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7.01.2010

Yo no quiero decir, yo quiero entrar

Alejandra Pizarnik,"La palabra del deseo" (fragmento)

"¿Qué estoy diciendo? Está oscuro y quiero entrar. No sé qué más decir. (Yo no quiero decir, yo quiero entrar). El dolor de los huesos, el lenguaje roto a palabras, poco a poco reconstituir el diafragma de la irrealidad."

(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)(Yo no quiero decir, yo quiero entrar)

5.22.2010

Para olvidar (en dos partes)


I.

Un hombre espiando por el enramado detrás de un cerco; lleva horas allí, mirando por breves instantes a través de una ventana, a una joven mujer.

Nada sabe ella del acoso; lo conoció a él años atrás y años atrás lo alejó (los detalles, la intimidad, el desliz del cuerpo, las palabras de asco, no son en este momento importantes). El hombre, instalado entre el seto y la cerca de madera, sólo alcanza a atisbar instantes del cuerpo de la mujer; cuando inclinada en el friso de la ventana mira hacia la calle intentando precedir el arribo de su nuevo amante, de su madre, o simplemente la carreta que anuncia el regreso de los hombres de la mina.

(En el segundo cuando ella inclina el talle blanco en el marco abierto, el corazón de él se acelera; sabe que ella lo hace a drede, que lo reta... no, que lo invita a seguir allí mirando escondido en el cerco, sabe que ella lo desea allí, mirandola. Su rostro, cubierto sucio de mohín, se enjuga de sudor).

Ella sin embargo sólo mira por la ventana. Ambos siguen su vida, adelante, a su modo: permanecer no es sinónimo de avanzar.

Hasta no pasadas las 10 de la noche él se retira; cuando todas las luces de la casa se apagaron y su cuerpo exhausto de la vigilancia, le exige deje el sacrificio y duerma, se alimente, ande por la campiña de regreso a su casa, estirando las piernas.

En casa mentirá de nuevo y dirá que el trabajo fue exhausto, si logró exhortar algún nuevo préstamo en el camino a algún viejo amigo (amigo que lo mirará con lástima y asco), dirá en casa que ganó tal dinero. Sino, se echará en la cama, lleno de sudor, negros los pómulos, a pensar en el talle blanquísimo de la mujer en la ventana.

Su obsesión lo hundirá. No tiene el valor de pasar los tres punto cinco metros del cerco a la puerta; tocar la aldaba; decirle a ella que allí está.

Cumplir su único deseo.

¿Matarla?

Sí

ó

En el mejor de los casos, arrastrarla por el cabello hasta el seto. Violarla. Obligarla a morder su propio vestido espumoso para mitigar el ruido del sexo de él destrozando su esfinter.

ó

En el peor de los casos, plantarse en la puerta, con su mejor ropa (de tela delgadísima de tanto ser blanqueada en cloro) y su mejor disposición cardiaca (entre 185-190) para invitarla a pasear por el jardín del arzobispado el domingo a medio día.

{de la respuesta de ella no hablaremos, justo en el instante en que él terminara su invitación los universos se bifurcan; Kundera reconstruiría aquí su pasado. La vida está en otra parte y al terminar la invitación, encontraría su lugar en el mapa. Usted lector, sabe mejor la respuesta que la pobre mujer, tonta, insulsa y simple, de blanco talle}

Las mujeres que pasan con sus bolsas de mandado a media mañana, los niños que lo llaman "el loco del seto", ella que a veces, sin comprobar nada, siente su mirada clavada entre los senos, ellos dirán que es un cobarde. Él, osco y meditabundo, ni siquiera prestará atención al adjetivo; sabe más de valor que aquellos: El sacrificio es una de las formas más puras del valor.

Es el sacrificio el valor sin egoísmo. Por eso los martires, libres de egoísmo y deseos, son santos; no luchan guerras, no ganan batallas ni toman acciones; su valor, una suerte de sadomasoquismo, toma la forma de la flagelación.

A veces pierde la fuerza; al cerrar los ojos recupera la visión de su sacrificio, la dimensión real de su valentía de centinela... Has sacrificado a cambio de un simple talle, las entrepiernas de las mujeres del burdél, humedas de tanto visitantes, el torso estirado al trabajar en la cosecha, las alabanzas a tus manos hábiles (ahora eternamente enclavadas en el fango húmedo del seto), has sacrificado los segundos de libertad, incluso el odio, incluso el llanto. Pedernal vigilante. Has sacrificado la vida normal, que merecías, pues no eras ni más ni menos que cualquier otro hombre.

El sacrificio te hizo valiente y distinto; y él mismo te destruye.


Tzitzi Janik Rojas


II.

El hombre que mira a través del ceto es un acosador; pensar que el acosador es un hombre valiente no es una idea común. Los parámetros tiene que ver con la acción;la valentía, siempre se ha relacionado con la acción y el movimiento, especialmente con el movimiento violento; el cambio brusco y repentino. Un hombre que todo el día, todos los días, todos los meses, se sienta a observar, a seguir las huellas mínimas de alguien, parecería permanecer inerte; pero tal apreciación sería errónea. El movimiento allí es un movimiento que se da en un mismo eje, por ello puede parecer imperceptible; como una esfera que gira sobre si misma rapidamente. Sin punto de referencia no se notaría el cambio, y, sin embargo, se mueve.

El hombre en el seto tiene el valor puro del sacrificio; no es un valor brillante, no conseguirá nada, ha renunciado a sólo observar, ha renunciado a obtener bien a cambio de su deseo, sin embargo tiene el valor de dejar su vida por esa observación. La observación ( y aquí podríamos hablar de actividad teórica, estética, de pura reflexión interna) no es pasiva; se necesitan tomar medidas, acciones que posibiliten y sostengan la actividad de observación: dejar el trabajo, dejar los tiempos libres, dejar de buscar otras mujeres, sacrificar sólo para poder ver, algo que no sé podrá tocar.

Allí, en ese sacrificio (malsano, obsesivo, absurdo, dirán ellos), se encuentra también una forma de valentía.

Siempre me detengo a imaginar a este hombre hipotético por el cerco cuando tengo problemas para conceptualizar la realidad virtual. El acosador del ceto tenía valor para sacrificar cosas a cambio de una mínima visión, ahora no es necesario sacrificar nada: la cobardía informándose a través de un link, de una página anónima ( y por otro lado el ego narcisista (¿Equivalente a asomarte a la ventana para ver a la carreta de trabajadores?) que posibilita al cobarde la información). Se vuelve cada vez más común tener información disponible sin riegos; buscar un nombre en google, en facebook, ver una foto (acaso un perfil bloqueado, pero para el observador avispado ese perfil bloqueado sigue siendo información; una foto que cambia, una lista de amigos, una existencia virtual). Nada se arriesga y se gana una información ansiosa que sólo alimenta una psicología absurda con el olvido.

El hombre del seto estaba allí; aunque no estaba, aunque no tenía el valor de hundir su cuchillo en la espalda cubierta de manta blanca de la joven. Estaba allí en tiempo real e invertía una existencia real; así como el internet banaliza la información y elimina el proceso de verdadera apropiación del conocimiento, así también banaliza el recuerdo del otro, banaliza la obsesión, la existencia, permite una ansiedad en dosis controladas; una psicosis colectiva entre la alienación y la permanencia del recuerdo. Cada vez me molesta más la falta de una ética legalizada en torno a la existencia virtual; y cada vez hago más cosas virtuales identificándome con una página o un http...

¿Hasta dónde es real? ¿Hasta donde es una legalización de la cobardía colectiva, del conformismo en la interacción social? ¿Hasta donde es simplemente una expresión equivalente que no pierde ni gana nada de la cobardía general?


II.I.

Todo esta discusión, que ya traía en la cabeza hace rato, es el simple resultado de que hoy abrí tu perfil de facebook. Un viejo amigo nuestro me agregó y te tenía allí, entre sus "amigos virtuales" (yo sé que no se ven, que ya no hablan, que ya no son amigos (¿será posible que este uso ligero termine balanizando la palabra "amigo" también?)). No me aguante la curiosidad y lo que hubiera sido una mañana activa y alegre se convirtio en un post de dos horas y una nostalgia con efecto prolongado (De 8 a 10 horas sin necesidad de otra dosis).

No tuviste la decencia de poner tu perfil privado. Si, es una queja.

Estaban allí tus fotos, tus comentarios, tus faltas de redacción y sintáxis y tu estilo elegante (elegantísimo) de existir. Parecía que el tiempo no ha pasado; te veías igual que siempre, intacto (¿atorado? ¿atascado?) en una época juvenil y en una indiferencia volatil y amable. Estabas allí lejanísimo como si la época en la que caminabamos juntos de la mano por las calles fuera otra decada (algún día lo será), otro milenio (y en tiempo humano ha pasado mucho menos que en otros de mis casos de nostalgia, pero es que mi corazón está enfermo de envejecer con rapidez).

No me quedé mucho allí; cuatro o cinco fotos, cuatro o cinco comentarios. Observar tu perfil anguloso, el brillo aceitoso (que siempre odiaste) de tu frente y nariz. Cerré la pestaña. Seguías vivo, seguías ¿maravilloso?, seguías. Y yo sin explicación probable, o posible, jamás con más información que una pantalla de 1366 por 768 pixeles; no es que la buscará, esto es horrible y antihumano; es como si un día, al hombre del ceto cuando esta sentado en su casa, en el portón, viendo el horizonte, le desfilara frente a su casa, por la calle, la casa de la mujer con ella mirando por la ventana con los ojos cerrados... la casa marchando enfrente de él, viva, con la mujer en la ventana... ¿Cómo no verla?

Las casas no se mueven. La información no interesa si no es accesible y la memoriza banaliza cuando no puede recordar: si nada puedes saber, entonces no importa, no permanece, no es ni hay presencia en tu memoria a lo largo del día.

Y allí en los tres minutos que espié anonima tu página, fuí mil veces peor que el hombre del seto. Si, cobarde.

Tzitzi Janik






11.13.2009

Y usted ¿Qué quiere recordar de su vida?...¿Cómo quiere recordar su vida?... más importante aún ¿Cómo quiere narrarla?


1.
Le debo a mis amigos esta entrada, porque hasta Livi hizo una nota en su Facebook y yo, de tan ocupada ni pío. El pasado sábado 7 tuve el mejor cumpleaños de mi vida. La casa se llenó de mi gente más querida; de mucha gente nueva, de la gente de siempre, de la gente que no había visto en muchos años... las ausencias se olvidaron de tanto movimiento. Me sentí inevitablemente contenta por el simple hecho de haber nacido, sólo para tener la oportunidad de compartir un instante con ellos; un momento cortísimo o doce años, o tres meses eso no importa, lo importante fueron los comensales con sus tradicionales enchiladas de mole y los jóvenes filósofos jugando mímica y las conexiones psiquicas para descubrir los más terribles personajes (¡dios, garfield tres veces, las leyes de reforma y Jesucristo!). Lo importante fueron los regalos más originales de mi existencia; desde una bola para ver el futuro, un libro de Duras, ¡unos tenis panam azul brillante!, mi propia caja para guardar futuro, unos calcetines de felpudo estilo muppet, una artesanía xochimilca, y, cortesía de mis compañeros del francés; unos mapas para que me ubique (si ¡en serio!).
Al final todos bailaron con todos, sin necesidad de borrachera, y aunque muchos no lo aceptaran en público, se armó la rueda disco (I love you baby and if it's quite all right) con pasito levantando la patita y todo; y hasta mis primos de Alemania, a quienes no veía en diez años, dejaron la cámara (pues la fiesta será un próximo documento antropológico) para bailar con Gloria Gaynor en los reducidos seis metros cuadrados de la sala. A mis invitados les digo: gracias, gracias por ser, así tal y como son, por ir a una fiesta ñoña y todo, aunque muchos pensaran que esta era mi "última y nos vamos", pero les digo que no, que de su segura servidora, con cariño, tienen mucho de mí para rato.


2.
Las tres últimas semanas permanecí sentada en la mesa del comedor de 10 de la mañana a 12 de la noche; me dolieron partes de la espalda que creía incapaces de dolerme, acumule grasita de oficinista (más) en lugares donde biológicamente era imposible acumularla y comprobé al mundo que tengo algún tipo de desorden temporal subjetivo que provoca que mi tiempo corra más rápido y mi eficiencia sea más lenta: Hace más de un año me enteré de los intercambios a Francia; la cosa es dar clases de español allá, vivir allá durante 7 u 8 meses y tener un sueldo fijo durante ese periodo. Me emocioné y desde el año pasado comencé a prepararme. Certificaciones, experiencia, cada punto de la convocatoria; al final sólo quedo contestar el dossier y el cuestionario y a eso es a lo que me he dedicado las últimas semanas de tiempo completo casi (con mínimos intervalos de Facebook como válvula de escape y con el tiempo libre repartido entre trabajo del IIIEPE, baño y siestas).

Hoy acabé y entregué todo para la beca; cumplo todos los requisitos, incluso de más, y a menos que discriminen el exceso de grasa oficinista estoy del otro lado: entre los agradecimientos están a mis maestros de francés, a Gaby por revisar el dossier en español, a mi hermana Yuyu por dictarme a altas horas de la noche pero sobre todo a Melba. Sé que para ella es difícil pensar que quiero salir de viaje por tan largo periodo, y yo misma me sorprendo incomprendiendome; pero en las últimas tres semanas el ánimo que me ha dado Melba, su apoyo para llenar los formatos y hacer los trámites y su sonrisa. Gracias; gracias, y no puedo expresar el agradecimiento que te tengo y no hay amor más grande que aquel que da libertad.

3.
Hace algunos días tengo dos frases dando vueltas en mi cabeza; la primera dice: "Destrúyelo", no hace referencia a destruir nada en realidad, sino a llegar hasta donde más pueda, a no parar, a dar todo lo que tenga hasta destruir de tanto dar aquello mismo que doy; a no tener miedo; a quemar mis naves para siempre seguir en movimiento; no volver al mismo punto muerto nunca, al silencio, a las salas vacias, a la hoja en blanco.

La otra frase, más primordial aún, se la dije a Gabriela hace unas semanas; ni siquiera recuerdo si hablabamos de ella o de mi, pero le dije:

¿Qué quieres recordar de tu vida?...¿Cómo quieres recordarla?

No es una pregunta retórica, es una pregunta real; no tiene que ver con "vivir para el futuro" sino con vivir para el presente; cada cosa que hago, cada cosa que soy en este instante que vivo, debe de ser una cosa que, pasado el tiempo, recuerde con cariño. Construir un presente que sea valioso es igual a construir un pasado que recordar con orgullo. El problema consiste en que muchas veces no sabemos como actuar en el presente, entonces la pregunta ayuda. Cada vez que hago algo en lo que dudo, cada vez que tengo miedo de actuar o de decir algo, cada vez que me gana la timidez o el "qué diran" simplemente me pregunto: ¿Cómo quiero recordar este instante después?....

¿Quiero recordarme como la que quizo decirle algo a alguien y nunca lo dijo, ó prefiero recordar que dije algo? ¿Quiero recordar que me atreví o que sólo dude? ¿Cómo quiero contar mi vida? ¿Una vida de deseos incumplidos o una vida de actos?

La pregunta no es truculenta: muchas veces me contesto "quiero recordar que fui paciente", "quiero recordar que espere", otras, la mayoría, me digo "prefiero recordar que hice las cosas, que le dije, que me atreví, que pensé"....

Al final todo tiene que ver con que no quiero que pasado el tiempo, al narrar mi historia, haga un recuento en subjuntivo de "qué hubiera pasado si...", "que hubiera sido de mi si yo..." y cosas por el estilo.


Janik


10.13.2009

Para ser más valiente

Me gusta mucho está canción del chileno Stambuk, así que desde ayer la traigo en repeat. ¿Mis párrafos favoritos?

"Porque si algo yo aprendí/Es que nada es por siempre/Y que mientras mas me de/Más me daña la gente/Así que si me vas a herir/Mejor no lo lamentes"

y

"Y ahora dime que tengo que hacer/Para ser más valiente/Y quedarme un ratito aquí/Contigo"

Ps. Acabo de pasar al blog de mi bien llamada соучастницa; ayer ya de tarde, gastando horas en malteadas y subjuntivos hablamos del tiempo, pásele a su blog para echar un ojo a la conversación, que a mí, me ha gustao su síntesis:




10.09.2009

A veces pienso que me curo sola pero curar no es arte de solitarios ni muchos menos de autónomos. La curación implica siempre dos el médico y el paciente, quien cura y el objeto curado, la mano que sana y la herida.

6.29.2009

Las gastadas palabras de siempre


Francisco Hernández

DÉJAME recordarte las gastadas palabras de siempre,
los armarios que encierran la humedad de los puertos
y el sabor a betel que dejas en mis labios
cuando desapareces en el aire.
Déjame tender tu cabello a la sombra
para que la penumbra madure como el día.
Déjame ser una ciudad inmensa, un bote de cerveza
o el fruto desollado ante la espiga.
Déjame recordarte dónde me ahogué de niño
y por qué hace brillar mi sangre la tristeza.
O déjame tirado en la banqueta, cubierto de periódicos,
mientras la nave de los locos zarpa
hacia las islas griegas.

6.26.2009

No ser Chejov...


Así como tu me miras de frente sólo con tus palabras, te lo digo yo, rostro a rostro:

Hay un instante, un brevísimo momento, en que la decisión que tomes, cualquier decisión que sea, te puede llevar hasta Hugh Grant, o, hasta Chejov.

El problema con nosotros es que somos siempre Chejov; siempre esos personajes plenos de ansias, de emociones, de llantos que se pueden quebrar en la gloria. Siempre esos personajes que se levantan una mañana para cambiar el mundo; que un día tienen el valor de hablarle al amor secreto, de abandonar el trabajo, de enfrentar la batalla, de retar lo cotidiano para salir airosos y que dan El paso al frente, que durante toda su vida temieron dar....
Personajes que sin embargo, después de ello, cuando es la hora de asegurar el paso, (la segunda cita, el levantar la cabeza sin vuelta atrás, el romper de verás con todo) para verdaderamente aventarse al vacío de perder el mundo y construir uno nuevo, cuando es hora de reafirmar el instante en que tuvieron valor para cambiarlo todo; se quedan parados, se detienen. Personajes somos que se cristalizan (de miedo, de estupidez, de inseguridad) antes de verdaderamente revolucionar su mundo. Para luego, volver con el rabo entre las patas, a dormirse, arrepentidos, entre la misma cotidianeidad que minutos antes, días antes, habían roto. Yegor Savich que sueña, con grandeza, que puede, que podría...y que sin embargo vuelve, ya tarde, a dormirse solo, en la sala de una vieja casucha, ya por deshabitarse, con un samovar que no funciona...
Y es que no, Hugh Grant no existe, no para nosotros. Parece que somos incapaces de lograrlo; de ser William Thacker convenciéndose de que no es absurdo seguir a Anna Scott, a la cantante, a la millonaria, a la lejana, para quedarse con ella. Hugh Grant da el paso (por valiente, porque es incapaz de ver que tal valentía es absurda, por imbécil, por bienaventurado), y sale corriendo como loco en la ciudad, y deja el trabajo, y le habla a la chica popular de la universidad, y se convence de que puede hablar con la actriz más famosa de la tele y seducirla; rompe, como una mosca que milagrosamente traspasa el vidrio, con su vida cotidiana y no vuelve a ella nunca.
Hugh Grant, tu lo dijiste amigo, se queda con Julia Roberts, mientras que nosotros (¿cobardes?¿pesimistas?¿desventurados?... ¿cobardes?), nos quedamos con toda nuestra dignidad y un puñado de casas, repartidas, en la estepa moscovita.

Desventurado Chejov, porque de él no es el reino de los cielos...

Janik

6.16.2009

No pares ahora

No pares ahora
(No de nuevo)


No te detengas ahora, no de nuevo.

No hay razón verdadera para quedarse con los tobillos unidos, como niño jugando al soldado (en una callejuela donde no pasan ni los gatos), ya sé, me lo dices de frente; no hay tampoco razones para correr; no hay tanques, no nos persiguen de muerte, aún, por nuestras disidencias hipotéticas.

No hay transcendencia; lo sé. Y te sonrió, con media sonrisa, a medio rostro, a medio yo (porque no alcanzó ya en tu memoria a ser alguien, algo, cualquier cosa (cualquier viruta de polvo feliz viajera en tu escritorio en lustros no escombrado)).

Nada en las manos abiertas (teníamos un sol rojo entre las manos, las esquinas por donde no hemos vuelto a caminar, tu “no”, teníamos tus nos de casa a medio construir, de buhardilla que nada cubría y los pies mojados; la eterna trascendencia de descalzos sobre el césped de quien sabe que señor adinerado en la del valle, y toda mi infinita estupidez sobre nosotros; luminosa como la angustia de cualquier inocente).

Nada entre los restos del café. Nada en los huequitos oscuros entre las bolsas de detergentes que se embarrigan debajo del lavabo. Nada incluso entre estas letras; ni siquiera los fantasmas son fantasmas.

Nada para detenerse de nuevo; ni calles ni muros ni coches despotricados buscando yeguas en los cruces, ni cigarros a punto de apagarse como luciérnagas cuando les llega la ciudad.

Reivindicación de lo más antiguos super héroes: los muertos, las viudas, los fantasmas, traspasan todo, y a ellos (como supermans sin caché, entrando y saliendo al ponerse los lentes) todos los olvidan.

No hay muro que detenga tus pasos entonces, fantasma; todo traspasas, haztelo saber.

5.27.2009

Cuando el destino nos alcance


Deberíamos poder mantenernos en la mesa;

jugando domino cubano,

sin poner nunca una última ficha;

apostando pedacitos de papel.


Mas no se puede;

alguien

tarde o temprano,

se levanta y tira las fichas,

por el puro enojo de saber;

que no podemos ganar todos.


¿es el tiempo entonces,

de salir del cuarto

dejando mulas sin montarse

y vasitos de whisky como tristes

viendonos con su ojazos

alejarnos de la mesa?


¿es el tiempo entonces

de retirarnos del juego

solamente

para no vencernos,

unos entre otros

ni mirar de entre los nuestros

al vencedor?


(tiempo entonces de abrir la puerta,

uno a uno,

para salir a la calle

mordisqueando un cigarrillo apagado,

y dispersarnos,

en todas direcciones,

como ratas

como profetas,

de un manifiesto que no será,

de un conquistador que no existió

porque nadie terminó de beber

los vasos cíclopes a medias

en la mesa)


Y caminando en la avenida

pensando aún en la última jugada

que debimos haber hecho

al meter la manos

en los bolsillos

(buscando cualquier cosa,

para olvidar que no ganamos

ni perdimos

una moneda,

un pasador para el cabello,

la envoltura de un dulce)

encontraremos

siempre:


los pedacitos de papel


que no apostamos.


.

3.27.2009

Nevsky


no nos pertenecen:

los recuerdos de este viaje no nos pertenecen.

nevsky con su cirílico críptico,

colgando del metro y los portones,

las arrugas de viejecitas,

soviets transparentes,

incluso la nieve nos huye

(porque no fue,

como nos prometieron,

luz, pureza; suavísima)

sino un girón oscuro,

pegándose a las suelas,

peor que lodo,

quemando la piel de blanca.

incluso yo,

con los cabellos ralos,

tartamudeando palabras que me son ajenas,

me dejaré aquí

al terminar la calle.

acaso,

nos pertenecerá acaso

lo que ya teníamos;

los mendigos con los golpes malvas en el rostro,

las colillas de los cigarrillos a medio fumar,

y su humo,

(porque ese es el mismo en todas partes).

nos pertenecerá acaso

el ruido ensordecedor de una ciudad que nos suprime,

con sus calles siempre a punto de la noche,

con sus hombres trajeados que pasan sin mirarnos

sin responder la pregunta absurda

de si sus portafolios llevan todo el dinero

que no ganaremos en toda la vida.

*

Habrá en la avenida

una tienda; lleno el aparador

de todo lo que no podremos comprar,

(acaso volver a ver)

nos detendremos a decirnos

los unos a los otros,

en que rincón de la casa,

pondríamos las brillantes

muñequitas laqueadas

seremos entonces

un cuento de san petersburgo,

un personaje fortuito,

de una historia que

no se contará nunca.