz ilumina la sangre, que en otro caso, jamás habría sido iluminada.

Por dentro siempre estamos oscuros (la salud como metáfora de la oscuridad no es algo recurrente, pero para gente como nosotros quizás la transvaloración es la única esperanza).

También recuerdo que los ángeles son pura luz... y su presencia directa te aniquila (por eso tanto los ángeles como dios, son presencias del monstruo)... pero estoy divagando... (-aquí debería seguir mi epístola perdida-).

Janik

2.27.2010

Never let a woman go even when you know She can always be replaced, she can always be replaced....ó....the end of time is the start of eternity





Never let a woman go even when you know
She can always be replaced, she can always be replaced.
Oh lust only grows like anger and revenge
Oh beauty comes and goes
But love stays until the end.

With a guitar in my hand or a gun in my hand
I’d give it all up for a hand in my hand.
For the sun on my skin as the morning begins
I’d die in the dark just to feel your skin on my skin.




Me voy a Francia.

Desde hace dos años que me entere de la beca a Francia como profesora de bachillerato, supe que tenía que aplicar. Lo cierto es que nunca tuve certeza de nada; hace tiempo que aprendí que nada está asegurado (ni siquiera el nombre propio (que en mi caso siempre es susceptible de error) ). En cada paso estuve preparada para oír, clara y distintamente, el "no"; "ésta tampoco es tu oportunidad de cambiar tu vida" ("nunca te pasará eso que de verdad cambie las cosa") ...
[y es que quizás por inseguridad, por protección, por conformismo, imaginaba el drama cotidiano (y amargo como limón seco) de jamás lograr mis planes, de encontrar frustradas mis posibilidades y con ello de nunca poner a prueba el sistema de valentía que he ido construyendo como justificación contra el absurdo (pero aún así seguí tratando)].

Pero resulta que me voy.

Les debo a los lectores una muy detallada narración del largo proceso de preparación para la beca (el cual me tomo casi más de un año), con el objetivo claro de ayudar a quienes en futuro quieran obtener la misma.

Es divertido; por primera vez en mucho tiempo tuve entre las manos aquello que hace tiempo desee, y entonces tengo que dejarlo porque algo me mueve a no quedarme más. Mentalmente envejezco más rápido de lo que debería (eso implica también más desgaste, más cansancio, menos paciencia). Soy como un perro. De repente pienso que no es que le gente no me pueda seguir el paso, sino que soy yo quien no puede detenerse.

Hoy me pase tres luces rojas; estoy segura de que moriré pronto y destripada en algún punto entre Acoxpa y Tlalpan... Mi madre me preguntó que por qué si bien sabía que no debía pasarme una luz roja, por qué lo hacia... Es psicológico mamá, no puedo evitarlo, aunque mi mente diga; detente, siempre que algo me frena piso el acelerador.

Búsquenme en los titulares; sé que llegaré a lo grande: "Pesada muerte prensada: se la llevó el tren ligero. Joven maestra de reconocida escuela muere descuartizada por pasarse la luz roja"... Bueno, ok, ¿Qué puedo hacerle? Es la historia de mi vida.

Janik





2.02.2010

Seguro así nos vimos la Becerrina, Gabriela y yo en el concierto... claro que mejor vestidas... jejejeje

Ah, claro y aparte nos pusimos recursis en ese momento... pero vamos, ¿Quién no ha dicho con todo su corazón: Wait... they dont love you like i love you...?

1.09.2010

How it ends... (y todo lo que sé lo aprendí de tí)

Le duelen los hombres, y aún así permanece frente al computador. Siente la falta; no por motivos egoístas sino por la verdadera ausencia; sólo ahora comenzará a comprender que es estar sola. Antes de ella, toda la vida, siempre, estuvo sola (si, hubo historias de amores desenfrenados, de ridículos encuentros y otras pesadillas, pero todo lo vivió sola), se da cuenta hasta ahorita y es como si al ver el techo sobre su cama (las manchas de humedad, el paño, las telarañitas) viera el universo completo (un montonal de estrellas que sólo provocan dolor de cabeza porque hay belleza inservible) El hombre sólo puede ser libre en la completa y absoluta soledad, pues todo lazo implica un sometimiento de la voluntad, mínimo, aparente, provechoso quizás, pero sometimiento. Se detiene un momento a pensar. Si, sus relaciones profundas, sus heridas graves, sus compromisos casi imaginarios... y nada.

Hace frío, pero ese no es el mayor inconveniente. El mayor inconveniente es no haber podido detener el tiempo una vez más, el mayor inconveniente son las deudas que le duelen, los laberintos de los que no está dispuesta a salir, la convicción firme de no hospedar más fantasmas - vive, vive, se dice en su mente de broma, como si estuviera en un laboratorio, como si no fuera Shelley quien lo escribió, y ella tuviera ahora que dormir con Frankestein-.

Janik







http://eltallercitovioleta.blogspot.com/2007/12/blog-post_07.html

10.09.2009

A veces pienso que me curo sola pero curar no es arte de solitarios ni muchos menos de autónomos. La curación implica siempre dos el médico y el paciente, quien cura y el objeto curado, la mano que sana y la herida.

10.04.2009

La caja

La caja ha sido un habitante de mi casa hace ya tiempo; la empecé sin caja, amontonando en un rinconcito las cosas, los libros, las esperanzas por develar, los gustos culposos y compartibles. Poco a poco la caja fue tomando forma hasta hacerse una caja. Cada que podía arrebatarme un tiempo cuidaba mi caja; ordenaba sus objetos, pensaba en que debía poner, la cerraba. Hice esfuerzos inimaginables por colmarla.
A veces los demás habitantes de mi casa miraban mi caja con curiosidad: ¿por qué tienes una caja? ¿para quién es? ¿por qué la cuidas?. Mi caja de pandora, la nombraron pronto en la casa; si, ese tendría que ser su nombre pues Pandora es "el regalo de todos", ó "la que todo da"...
Mi caja es un secreto. Tengo un cómplice, pues todo secreto lo exige, y tengo, claro, un destinatario. Pero todo se tiende sobre un mapa mental inescrutable.
Hoy de mañana lleve la caja con mi cómplice para afinar sus últimos detalles, buscando me dijera que había bien en la caja; que no era un no ser, la historia de una ausencia, sino un relato objetual, años contados con simbolos comunicables. Mañana la caja se va y yo sentiré primero la calma de quien logra devolver un legado que no le pertenecía del todo y luego, la angustia de quien escribe un código sin saber si será descifrado.
Pandora fue la primera mujer hecha por Zeus; colmada de virtudes por los dioses era la portadora de una caja. Sin embargo según el relato, la ánfora de Pandora podría haber estado colmada de bendiciones (ofrenda para dioses) o de males (castigo para hombres). Lo único cierto, es que en ella quedó, encerrada a tiempo, la esperanza.
Ahora usted, lector, es partícipe de mi secreto; tengo una caja que no es mía que debe ser devuelta, que tiene no sé que suerte de esperanza. Mañana estarás en donde debes: Adios caja.

9.29.2009

Sin título


Una noche así


nos alienamos.


(misma la oscuridad mediocre de ciudad,


fría la pared marmoleada


con piedrecillas que se iluminan


con cualquier


rayito de luz


(como nosotros))



Una noche así nos despedimos


Sabiendo bien que era la última despedida


(quizás porque secretamente siempre esperamos


que el instante que nos sucedía


fuera el último).



El último portazo en una casa


A la que nunca volveríamos a entrar:


Y que nunca miramos con atención


(descuido, que después nos condenaría, amigo,


a una nostalgia por un hogar incierto).



Una noche así nos alienamos


Como una bandada de muchachos


que se dispersan entre las calles


para no volverse a mirar a los ojos


fingiéndose sistemáticamente desconocidos


después de haber cometido en conjunto


un crimen nimio;


una pinta en una pared,


un cristalazo,


ó,


como en nuestro caso,



haber tocado el timbre


de un casa



sin saberla


de antemano



vacía.

9.22.2009

Cine Teresa



Toda la noche olvido la noche...

reproduciendo en la memoria

mientras espero

(¿qué? ¿quién? ¿cuándo?)

las butacas estrechas de un cine,

(olor intenso a fluidos,

a miseria, a orines y baba espesa)


miradas aperradas

de cuerpos que se sobreponen

(de fondo una negra que se abre el coño con los dedos

y finge gemir mientras uno se distrae con sus ojos

inyectados de sangre,

de amarillo,

de hepatitis)


Toda la noche

reproduzco en mi memoria


mi cuerpo sobre otro cuerpo


(otro cuerpo significa siempre un cuerpo que no es el deseado)


las palabras sucias que me repetía

(casi al oído)

el hombre de la butaca de enfrente

mientras yo mamaba al hombre

en mi butaca


mientras él veía a la negra que fingía en la pantalla


mientras


nos sitiaba

una horda de onanistas....



(la negra en la pantalla se corrió sin quererlo)


Y yo, toda la noche con el amarillo de sus ojos

centrado en la memoria.




Para olvidar recurro

(tontamente)

a los actos más precipitados.


9.08.2009

Selección de poesía de Roberto Bolaño, La universidad desconocida (saldando viejos pendientes)


Esperas que desaparezca la angustia

Mientras llueve sobre la extraña carretera

En donde te encuentras


Lluvia: sólo espero

Que desaparezca la angustia

Estoy poniéndolo todo de mi parte

pp.15







Dentro de mil años no quedará nada

de cuanto se ha escrito en este siglo.


Leerán frases sueltas, huellas

de mujeres perdidas,

fragmentos de niños inmóviles

tus ojos lentos y verdes

simplemente no existirán.


Será como la Antología Griega.

aún más distante,

como una playa en invierno

para otro asombro y otra indiferencia.

pp.22







He soñado labios

(¿Solitario y abiertos? ¿Partidos por el viento?)

Labios como corazón de ornitorrinco

Se mueven entre las remas Nada se escucha

(¿Han quitado el sonido? ¿El sonido bajo los árboles?)

Labios húmedos que sonríen al final de mi sueño

Sobre un fono de hojas El empapelado

de esta pieza de hotel Dibujo tenaz

Rumor del Medievo

pp.44 (Las cursivas son mías: no, no estoy hablando de alguien más)







No esperes nada del combate.

El combate busca la sangre.

Y se justifica con la sangre.

Detrás de las piernas de la reina

Dulcemente abiertas a la verga

Del rey, se mueven las cabañas

Quemadas , los cuerpo sin cabeza,

La noble mirada hechizada por la muerte.

pp.52







Duerme abismo mío, los reflejos dirán

que el descompromiso es total

pero tú hasta en sueños dices que todos

estamos comprometidos que todos

merecemos salvarnos

pp. 59







ESCRIBE LO QUE QUIERAS


Nada quedará de nuestros corazones.


Peire Cardenal. Delante de tus palabras

Un cenicero blanco repleto de anillos.

Los albigenses escondidos en Barcelona.

De todas maneras canciones y vino.

Un cenicero blanco repleto de dedos.

EN los cómics encontramos la libertad.

Nada quedará de nuestros corazones.


Ni de los techos de piedra que nos vieron.

Palidecer.

pp.72






Ahora tu cuerpo es sacudió por

pesadillas. Ya no eres

el mismo: el que amó,

que se arriesgó.

Ya no eres el mismo, aunque

tal vez mañana todo se desvanezca

como un mal sueño y empieces

de nuevo. Tal vez

mañana empieces de nuevo.

Y el sudor, el frío,

los detectives erráticos.

sean como un sueño.

No te desanimes.

Ahora tiemblas, pero tal vez

mañana todo empiece de nuevo.

pp.92






LA VENTANA


El paciente llega a la ciudad extranjera.

Si tuviera una mujer , escucha que dicen a su

espalda. pero no hay nadie: es Barcelona y risas

de chaperos, delincuentes, camellos, niños pálidos

de los futbolines. Me gustaría, me gustaría,

me gustaría mucho, dice alguien con acento

alemán. Pero apenas lo escucha.


La muchacha que mira por la ventana

del hotel. Oh fuga de palabras, una Barcelona imaginaria,

medianoche en la calle, la gente es feliz,

el novio, las estrellas como gemas incrustadas

en un libro que el extranjero jamás terminará de leer

(al menos en este mundo(, la noche, el mar,

gente feliz asomada a una ventana abierta.


Toda la tristeza de estos años

se perderá contigo.

pp.98







PARA VICTORIA ÁVALOS


Suerte para quienes recibieron dones oscuros

y no fortuna Los he visto despertarse

a orillas del mar y encender un cigarrillo

como sólo pueden hacerlo quienes esperan

bromas y pequeñas caricias Suerte

para estos proletarios nómadas

que lo dan todo con amor

pp.109







TU LEJANO CORAZÓN


No me siento seguro

En ninguna parte.

La aventura no termina.

Tus ojos brillan en todos los rincones.

no me siento seguro

En las palabras

Ni en el dinero

Ni en los espejos.

La aventura no termina jamás

Y tus ojos me buscan.

pp.160







Esta esperanza yo no la he buscado. Este pabellón silencioso de la Universidad Desconocida.

pp. 287







Te regalaré un abismo, dijo ella,

pero de tan sutil manera que sólo lo percibirás

cuando hayan pasado muchos años

y estés lejos de México y de mí.

Cuando más lo necesites lo descubrirás,

y ése no será

el final feliz,

pero sí un instante de vacío y de felicidad.

Y tal vez entonces te acuerdes de mí,

aunque no mucho.

pp.352







LOS BLUES TAOÍSTAS DEL HOSPITAL VALLE HEBRÓN


(fragmentos)


3


Y resueltos salimos de nuestros agujeros.

De nuestros cálidos nidos.

Y habitamos el huracán.

Ahora todos muertos.

También los que recordaron

Un amanecer de cristal

En el territorio de la Quimera y del Mito.



4


Así, tú y yo nos convertimos

En sabuesos de nuestra propia memoria.

Y recorrimos, como detectives latinoamericanos,

las calles polvorientas del continente

Buscando al asesino.

Pero sólo encontramos

vitrinas vacías, manifestaciones equivocas

De la verdad.



5


En los territorios de la Quimera

Volveré a encontrarte.

Y de daré diez besos

Y luego

Diez más.

pp.389




Roberto Bolaño, La universidad Desconocida. Anagrama, Barcelona, 2007.