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5.22.2010

Para olvidar (en dos partes)


I.

Un hombre espiando por el enramado detrás de un cerco; lleva horas allí, mirando por breves instantes a través de una ventana, a una joven mujer.

Nada sabe ella del acoso; lo conoció a él años atrás y años atrás lo alejó (los detalles, la intimidad, el desliz del cuerpo, las palabras de asco, no son en este momento importantes). El hombre, instalado entre el seto y la cerca de madera, sólo alcanza a atisbar instantes del cuerpo de la mujer; cuando inclinada en el friso de la ventana mira hacia la calle intentando precedir el arribo de su nuevo amante, de su madre, o simplemente la carreta que anuncia el regreso de los hombres de la mina.

(En el segundo cuando ella inclina el talle blanco en el marco abierto, el corazón de él se acelera; sabe que ella lo hace a drede, que lo reta... no, que lo invita a seguir allí mirando escondido en el cerco, sabe que ella lo desea allí, mirandola. Su rostro, cubierto sucio de mohín, se enjuga de sudor).

Ella sin embargo sólo mira por la ventana. Ambos siguen su vida, adelante, a su modo: permanecer no es sinónimo de avanzar.

Hasta no pasadas las 10 de la noche él se retira; cuando todas las luces de la casa se apagaron y su cuerpo exhausto de la vigilancia, le exige deje el sacrificio y duerma, se alimente, ande por la campiña de regreso a su casa, estirando las piernas.

En casa mentirá de nuevo y dirá que el trabajo fue exhausto, si logró exhortar algún nuevo préstamo en el camino a algún viejo amigo (amigo que lo mirará con lástima y asco), dirá en casa que ganó tal dinero. Sino, se echará en la cama, lleno de sudor, negros los pómulos, a pensar en el talle blanquísimo de la mujer en la ventana.

Su obsesión lo hundirá. No tiene el valor de pasar los tres punto cinco metros del cerco a la puerta; tocar la aldaba; decirle a ella que allí está.

Cumplir su único deseo.

¿Matarla?

Sí

ó

En el mejor de los casos, arrastrarla por el cabello hasta el seto. Violarla. Obligarla a morder su propio vestido espumoso para mitigar el ruido del sexo de él destrozando su esfinter.

ó

En el peor de los casos, plantarse en la puerta, con su mejor ropa (de tela delgadísima de tanto ser blanqueada en cloro) y su mejor disposición cardiaca (entre 185-190) para invitarla a pasear por el jardín del arzobispado el domingo a medio día.

{de la respuesta de ella no hablaremos, justo en el instante en que él terminara su invitación los universos se bifurcan; Kundera reconstruiría aquí su pasado. La vida está en otra parte y al terminar la invitación, encontraría su lugar en el mapa. Usted lector, sabe mejor la respuesta que la pobre mujer, tonta, insulsa y simple, de blanco talle}

Las mujeres que pasan con sus bolsas de mandado a media mañana, los niños que lo llaman "el loco del seto", ella que a veces, sin comprobar nada, siente su mirada clavada entre los senos, ellos dirán que es un cobarde. Él, osco y meditabundo, ni siquiera prestará atención al adjetivo; sabe más de valor que aquellos: El sacrificio es una de las formas más puras del valor.

Es el sacrificio el valor sin egoísmo. Por eso los martires, libres de egoísmo y deseos, son santos; no luchan guerras, no ganan batallas ni toman acciones; su valor, una suerte de sadomasoquismo, toma la forma de la flagelación.

A veces pierde la fuerza; al cerrar los ojos recupera la visión de su sacrificio, la dimensión real de su valentía de centinela... Has sacrificado a cambio de un simple talle, las entrepiernas de las mujeres del burdél, humedas de tanto visitantes, el torso estirado al trabajar en la cosecha, las alabanzas a tus manos hábiles (ahora eternamente enclavadas en el fango húmedo del seto), has sacrificado los segundos de libertad, incluso el odio, incluso el llanto. Pedernal vigilante. Has sacrificado la vida normal, que merecías, pues no eras ni más ni menos que cualquier otro hombre.

El sacrificio te hizo valiente y distinto; y él mismo te destruye.


Tzitzi Janik Rojas


II.

El hombre que mira a través del ceto es un acosador; pensar que el acosador es un hombre valiente no es una idea común. Los parámetros tiene que ver con la acción;la valentía, siempre se ha relacionado con la acción y el movimiento, especialmente con el movimiento violento; el cambio brusco y repentino. Un hombre que todo el día, todos los días, todos los meses, se sienta a observar, a seguir las huellas mínimas de alguien, parecería permanecer inerte; pero tal apreciación sería errónea. El movimiento allí es un movimiento que se da en un mismo eje, por ello puede parecer imperceptible; como una esfera que gira sobre si misma rapidamente. Sin punto de referencia no se notaría el cambio, y, sin embargo, se mueve.

El hombre en el seto tiene el valor puro del sacrificio; no es un valor brillante, no conseguirá nada, ha renunciado a sólo observar, ha renunciado a obtener bien a cambio de su deseo, sin embargo tiene el valor de dejar su vida por esa observación. La observación ( y aquí podríamos hablar de actividad teórica, estética, de pura reflexión interna) no es pasiva; se necesitan tomar medidas, acciones que posibiliten y sostengan la actividad de observación: dejar el trabajo, dejar los tiempos libres, dejar de buscar otras mujeres, sacrificar sólo para poder ver, algo que no sé podrá tocar.

Allí, en ese sacrificio (malsano, obsesivo, absurdo, dirán ellos), se encuentra también una forma de valentía.

Siempre me detengo a imaginar a este hombre hipotético por el cerco cuando tengo problemas para conceptualizar la realidad virtual. El acosador del ceto tenía valor para sacrificar cosas a cambio de una mínima visión, ahora no es necesario sacrificar nada: la cobardía informándose a través de un link, de una página anónima ( y por otro lado el ego narcisista (¿Equivalente a asomarte a la ventana para ver a la carreta de trabajadores?) que posibilita al cobarde la información). Se vuelve cada vez más común tener información disponible sin riegos; buscar un nombre en google, en facebook, ver una foto (acaso un perfil bloqueado, pero para el observador avispado ese perfil bloqueado sigue siendo información; una foto que cambia, una lista de amigos, una existencia virtual). Nada se arriesga y se gana una información ansiosa que sólo alimenta una psicología absurda con el olvido.

El hombre del seto estaba allí; aunque no estaba, aunque no tenía el valor de hundir su cuchillo en la espalda cubierta de manta blanca de la joven. Estaba allí en tiempo real e invertía una existencia real; así como el internet banaliza la información y elimina el proceso de verdadera apropiación del conocimiento, así también banaliza el recuerdo del otro, banaliza la obsesión, la existencia, permite una ansiedad en dosis controladas; una psicosis colectiva entre la alienación y la permanencia del recuerdo. Cada vez me molesta más la falta de una ética legalizada en torno a la existencia virtual; y cada vez hago más cosas virtuales identificándome con una página o un http...

¿Hasta dónde es real? ¿Hasta donde es una legalización de la cobardía colectiva, del conformismo en la interacción social? ¿Hasta donde es simplemente una expresión equivalente que no pierde ni gana nada de la cobardía general?


II.I.

Todo esta discusión, que ya traía en la cabeza hace rato, es el simple resultado de que hoy abrí tu perfil de facebook. Un viejo amigo nuestro me agregó y te tenía allí, entre sus "amigos virtuales" (yo sé que no se ven, que ya no hablan, que ya no son amigos (¿será posible que este uso ligero termine balanizando la palabra "amigo" también?)). No me aguante la curiosidad y lo que hubiera sido una mañana activa y alegre se convirtio en un post de dos horas y una nostalgia con efecto prolongado (De 8 a 10 horas sin necesidad de otra dosis).

No tuviste la decencia de poner tu perfil privado. Si, es una queja.

Estaban allí tus fotos, tus comentarios, tus faltas de redacción y sintáxis y tu estilo elegante (elegantísimo) de existir. Parecía que el tiempo no ha pasado; te veías igual que siempre, intacto (¿atorado? ¿atascado?) en una época juvenil y en una indiferencia volatil y amable. Estabas allí lejanísimo como si la época en la que caminabamos juntos de la mano por las calles fuera otra decada (algún día lo será), otro milenio (y en tiempo humano ha pasado mucho menos que en otros de mis casos de nostalgia, pero es que mi corazón está enfermo de envejecer con rapidez).

No me quedé mucho allí; cuatro o cinco fotos, cuatro o cinco comentarios. Observar tu perfil anguloso, el brillo aceitoso (que siempre odiaste) de tu frente y nariz. Cerré la pestaña. Seguías vivo, seguías ¿maravilloso?, seguías. Y yo sin explicación probable, o posible, jamás con más información que una pantalla de 1366 por 768 pixeles; no es que la buscará, esto es horrible y antihumano; es como si un día, al hombre del ceto cuando esta sentado en su casa, en el portón, viendo el horizonte, le desfilara frente a su casa, por la calle, la casa de la mujer con ella mirando por la ventana con los ojos cerrados... la casa marchando enfrente de él, viva, con la mujer en la ventana... ¿Cómo no verla?

Las casas no se mueven. La información no interesa si no es accesible y la memoriza banaliza cuando no puede recordar: si nada puedes saber, entonces no importa, no permanece, no es ni hay presencia en tu memoria a lo largo del día.

Y allí en los tres minutos que espié anonima tu página, fuí mil veces peor que el hombre del seto. Si, cobarde.

Tzitzi Janik






8.04.2009

¬(Ni por amor te quedas)^¬(¬(secretos a la luz))


Cuando tenía 16 años, mi tía Ilse vino a México, lo recordarás, quizás, no lo sé. Una tarde, creo que justo a los inicios de su visita, me dijo que yo debería de aplicar al bachillerato internacional, que tenía todas las posibilidades de ganarme una beca para irme a otro país aterminar mis estudios. Yo le dije que estaría muy bien, que lo iba a pensar. Luego de unos días en que mi tía me volvió a preguntar, le dije que extrañaría a mis padres y que mis estudios estaban aquí en la UNAM.

Fin oficial del tema para la familia.

Esa misma tarde salí con Astrid; le platiqué, le dije que le había dicho a mi Tía que no podía ir porque mis padres y mis hermanos... y le dije también que eso no era cierto. Que tenía alguien a quien amar y que no podía partir; que quería estar a su lado y que no me importaba ni China, ni India ni Francia. Astrid no estuvo de acuerdo: "Eric te puede cortar en cualquier momento Tzitzi, y tu pensando así. Se ve que es muy inestable" (Dicho de ella era mucho y debí de haberlo tomado en cuenta). Yo juré y perjuré que no, que no pasaría; pero claro, tenía 16 años, toda la inocencia del mundo y todo el amor que nunca volvía a tener en un instante (acompasado, aglutinado en mi como una estrella a punto del colapso).

Fin oficial del tema para los amigos.

Lo cierto es que me informe del bachillerato por internet, vi los carteles y hable a los teléfonos. Lo cierto es que asistí a escondidas de todos al Picnic de ese año. Lo cierto es que pase la primera etapa de entrevistas y cuando vi mi nombre en el cartel para ir a las oficinas: Decidí no ir. Según mis razonamientos (y lo que logré platicar después con otros chicos que conocí en el picnic) me hubiera tocado la India. Los últimos días para los trámites pasaron en el calendario, mientras yo me la pasaba escribiendo cartas de amor. A él, nunca le dije nada. ¿Para qué? Pragmático y demasiado realista me hubiera dicho que no, que debía de haberme ido pero que me agradecía muy amablemente haberme quedado y quizás me hubiera abrazo (ese abrazo habría valido mil mundos) mas no habría comprendido que para mí, era mi propia y muy íntima manera de sacrificar mis sueños anteriores (los de los grandes viajes y la trascendencia) por el "amor." Además desde ese entonces sabía, que los verdaderos sacrificios son silenciosos e íntimos (la magia de abandonar por ejemplo un poema de aliento, cerca de alguien que llora y que nunca sepan que lo escribiste tú, ni que tu lo dejaste).

Fin de la historia

Algunos meses después todo terminó de la peor manera en que han terminado las cosas en mi vida. Sentada en el filo del barandal del B (el primer edificio al entrar a la preparatoria 8), pensé que había elegido mal. Y fue una de primeras lecciónes con las que él cambió mi vida: Me enseño que el sacrificio no valía la pena (amarga y triste lección dada por alguien que se ha amado), menos el íntimo y silencioso. Y me imaginaba en la India conociendo el Taj Mahal, jugando con un pincel entre los dedos. Luego conocí a Miguel, mejor conocido como Oso, y pensé que era bueno no haberme ido, que el sacrificio había valido la pena, aunque no de la manera esperada. Me olvidé de todo y viví un sueño de pasillos, mercados dulcísimos de miércoles y coyoacán a media noche.
Ahora ni uno ni el otro están; pero aún así valió la pena quedarse. La enseñanza al final fue modificada (pensé en eso la semana pasada que discutía Irlanda sobre el sacrificio, sobre que si no había trascendencia el sacrificio era simplemente una tontería)(Y sí, quizás tiene toda la razón de un realismo histórico pues la historia se escribe con lo logrado). La enseñanza final se reescribió, porque el pasado, contrario a lo que se piensa no es un estático (no es el clásico "ya lo pasado, pasado") sino que el pasado se mueve con uno mismo y cambia: " Del sacrificio no esperes trascendencia, pues no la hay, no existe no para los personajes chejovianos como tú, del sacrificio sólo espera la íntima complacencia de haber elegido libremente dejar ir, para quedarte".

3.09.2009

Llamaradas de aire


No debimos hablar aquella tarde del pasado (mucho menos cuando el pasado se encuentra tan presente, puntual como minutero). La pequeña mesita en un absurdo café de altavista; no había siquiera una retórica del espacio que permitiera recuperar los recuerdos con elegancia. Eramos (era yo, quizás, solamente) un esbozo deforme que se aferraba al discurso de aquello que paso. Pero es posible que no haya pasado; no tengo testigo objetivo de mi propia historia, si me descuento a mi misma, por subjetiva. Le hablamos a Samia de cuando tenía 17 años: del maldito herradero y su hora de cervezas al dos por uno. Aquella tarde nos pusimos hasta las chanclas, Oso, Alejandro, Gabriela, Laura, Aures y yo (Astrid claro no tomaba)(no toma)). Con los black outs necesarios recuperé sólo una parte de la historia: una bandada de jóvenes terriblemente tetos embriagándose en coyoacán (cuando era lo más inn del mundo) y recorriendo las calles oscuras en una pick up.
Sin embargo el escribiente hoy fue otro, le pregunté a Astrid qué hacían ellos mientras yo me besuqueba con Aures en una jardinera frente a la iglesia (valgame uste´): "Oso me consoló con un café; hasta me tomó de la mano". (seguí hablando, y rogando que la música del cafecito de altavista no se detuviera, que la conversación vanalizará cualquier reclamo a destiempo).
Y es que yo no recuerdo que hacían los demás, recuerdo, acaso que hacia yo, y las voces de un grupo de universtiarios briagos que nos gritaban "si mamis, así"...
La imagen de Oso y Astrid de la mano rumbo al jarocho, hace unos 5 años, nunca la había imaginado.

De cualquier manera es triste, el affiche, la palabra consolar, el hecho de que me falten pedazos de mi historia eternamente, por que los escribientes no podemos compartir los manuscritos.

Relatos que de repente resplandecen, cuando te das cuenta que eres el poseedor de unas cuantas líneas sueltas: de aquí pal real todo es criptografia.

9.28.2007

Tejer los años encima, o por qué no me curo de la nostalgia.

Ayer me dio la nostalgia. Sabía que las cosas cambiarían, pero si me hubieran dicho hace algunos años, cuatro o cinco, que extrañaría la prepa me habría reído (con esas risas amplias y honestas que me abren mucho la boca). Pero sí, me dio la nostalgia de la prepa, se me enchinaron los brazos de acordarme. Tampoco es, que extrañe todo. Nosotros sabemos que fue en gran parte un inicio escabroso cuyos limites oscuros los ha ido desdibujando la memoria a fuerza de borrar recuerdos nauseabundos. Pero que final señores: ¡Que final fue ese!
Tirados en el pasillo, con nuevo amor, nuevo nosotros (un nosotros que ha tenido sus altas y bajas constantes, pero que es en esencia el mismo), con un nuevo yo que en cierta medida he conservado. Encerrados en el laboratorio de foto como si no hubiera nada más que una imagen suspendida en plata. Ayer me dio nostalgia de la cobija con la que nos arropabamos en el pasillo, de sus brazos, de los brazos pérdidos, de sus risas. De Laurita con un gorrito francés y del billar. De Laurita, de él, y de Oso. De saltarse las clases por el gusto de tirarse en el piso a gastarse la vida hablando. La vida.
Seamos honestos. Lo que me dio nostalgia es que estamos "creciendo", creciendo con toda la ambigüedad de la palabra. Urdiendo nuestra vida, como una red que crece mientras es lanzada al mar para atrapar quién sabe qué cosa; somos demasiado jovenes para saber hacia dónde nos extendemos, pero mientras la red crece irregular en sus bordes es inevitable (lo confirman las matemáticas más simples) el centro cambia.
No es que acuse a nadie, porque yo misma he desplazado mis bordes, y con eso quizás he traicionado sin querer a algunos de los más entrañables. Mas, es inevitable, entre más tejes tu vida más se separan los extremos.No me quejo, una agridulce sensación me alza desde el cuello, me desdobla. No somos los mismos, hemos aprendido cosas, básicas pero nos han costado: que el tren no debe de ir tan rápido, que vale la pena decir que amas y perdón, que amar duele, que uno está jodidamente solo y por eso no debemos abandonarnos, que somos raza en extinción y es cierta manera un orgullo, que la culpa pertenece al victimario, pero el dolor es solipcista para las víctimas.
Y ya sé (será que mi problema es que sé pero no comprendo, o que me gusta de verdad azotarme, porque uno se hace también adicto a ciertas formas de tristeza) que la vida es así, que la gente viene y va que la disfrutes mientras, que los buenos se quedan, que llegarán más y quizás mejores... Pero ¿cómo puede la razón derrocar al mito de mi época preparatoriana y sus arranques de lealtad medieval? Pero la soledad es un mito de la juventud, lo dijo él y hay que creerle como al abuelo que nunca tuve, ¿pero cómo diablos se derroca un mito?
Tambien lo extraño a él, al que me levanto de la amargura en la que me gustaba nadar de mañana. Y sin embargo en esa época no conocíamos de verdad el amor. Eramos un grupo de gatos mojados, vagabundos, maullando en cualquier calle. La magia de no tener amor pero si la voluntad de idealizarlo mientras curas la herida del otro. De ese otro que eres tu porque estás igual, herido de un amor que no conocerás de verdad sino hasta mucho tiempo después. (Y eso nos demuestra la posibilidad de los viajes en el tiempo, y de las heridas retroactivas) Quizás todo era así de mágico, porque eramos, como alguien alguna vez dijo, un grupo de esperanzados, soñadores, con el corazón bien roto.
Sigo mi vida, la seguimos todos, nos reimos y vamos construyendo (quien sabe para dónde, con qué fin, con qué esperanza) un nichito en el mundo. Inevitable suspender la vida de repente para recordar la pausa de un momento, y luego todo fluye de nuevo. Entonces vuelvo a pensar en éste Ahora cuyo sabor, por su cercanía, me es imposible reconocer del todo. Y cuando la nostalgia se va y nos devuelve el tiempo en movimiento, vuelvo a pensar en mis cosas, en mi gente que seguimos siendo los mismos, en Heráclito y el todo fluye. En ella que tanto amo, en algunas palabras absurdas en otros idiomas, en lo que no se ha extinguido. Luego piendo de nuevo en Heráclito y en uno que otro libro.
Y por cierto: Feliz cumpleaños Oso. (No le digas a nadie, pero sigues siendo el inevitable punto de encuentro de mi soledad, el hombre de mi vida y una almohada inservible. ¿Y yo? Está claro siempre que seguire siendo tu boilercito. Te amo muchísimo).

Tzitzi Janik Rojas Torres