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6.10.2010


Perder la esperanza debería de haberse convertido en mi pan de todos los días. Debería ya de haberme acostumbrado a que el corazón se colapsa como un simple bing bang diminuto que da paso a un siguiente universo, cada vez más degradado, cada vez más pútrido, pero universo al fin y al cabo.

Pero no suelo acostumbrarme al dolor; comienzo a hartarme. Comienzo a hartarme de mi propia estupidez, de mi propio corazón (incluso de la misma palabra corazón y su retórica de utilería; como llamar entonces a este hato de emociones y sentimientos, expectativas y terribles congojas que me crece en el pecho como un maldito tumor, denso, informe, palpitante, músculo y grasa sin orden).

Tengo ganas de dejar las cosas aquí, y levantarme mañana con otro nombre, otro cuerpo, otro rostro, otros ojos, otro corazón y otra mente, ésta vez una mente vacía, una que nadie pueda amar ni admirar; una mente de barro para quebrarse en una piñata cumpleañera o en un simple descuido de mercado.

Tengo ganas de odiarte y odiarme. Corrección: tengo ganas de odiarlos y de odiarme; por no haber podido, por no haber logrado, una vez más la eternidad y para quedarnos, como siempre, con un montón de triquiñuelas de papel y plástico. A algunos quiero odiarlos por no haberlo siquiera intentado, a mi quiero odiarme por renunciar, por no ser capaz de permanecer con el rostro directo a la luz. Cartas y cartas que se apilan en sobres bajo la cama; ruinas de una eternidad que no alcanzó a ser siquiera construida (claro que la construcción de una eternidad es una tautología de finitud: el acto mismo que comienza la eternidad tiene que ser aquel que le de fin, pues no puede haber finitos en su adentro)...

Citando, a otro anónimo nostálgico, lo único absoluto que queda después del verdadero amor es la muerte: ¿qué otro absoluto?... ¿Y si yo ya no estuviera para absolutos? Y si yo debiera ya de darme por vencida en esta vida y agradecer que ella tocó a mi puerta y que nada quedará después de esos recuerdos (carreteras a media tarde, lluvias de raite, tormentas, casas limpísimas y la cama de mis padres, calles de madrugada con un cuerpo de luz que no merecía).

Peor que el hereje; aquel que toca la luz y la deja ir sabiéndola la única verdad.

Parece que nací para pesadillas de media noche y nostálgicos patéticos; amante de las causas perdidas me gusta romperme el rostro contra la pared y admirar la sangre cuagulada desconfigurar lo que antes fue ¿bello?

(coagulos de sangre que se leen como las líneas de una mano; una nariz desviada, un tabique destruido en direcciones contrarias, pómulos hundidos del golpe, los labios sino arrancados si cortados por el vidrio)

(¿Dónde veré, dónde ví, donde veo de nuevo este accidente?)

No tengo opción. No pienso en la cobardía, al menos no como la de él, pero comienzo a comprender que no soy tan valiente como lo pensaba.

Janik

5.22.2010

Para olvidar (en dos partes)


I.

Un hombre espiando por el enramado detrás de un cerco; lleva horas allí, mirando por breves instantes a través de una ventana, a una joven mujer.

Nada sabe ella del acoso; lo conoció a él años atrás y años atrás lo alejó (los detalles, la intimidad, el desliz del cuerpo, las palabras de asco, no son en este momento importantes). El hombre, instalado entre el seto y la cerca de madera, sólo alcanza a atisbar instantes del cuerpo de la mujer; cuando inclinada en el friso de la ventana mira hacia la calle intentando precedir el arribo de su nuevo amante, de su madre, o simplemente la carreta que anuncia el regreso de los hombres de la mina.

(En el segundo cuando ella inclina el talle blanco en el marco abierto, el corazón de él se acelera; sabe que ella lo hace a drede, que lo reta... no, que lo invita a seguir allí mirando escondido en el cerco, sabe que ella lo desea allí, mirandola. Su rostro, cubierto sucio de mohín, se enjuga de sudor).

Ella sin embargo sólo mira por la ventana. Ambos siguen su vida, adelante, a su modo: permanecer no es sinónimo de avanzar.

Hasta no pasadas las 10 de la noche él se retira; cuando todas las luces de la casa se apagaron y su cuerpo exhausto de la vigilancia, le exige deje el sacrificio y duerma, se alimente, ande por la campiña de regreso a su casa, estirando las piernas.

En casa mentirá de nuevo y dirá que el trabajo fue exhausto, si logró exhortar algún nuevo préstamo en el camino a algún viejo amigo (amigo que lo mirará con lástima y asco), dirá en casa que ganó tal dinero. Sino, se echará en la cama, lleno de sudor, negros los pómulos, a pensar en el talle blanquísimo de la mujer en la ventana.

Su obsesión lo hundirá. No tiene el valor de pasar los tres punto cinco metros del cerco a la puerta; tocar la aldaba; decirle a ella que allí está.

Cumplir su único deseo.

¿Matarla?

Sí

ó

En el mejor de los casos, arrastrarla por el cabello hasta el seto. Violarla. Obligarla a morder su propio vestido espumoso para mitigar el ruido del sexo de él destrozando su esfinter.

ó

En el peor de los casos, plantarse en la puerta, con su mejor ropa (de tela delgadísima de tanto ser blanqueada en cloro) y su mejor disposición cardiaca (entre 185-190) para invitarla a pasear por el jardín del arzobispado el domingo a medio día.

{de la respuesta de ella no hablaremos, justo en el instante en que él terminara su invitación los universos se bifurcan; Kundera reconstruiría aquí su pasado. La vida está en otra parte y al terminar la invitación, encontraría su lugar en el mapa. Usted lector, sabe mejor la respuesta que la pobre mujer, tonta, insulsa y simple, de blanco talle}

Las mujeres que pasan con sus bolsas de mandado a media mañana, los niños que lo llaman "el loco del seto", ella que a veces, sin comprobar nada, siente su mirada clavada entre los senos, ellos dirán que es un cobarde. Él, osco y meditabundo, ni siquiera prestará atención al adjetivo; sabe más de valor que aquellos: El sacrificio es una de las formas más puras del valor.

Es el sacrificio el valor sin egoísmo. Por eso los martires, libres de egoísmo y deseos, son santos; no luchan guerras, no ganan batallas ni toman acciones; su valor, una suerte de sadomasoquismo, toma la forma de la flagelación.

A veces pierde la fuerza; al cerrar los ojos recupera la visión de su sacrificio, la dimensión real de su valentía de centinela... Has sacrificado a cambio de un simple talle, las entrepiernas de las mujeres del burdél, humedas de tanto visitantes, el torso estirado al trabajar en la cosecha, las alabanzas a tus manos hábiles (ahora eternamente enclavadas en el fango húmedo del seto), has sacrificado los segundos de libertad, incluso el odio, incluso el llanto. Pedernal vigilante. Has sacrificado la vida normal, que merecías, pues no eras ni más ni menos que cualquier otro hombre.

El sacrificio te hizo valiente y distinto; y él mismo te destruye.


Tzitzi Janik Rojas


II.

El hombre que mira a través del ceto es un acosador; pensar que el acosador es un hombre valiente no es una idea común. Los parámetros tiene que ver con la acción;la valentía, siempre se ha relacionado con la acción y el movimiento, especialmente con el movimiento violento; el cambio brusco y repentino. Un hombre que todo el día, todos los días, todos los meses, se sienta a observar, a seguir las huellas mínimas de alguien, parecería permanecer inerte; pero tal apreciación sería errónea. El movimiento allí es un movimiento que se da en un mismo eje, por ello puede parecer imperceptible; como una esfera que gira sobre si misma rapidamente. Sin punto de referencia no se notaría el cambio, y, sin embargo, se mueve.

El hombre en el seto tiene el valor puro del sacrificio; no es un valor brillante, no conseguirá nada, ha renunciado a sólo observar, ha renunciado a obtener bien a cambio de su deseo, sin embargo tiene el valor de dejar su vida por esa observación. La observación ( y aquí podríamos hablar de actividad teórica, estética, de pura reflexión interna) no es pasiva; se necesitan tomar medidas, acciones que posibiliten y sostengan la actividad de observación: dejar el trabajo, dejar los tiempos libres, dejar de buscar otras mujeres, sacrificar sólo para poder ver, algo que no sé podrá tocar.

Allí, en ese sacrificio (malsano, obsesivo, absurdo, dirán ellos), se encuentra también una forma de valentía.

Siempre me detengo a imaginar a este hombre hipotético por el cerco cuando tengo problemas para conceptualizar la realidad virtual. El acosador del ceto tenía valor para sacrificar cosas a cambio de una mínima visión, ahora no es necesario sacrificar nada: la cobardía informándose a través de un link, de una página anónima ( y por otro lado el ego narcisista (¿Equivalente a asomarte a la ventana para ver a la carreta de trabajadores?) que posibilita al cobarde la información). Se vuelve cada vez más común tener información disponible sin riegos; buscar un nombre en google, en facebook, ver una foto (acaso un perfil bloqueado, pero para el observador avispado ese perfil bloqueado sigue siendo información; una foto que cambia, una lista de amigos, una existencia virtual). Nada se arriesga y se gana una información ansiosa que sólo alimenta una psicología absurda con el olvido.

El hombre del seto estaba allí; aunque no estaba, aunque no tenía el valor de hundir su cuchillo en la espalda cubierta de manta blanca de la joven. Estaba allí en tiempo real e invertía una existencia real; así como el internet banaliza la información y elimina el proceso de verdadera apropiación del conocimiento, así también banaliza el recuerdo del otro, banaliza la obsesión, la existencia, permite una ansiedad en dosis controladas; una psicosis colectiva entre la alienación y la permanencia del recuerdo. Cada vez me molesta más la falta de una ética legalizada en torno a la existencia virtual; y cada vez hago más cosas virtuales identificándome con una página o un http...

¿Hasta dónde es real? ¿Hasta donde es una legalización de la cobardía colectiva, del conformismo en la interacción social? ¿Hasta donde es simplemente una expresión equivalente que no pierde ni gana nada de la cobardía general?


II.I.

Todo esta discusión, que ya traía en la cabeza hace rato, es el simple resultado de que hoy abrí tu perfil de facebook. Un viejo amigo nuestro me agregó y te tenía allí, entre sus "amigos virtuales" (yo sé que no se ven, que ya no hablan, que ya no son amigos (¿será posible que este uso ligero termine balanizando la palabra "amigo" también?)). No me aguante la curiosidad y lo que hubiera sido una mañana activa y alegre se convirtio en un post de dos horas y una nostalgia con efecto prolongado (De 8 a 10 horas sin necesidad de otra dosis).

No tuviste la decencia de poner tu perfil privado. Si, es una queja.

Estaban allí tus fotos, tus comentarios, tus faltas de redacción y sintáxis y tu estilo elegante (elegantísimo) de existir. Parecía que el tiempo no ha pasado; te veías igual que siempre, intacto (¿atorado? ¿atascado?) en una época juvenil y en una indiferencia volatil y amable. Estabas allí lejanísimo como si la época en la que caminabamos juntos de la mano por las calles fuera otra decada (algún día lo será), otro milenio (y en tiempo humano ha pasado mucho menos que en otros de mis casos de nostalgia, pero es que mi corazón está enfermo de envejecer con rapidez).

No me quedé mucho allí; cuatro o cinco fotos, cuatro o cinco comentarios. Observar tu perfil anguloso, el brillo aceitoso (que siempre odiaste) de tu frente y nariz. Cerré la pestaña. Seguías vivo, seguías ¿maravilloso?, seguías. Y yo sin explicación probable, o posible, jamás con más información que una pantalla de 1366 por 768 pixeles; no es que la buscará, esto es horrible y antihumano; es como si un día, al hombre del ceto cuando esta sentado en su casa, en el portón, viendo el horizonte, le desfilara frente a su casa, por la calle, la casa de la mujer con ella mirando por la ventana con los ojos cerrados... la casa marchando enfrente de él, viva, con la mujer en la ventana... ¿Cómo no verla?

Las casas no se mueven. La información no interesa si no es accesible y la memoriza banaliza cuando no puede recordar: si nada puedes saber, entonces no importa, no permanece, no es ni hay presencia en tu memoria a lo largo del día.

Y allí en los tres minutos que espié anonima tu página, fuí mil veces peor que el hombre del seto. Si, cobarde.

Tzitzi Janik






1.09.2010

How it ends... (y todo lo que sé lo aprendí de tí)

Le duelen los hombres, y aún así permanece frente al computador. Siente la falta; no por motivos egoístas sino por la verdadera ausencia; sólo ahora comenzará a comprender que es estar sola. Antes de ella, toda la vida, siempre, estuvo sola (si, hubo historias de amores desenfrenados, de ridículos encuentros y otras pesadillas, pero todo lo vivió sola), se da cuenta hasta ahorita y es como si al ver el techo sobre su cama (las manchas de humedad, el paño, las telarañitas) viera el universo completo (un montonal de estrellas que sólo provocan dolor de cabeza porque hay belleza inservible) El hombre sólo puede ser libre en la completa y absoluta soledad, pues todo lazo implica un sometimiento de la voluntad, mínimo, aparente, provechoso quizás, pero sometimiento. Se detiene un momento a pensar. Si, sus relaciones profundas, sus heridas graves, sus compromisos casi imaginarios... y nada.

Hace frío, pero ese no es el mayor inconveniente. El mayor inconveniente es no haber podido detener el tiempo una vez más, el mayor inconveniente son las deudas que le duelen, los laberintos de los que no está dispuesta a salir, la convicción firme de no hospedar más fantasmas - vive, vive, se dice en su mente de broma, como si estuviera en un laboratorio, como si no fuera Shelley quien lo escribió, y ella tuviera ahora que dormir con Frankestein-.

Janik







http://eltallercitovioleta.blogspot.com/2007/12/blog-post_07.html

1.02.2010

Me hubiera gustado decir

que cuando abrí los ojos



seguías allí



pero no sería verdad

(¿eso importaría? me pregunto)



Había libros viejos

descostillados


que nunca nadie leyó



estaba el cuarto que no pintamos

con sus paredes desnudas



y la promesa de un viaje

que desmenuzaste con requisitos absurdos


sobre regresos ininteligibles



Estaba yo

que no sé soportarme


(incluso el dinosaurio y su jauría de críticos literarios se había ido)






tomar el último viaje hacia el último minuto de año

poniendo esperanzas en una línea que no alcanzarás a leer




y luego apretar los labios

(por no tener fuerza para apretar los puños)



y convencerme,

de que no es la primera vez


que pierdo un sueño.





***

(pero Sísifo en mi oído, como cantando, me repite: cada vez que pierdas un sueño sentirás que es más doloroso que la primera vez (pues se te va acabando el aliciente de la esperanza) y (cada vez que ganes un sueño, te sentirás menos ilusionado, pues has ido gastando la vida en tantos espejos rotos))


***

(El Arbol de los espejos: allí habríamos dormido, mujer, si no nos hubieran conquistado los españoles)

11.18.2009

Llorar


Lloro. Lloro durante toda la película de Up; cuando se casan, cuando ella muere, cuando él pone a volar la casa. Lloro cuando escuchó la noticia del perro que espero a su dueño durante 13 años, en el mismo lugar y misma hora. Lloro cuando me repite mi madre la historia de la gente ayudando en las calles en el terremoto del 85. Lloro cuando veo la Lista de Schindler, Forest Gump o Toy Story. Soy capaz de llorar con la postal de un viejo amigo que dice: "He vuelto". Lloré de alegría con la biografía de Vasconcelos. Lloro a carne viva cuando repaso en mi mente las líneas mas dolosas de Bonifaz; lloro cuando pienso en el maestro; porque hay quien no debería morir jamás.

A veces cierro los ojos: lloro callada cuando pienso en irme, también cuando pienso en los posibles, hipotéticos, arribos. Lloro cuando imagino las historias que no narramos, porque fuimos tontos y todo eso, y lloro también cuando pienso en la hipotética valentía que quiero atribuirte.

Soy el tipo de persona que se emociona hasta el patetismo con un documental del muro de Berlín; con la gente haciendo túneles o globos para no detenerse con un muro, puedo llorar con biografías; no digamos Gandhi, o Zapata, o mi viejo maestro de filosofía, bastan los puntos cardinales de la vida de mi padre, ó cualquier relato de fe o cualquier gesto de simpleza (Como mi asesor de tesis abriendo las puertas de su despacho como si yo fuera alguien de verdad importante (cuando soy, no cualquier estudiante, sino una que siempre se atrasa en las entregas)). Puedo también votarme de la risa, de la pura alegría, cuando alguien cede el asiento en la micro ó cuando después de haber dejado caer la billetera por descuido, el hombre tras de mi me detiene para regresármela.

Lloro con los regresos, con las reconstrucciones y los reencuentros porque significan la posibilidad jamás esperada. Lloro con las partidas, las desapariciones y los silencios porque son, a su vez, la demostración de como es la vida.

Lloro después de un orgasmo y cuando repito tres veces, como mantra de película, te amo. Cuando pienso en la muerte de mi padre o en el fin inevitable de toda historia prolongada. También lloro sin sentido, con ganas si, pero sin razón aparente, rondando sesiones de autoayuda donde nadie me conoce...

Pero después de llorar no siento vergüenza nunca, ni ningún tipo de bajeza de espíritu. Las lloronas, señores, no lloramos por los muertos, andando por las calles lo que nos mueve es exceso de vida.

Janik

10.09.2009

A veces pienso que me curo sola pero curar no es arte de solitarios ni muchos menos de autónomos. La curación implica siempre dos el médico y el paciente, quien cura y el objeto curado, la mano que sana y la herida.

6.26.2009

No ser Chejov...


Así como tu me miras de frente sólo con tus palabras, te lo digo yo, rostro a rostro:

Hay un instante, un brevísimo momento, en que la decisión que tomes, cualquier decisión que sea, te puede llevar hasta Hugh Grant, o, hasta Chejov.

El problema con nosotros es que somos siempre Chejov; siempre esos personajes plenos de ansias, de emociones, de llantos que se pueden quebrar en la gloria. Siempre esos personajes que se levantan una mañana para cambiar el mundo; que un día tienen el valor de hablarle al amor secreto, de abandonar el trabajo, de enfrentar la batalla, de retar lo cotidiano para salir airosos y que dan El paso al frente, que durante toda su vida temieron dar....
Personajes que sin embargo, después de ello, cuando es la hora de asegurar el paso, (la segunda cita, el levantar la cabeza sin vuelta atrás, el romper de verás con todo) para verdaderamente aventarse al vacío de perder el mundo y construir uno nuevo, cuando es hora de reafirmar el instante en que tuvieron valor para cambiarlo todo; se quedan parados, se detienen. Personajes somos que se cristalizan (de miedo, de estupidez, de inseguridad) antes de verdaderamente revolucionar su mundo. Para luego, volver con el rabo entre las patas, a dormirse, arrepentidos, entre la misma cotidianeidad que minutos antes, días antes, habían roto. Yegor Savich que sueña, con grandeza, que puede, que podría...y que sin embargo vuelve, ya tarde, a dormirse solo, en la sala de una vieja casucha, ya por deshabitarse, con un samovar que no funciona...
Y es que no, Hugh Grant no existe, no para nosotros. Parece que somos incapaces de lograrlo; de ser William Thacker convenciéndose de que no es absurdo seguir a Anna Scott, a la cantante, a la millonaria, a la lejana, para quedarse con ella. Hugh Grant da el paso (por valiente, porque es incapaz de ver que tal valentía es absurda, por imbécil, por bienaventurado), y sale corriendo como loco en la ciudad, y deja el trabajo, y le habla a la chica popular de la universidad, y se convence de que puede hablar con la actriz más famosa de la tele y seducirla; rompe, como una mosca que milagrosamente traspasa el vidrio, con su vida cotidiana y no vuelve a ella nunca.
Hugh Grant, tu lo dijiste amigo, se queda con Julia Roberts, mientras que nosotros (¿cobardes?¿pesimistas?¿desventurados?... ¿cobardes?), nos quedamos con toda nuestra dignidad y un puñado de casas, repartidas, en la estepa moscovita.

Desventurado Chejov, porque de él no es el reino de los cielos...

Janik

6.16.2009

No pares ahora

No pares ahora
(No de nuevo)


No te detengas ahora, no de nuevo.

No hay razón verdadera para quedarse con los tobillos unidos, como niño jugando al soldado (en una callejuela donde no pasan ni los gatos), ya sé, me lo dices de frente; no hay tampoco razones para correr; no hay tanques, no nos persiguen de muerte, aún, por nuestras disidencias hipotéticas.

No hay transcendencia; lo sé. Y te sonrió, con media sonrisa, a medio rostro, a medio yo (porque no alcanzó ya en tu memoria a ser alguien, algo, cualquier cosa (cualquier viruta de polvo feliz viajera en tu escritorio en lustros no escombrado)).

Nada en las manos abiertas (teníamos un sol rojo entre las manos, las esquinas por donde no hemos vuelto a caminar, tu “no”, teníamos tus nos de casa a medio construir, de buhardilla que nada cubría y los pies mojados; la eterna trascendencia de descalzos sobre el césped de quien sabe que señor adinerado en la del valle, y toda mi infinita estupidez sobre nosotros; luminosa como la angustia de cualquier inocente).

Nada entre los restos del café. Nada en los huequitos oscuros entre las bolsas de detergentes que se embarrigan debajo del lavabo. Nada incluso entre estas letras; ni siquiera los fantasmas son fantasmas.

Nada para detenerse de nuevo; ni calles ni muros ni coches despotricados buscando yeguas en los cruces, ni cigarros a punto de apagarse como luciérnagas cuando les llega la ciudad.

Reivindicación de lo más antiguos super héroes: los muertos, las viudas, los fantasmas, traspasan todo, y a ellos (como supermans sin caché, entrando y saliendo al ponerse los lentes) todos los olvidan.

No hay muro que detenga tus pasos entonces, fantasma; todo traspasas, haztelo saber.

5.27.2009

Cuando el destino nos alcance


Deberíamos poder mantenernos en la mesa;

jugando domino cubano,

sin poner nunca una última ficha;

apostando pedacitos de papel.


Mas no se puede;

alguien

tarde o temprano,

se levanta y tira las fichas,

por el puro enojo de saber;

que no podemos ganar todos.


¿es el tiempo entonces,

de salir del cuarto

dejando mulas sin montarse

y vasitos de whisky como tristes

viendonos con su ojazos

alejarnos de la mesa?


¿es el tiempo entonces

de retirarnos del juego

solamente

para no vencernos,

unos entre otros

ni mirar de entre los nuestros

al vencedor?


(tiempo entonces de abrir la puerta,

uno a uno,

para salir a la calle

mordisqueando un cigarrillo apagado,

y dispersarnos,

en todas direcciones,

como ratas

como profetas,

de un manifiesto que no será,

de un conquistador que no existió

porque nadie terminó de beber

los vasos cíclopes a medias

en la mesa)


Y caminando en la avenida

pensando aún en la última jugada

que debimos haber hecho

al meter la manos

en los bolsillos

(buscando cualquier cosa,

para olvidar que no ganamos

ni perdimos

una moneda,

un pasador para el cabello,

la envoltura de un dulce)

encontraremos

siempre:


los pedacitos de papel


que no apostamos.


.

4.21.2009


Recién publicaste esto en mi blog (que fue en secreto, hace tiempo, nuestro). Tu comentario fue anónimo:

"Ya me di cuenta de que no debo leer tu blog, no por que no me quiera dar cuenta de cosas... si no por que me duele lo que te duele... y me molesta no poder evitarlo..."

Hice un recuento simple de la gente que podría leer mi bitácora sin querer leerla (de aquellos con quienes yo podría tener un ínfimo lazo plateado como el de las moiras) y de aquellos a quienes mi dolor (un dolor de idiota, de simple, de absurda) pudiera llegar como las ondas que en el agua calma se expanden y se transfiguran. Sólo hubo dos opciones (de miles de personas queridas que he perdido, sólo algunas se molestarían en venir aquí, y de esas sólo con algunas podría yo tener un lazo certero de nostalgia, y de esas mismas sólo dos escribirían en esa entrada del blog)...
Especulaciones; no, no puede ser especulación la certeza de que el otro te busca mientras que tu lo llames. Porque algo existe que nosotros no comprendemos (que no tocamos con la punta de la razón enajenada). Pegar el oído a las vías del tren mientras nadie nos mira y saber que eso que siento al pegar la oreja son tus pasos (gigantescos y torpes animales que no se encuentran, sólo porque no se buscan).
¿Qué paso?, quizás debo decir ¿qué te hice, hombre, para que te duela yo sin que quieras que te duela? ¿por qué no pudimos superar el amor (¿el cariño?), para aspirar, con resignación a la sobriedad de saludarnos cuando nos topamos de frente a la calle bendiciendo con simpleza, en nuestros adentros, el hecho de encontrarnos, aunque lejanos, aún vivos?... pero no, odio, tu lo sabes, el conformismo.
Dime entonces ¿por qué no pudimos superar el orgullo, y con él el miedo, para decirnos: te quiero y me voy, y aún así me quedo?...
A las doce de la noche, de un martes ya, con el mismo rostro de niña caprichosa, y la sala vacía: no me explico que fue lo suficiente para separarnos; ¿qué hiciste, hombre, dónde te guardaste, el brillantísimo milagro de habernos encontrado en está vida? ¿a dónde las calles vacías para caminar el uno al lado del otro? ¿dónde escondimos el coraje de saber que era necesario estar juntos en está vida (lejanos, cercanos, impedidos, nostálgicos, rehaciendo cada tanto el lazo que tejimos)? Por qué, si no pasa seguido encontrar alguien que te entienda así, que te siga los pasos pesados, torpes y todo...
¿Cómo encontrarnos de nuevo?... Por más hondos que sean los abimos, para aquellos que habitan sus lechos nunca les estará vetado encontrarse (de nuevo):
Definición del ser querido perdido: Gigantesco y torpe animal que no se encuentran con su par sólo porque no lo busca, y viceversa.

Con nostalgia (recupera de tu recuerdo una sonrisa:
supongamos que así te sonrío ahora)

Janik

3.25.2009

deviens


tienes entre las manos

un nombre.

/nada nombra,

nada llama,

ni a nadie guarda dentro/

hoy al negarle la mano

a tu mujer en la mañana

le has dicho

que tienes un nombre tierno

y que debes guardarlo

para encontrarle una cosa que nombrar.

ella no se ríe /ojala hubiera reído/

siente asco al mirarte por arriba del hombro

/otra vez sus cosas de loco,

sus pendejadas seniles

y no tiene siquiera cuarenta/

sales a la calle con el nombre entre las manos

como pidiendo

como mendigo

muestras las palmas para que el nombre elija

aquello que quiere nombrarse

y la gente te mira con lastima

por andar enseñando las manos

mientras miras

y la calle se vuelve pesada

toda llena de sustantivos oscuros

y tu nombre tierno y blancuzco como mancha albina

comienza a arderte

no tocas a tu mujer en la noche.

no comes por no agarrar los cuchillos.

duermes vestido por no desabrochar los zapatos.

ya de madrugada

albinas tus palmas se descarapelan

y no lloras al encontrar el nombre muerto.

cantas.

escribes a manera de primeros auxilios,

pero con el cadáver entre los dedos

nada logras.

por eso escribes.

por aquello que no pudiste nombrar.

en unos años alguien se dará cuenta:

toda su obra son epitafios.

1.16.2009

Mantenernos


Es cuestión de mantener los lazos cercanos. Eso es todo. No es cuestión de verse cada día ni cada fin de semana ni cada mes: es cuestión de sentir que aunque la distancia cuelgue entre uno mismo y otra persona nada se rompe. Eso pensé cuando ayer por la tarde caminaba en el borde amarillo de la banqueta rumbo a la facultad: ¿durante cuánto tiempo he caminado ese mismo sendero al lado de gente tan distinta, que aparece o desaparece a placer? Recuento de fantasmas.
Desaparecer me da miedo.
Las desapariciones también. Muchas veces me pregunto qué se sentirá llegar a cierta edad y ver que todo lo que en algún momento consideraste tuyo se ha condensado en un recuerdo evocable sólo en una enumeración de sensaciones, imágenes, alguno que otro encadenamiento lógico, pero nada más. Comienza a sucederme. El pasado en realidad siempre se niega: es lo que ya no es, a lo que no puedes acceder de nuevo. Una serie de cuartos cerrados en los que al entrar puedes imitar un entorno, pero no más: paredes pintadas de cielo, de plazas, de cafés, que cuando quieres recorrer te dan un encontronazo en el rostro. Esa inmovilización del pasado es la ruptura, pues el presente es un torbellino en el que pocas veces te detienes a pensar. ¿Cómo mantener los lazos? Eso, aún no lo entiendo del todo, para mi me basta vaciar el corazón, un tanto de humildad y un mucho de mantener, de demostrar querer mantener, la cotidianidad viva con el otro.
También he aprendido que hay cosas que terminan y ya: sin bombo ni platillo, sin resentimientos dolorosos como prolongación forzada, mas bien a la manera de un sueño; no podemos culpar al sueño por terminar cuando nosotros despertamos ¿o si?
Tzitzi Janik

12.09.2008

Diciembre


Es Diciembre y me pesan los huesos: llevo un lastre de cochambre, nidos de cabello con nubes de polvo y virutas. Me siento tan débil para abandonarme a mí misma, a pensar los ochenta minutos de la hora, en que es hora de lágrimas... Se siente el viento frío que nos dará en el rostro al doblar la cuadra, se puede casi observar el azul intenso, pesado y temible del cielo que vendrá. Pero me entretengo en contar los octubres, los diciembres... los noviembres. Cápsulas de polvo que uno, con el tiempo, se entretiene en reventar, con la afilada, punta de la uña. El miedo no es a envejecer (quizás si, quizás un poco) el miedo es a sentir que no se ha vivido, lo suficiente, que no se ha sacrificado todo lo que se tiene que sacrificar para saber que tan miserable puede ser uno. El miedo a no echar a perder lo suficiente, el miedo a mirarse las ropas aún blancas, aún pulcras, y la puerta entre abierta del cuarto, porque uno no quiere perderlo todo.
El miedo a huir de huir, y su vacío.
Diciembre transparente: como una lamina de vidrio que te permite hacer el recuento del dónde, del quién, la rugosa sensación del empalme de tus dedos, que no volverán. Hacerse un ovillo en la cama y pensar en no levantarse hasta el año que siga: con el pesado cielo azul y el frío, con la esperanza renovada, de que todo lo perdido vuelva, que todo lo desconocido se parezca de golpe a ensuciarnos la ropa, y que en algún lugar se levante, por fin, el mar que tendremos algún día.