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8.05.2010

Una simple historia

 
Anna Scott: Recuerda que sólo soy una chica delante de un chico pidiendo que la quieran. 
 (Diálogo de Anna Scott en "Un lugar llamado Nothing hill",
claro, otra película de Hugth Grant.... )

Esta es una historia simple, absurda y estúpida, como todas las que acontecen en el tema. Es la historia simple de una chica que conoce a un chico y se enamora de él (la distinción de género es una mala pasada reproductiva cuyo único objetivo es hacer reír a dios, o a la vida, o a quien sea, con los gigantescos malentendidos imposibles de saldar entre hombres y mujeres; es sólo una broma terrible, chistosa sí, pero de humor negro).

Cómo ó cuándo se conocen no importa. Tampoco importa el color de su cabello, el largo de sus manos, o si les gusta o no el café con azúcar (lo que si importa un poco es que ella era regordeta, que él tenía barba de candado y que medía 1.74 cm; la altura exacta para abrazarla).

Esta historia es de hecho tan simple y tan estúpida que merecería no ser contada. Ella se enamoró de él de la única manera en la que uno se puede enamorar; sin conocer al otro (siempre se había enamorado así y ella comenzaba a pensar que tal vez no se enamoraba del otro, sino del vació que es un desconocido justo antes de que se comience a conocerlo, se enamoraba de la posibilidad, de la oportunidad  de algo nuevo (así como cuando de niña se enamoraba no del "primer día a la escuela"; sino de las libretas blancas, de las gomas en sus camisitas de carton azúl y de los lápices con puntas agudas; de los éxamenes sin contestar en los que aún tienes la esperanza de alcanzar una buena nota). 

Él también la quería. Si fue amor o no lo que él sentía por ella; eso nadie lo sabrá. Es probable que no lo fuera porque en las historias de amor si los personajes se aman entonces suenan trompetas angelicales y la gente aplaude (aquí sólo hubo llamadas perdidas y corazones apretados como puños listos para  el golpe). 

Ella hizo lo que las muchachas tontas y esperanzadas hacen. Llenar las bandejas de correos y los buzones de cartas; las camas de regalos y cargar las palabras de ese tono agudo, cursi e insoportable con el que se hablaba en las películas romanticas de los 80´s. Él hizo lo que los muchachos hacen; esparcir detalles amorosos como si fueran pequeñas florecillas blancas relucientes en un campo, inventarle apodos lindos de dulces, y enviarle mensajes al celular que ella atesoraba aunque la memoria de su celular se atascara.

Ella hizo más que él en un sentido cuantitativo. En el cualitativo también. Pero a ella no le importaba porque, es sabido por todos, que las mujeres enamoradas son más estúpidas que los hombres enamorados (de alguna manera se debe saldar que ellas sean la mayor parte del tiempo más inteligentes).

Gastaban las tardes juntos (cómo, cuándo y dónde tampoco importa, porque lo que la gente olvida es que el tiempo invertido es el mismo y no hay relatividad en las tardes perdidas; se pierde una tarde con alguien y no se recuperan los relojes, así hayas caminado de la mano, o dormido).

Ella hizo lo que las muchachas hacen sin aceptarlo abiertamente; pasar sus manos sobre su cuerpo en la ducha, imaginando que eran las manos de él. Masturbarse a media noche repitiendo el nombre de él y despertarse, sofocada, porque había soñado con sus abrazos en alguna playa desconocida, cuyo nombre se escribiría con letras que ella ni siquiera tenía en su teclado.

De él, carecemos de esa información tan sustancial. Si hubo orgasmos, nombres entrecortados o suspiros, no forman parte oficial del relato.

Y tantas cosas faltan de él en este relato y es esta historia tan mínima, que deberia usted parar de leer aquí, y yo parar de escribir; pues cuando las cosas faltantes son siempre aire ¿Cómo hablar del viento sin que este escape de nuestros labios? ¿Cómo retratar el aire si ni siquiera la memoria, estática, puede invocarlo? ( pero para vidas mínimas como la mía; historias mínimas como la nuestra, pues si no podemos aspirar a mausóleos, a biografías televisivas, a calles con nuestros nombres ¿Por qué aspirar entonces al amor?).

Luego pasó lo que pasa en todas las historias; uno de ellos se dio cuenta (sinónimo de "decidir" ) que no era amor (que no amaba, que el otro no era indispensable, que no lo necesitaba como el aire mismo). En esta simple historia, como en todas las del rubro, quien decidió que no estaba enamorado fue quien menos arriesgó.

No es necesario ahora si hablar más del tema. 

Un chico y una chica que se enamoraron. Un chico y una chica que desaparecerán de la vida del otro como un puño de arena que se deja caer en el desierto, en donde uno, el que menos apostó en la ronda, se retiró del juego sin mostrar sus cartas.

Es una historia simple, pero no por ello menos dolorosa.
Es una historia simple, pero no por ello menos cierta.
Es una historia simple, pero no por ello menos infame.
Es una historia simple.

Al otro; al que se quedo esperanzado por mostrar que había conseguido pokar, le toca guardar las cartas en la cajita, de nuevo, ordenarlas por mazo para ver si no falta nada. Limpiar la mesa y vaciar los vasos de wiskey con sus mordidas rodajas de limón.

Esperar que alguien más se siente a jugar y reparta las cartas.

Pero esta vez habra en la puerta un letrero:

"Se solicita jugador de pokar, que haga grandes y cuantiosas apuestas aunque tenga pésimas cartas. Jugador que no sepa bluffear y que, aunque sea menos elegante, diga las cosas de frente. Alguien que cuando cometa errores y enseñe sus cartas se ría y prefiera abrir completo el mazo. Se solicita jugador que cuando este a punto de ganar, tire las cartas al piso y se levante a besar a la chica contra la que juega. Se solicita jugador que sepa que el juego termina sólo cuando se ha tirado la última carta. Favor de no presentarse si no cumple con todos los requisitos"

No, es más; no habrá ningun letrero en ninguna puerta.La chica sale del cuarto y abandona las cartas en la mesa.

Es una historia simple.

Janik

6.27.2010

De porque uno no debe de abrir facebooks después de enviar mails en los que puso el corazón


Me sulfuran las orejas y los hombros solos se contraen. Me caga la madre. Me caga la madre y me tengo que morder los labios y tragarme, esa bola de saliva y bilis que quiere eclosionar de mi garganta. Tan enojada que simplemente quiero borrarlo todo; pasar mi maldito trapo mojado sobre el polvo (como una tormenta destruyendo un jardín zen)... y lo peor es que soy tan buena para eso; soy tan buena olvidando rostros y caras.
Soy buena olvidando; la primera vez borré tanto que llegué a una abstracción con la que estuve tan esperanzada... y si aquella vez lo hice porque no sabía que más hacer, ahora lo haré porque, de repente, como el instante preciso en que una bala te fragmenta el corazón, me di cuenta que de qué diablos valía "intentar hacer las cosas bien" (léase con el tono más baboso, más patético e idiota que encuentre en el stock de sonido), de qué diablos vale intentar hacer las cosas bien cuando la otra persona las va a hacer mal; cuando el otro va "a cometer errores" tan certeros, que sólo se volverán venganzas. De que sirve intentar que nadie se rompa la cara contra el vidrio, si el otro va a lanzarte vidrios al rostro mientras pide disculpas.
Ya no estoy para construir protecciones: ya no puedo ser su guardaespaldas, lo intenté con el corazón en la mano, por mi padre, lo juro... pero ya no puedo luchar por dar lo mejor de mí cuando ni siquiera la lucha se respeta. No había trincheras en el juego, había acaso un par de malinterpretaciones como malos ases sacados de la baraja, pero no había guerras.
Pero si quieren guerras; las puedo construir. Mi capacidad de querer es proporcional a mi capacidad de odiar; o peor... porque de remordimientos no conozco más que un par de souvernirs de la infancia. Ya una vez Oso lo había dicho; eres mejor ex-novia que novia. Claro.
Esto se lo puedo decir a cada ser amado: Podrías haber sido La historia de mi vida, cristal cortado de luz, el recuerdo jamás superado, el parámetro para existir; el punto de regreso como fenix que comienza... pero si tu decidiste degradar los años, fragmentar la esperanza, no me culpes por guardar el último respeto que me queda hacia el amor; la destrucción absoluta.
Nada quedará. Nada; de eso me encargo yo y mis odios pequeñísimos que dejaré crecer con libertad hasta sobrepasar el cerco. Y esa, esa y no las patéticas escusas de adolescente empapado en orines, será mi forma de guardar lealtad.
La próxima vez que me enamore será la última; no estoy dispuesta a pasar de nuevo por esto; no quiero, no puedo. Ya sé como quiero al último y por primera vez, después de tanto hablar con él, ya sé también que quiero: ahora si quiero la casita feliz, los perros, los niños con mejillas regordetas, levantarme toda la vida con el mismo rostro despeinado al lado; que todo sea un aventura y perder el pescuezo con alguien que no tenga miedo jamás de hacer cambios.. pero quiero también alguien que me empuje, que se esfuerce por hacer las cosas bien, que no tenga miedo a contenerse por respetar un ideal, alguien que no sea Hugh Grant, que no deje ir sólo para volver; sino alguien que desde el inicio se quede, alguien que sepa respetar cuando la fogata se apaga y hay que permanecer en silencio viendo las brazas morir (pero adivina que: en lugar de eso... ¡felicidades! Mi último recuerdo será una conversación dolorosa... parece que hay gente que no piensa en la posteridad).
Quiero mi último barco. En ese último barco me quedaré hasta que se hunda; por eso, no abriré la puerta hasta que este segura que quien toque sea capaz de prender estrellas para nunca acabarlas... pero también de respetar la muerte de un astro.
Respetar la muerte de un astro, maldita sea. Puta madre, ¿es que no entienden que la luz sólo se encuentra tan pocas veces...? País de ciegos; ya lo verán; país de ciegos habitamos y un día se darán cuenta que el luto existe porque existe el alma puta madre (no guardamos lutos a cadáveres, a huesos, a pus y vísceras podridas; guardamos luto al alma, al recuerdo) , y cuando tienes la luz y la apagas con el pie como si fuera colilla de cigarro... Helios ajustará sus cuentas, por lo mientras, a mi, ya, hacer las cosas bien, me vale pito.
Janik

6.21.2010

Would you erase me? ... Hey! You erase me, I erase you!




Clementine: Too many guys think I'm a concept, or I complete them, or I'm gonna make them alive. But I'm just a fucked-up girl who's lookin' for my own peace of mind; don't assign me yours.

Joel: I remember that speech really well.

Clementine: I had you pegged, didn't I?

Joel: You had the whole human race pegged.

Clementine: Hmm. Probably.

Joel: I still thought you were gonna save my life... even after that.

Clementine: Ohhh... I know.



8.02.2009

Mijita


¡Otra genial tira de Bunsen: Grandes las verdades!

6.26.2009

No ser Chejov...


Así como tu me miras de frente sólo con tus palabras, te lo digo yo, rostro a rostro:

Hay un instante, un brevísimo momento, en que la decisión que tomes, cualquier decisión que sea, te puede llevar hasta Hugh Grant, o, hasta Chejov.

El problema con nosotros es que somos siempre Chejov; siempre esos personajes plenos de ansias, de emociones, de llantos que se pueden quebrar en la gloria. Siempre esos personajes que se levantan una mañana para cambiar el mundo; que un día tienen el valor de hablarle al amor secreto, de abandonar el trabajo, de enfrentar la batalla, de retar lo cotidiano para salir airosos y que dan El paso al frente, que durante toda su vida temieron dar....
Personajes que sin embargo, después de ello, cuando es la hora de asegurar el paso, (la segunda cita, el levantar la cabeza sin vuelta atrás, el romper de verás con todo) para verdaderamente aventarse al vacío de perder el mundo y construir uno nuevo, cuando es hora de reafirmar el instante en que tuvieron valor para cambiarlo todo; se quedan parados, se detienen. Personajes somos que se cristalizan (de miedo, de estupidez, de inseguridad) antes de verdaderamente revolucionar su mundo. Para luego, volver con el rabo entre las patas, a dormirse, arrepentidos, entre la misma cotidianeidad que minutos antes, días antes, habían roto. Yegor Savich que sueña, con grandeza, que puede, que podría...y que sin embargo vuelve, ya tarde, a dormirse solo, en la sala de una vieja casucha, ya por deshabitarse, con un samovar que no funciona...
Y es que no, Hugh Grant no existe, no para nosotros. Parece que somos incapaces de lograrlo; de ser William Thacker convenciéndose de que no es absurdo seguir a Anna Scott, a la cantante, a la millonaria, a la lejana, para quedarse con ella. Hugh Grant da el paso (por valiente, porque es incapaz de ver que tal valentía es absurda, por imbécil, por bienaventurado), y sale corriendo como loco en la ciudad, y deja el trabajo, y le habla a la chica popular de la universidad, y se convence de que puede hablar con la actriz más famosa de la tele y seducirla; rompe, como una mosca que milagrosamente traspasa el vidrio, con su vida cotidiana y no vuelve a ella nunca.
Hugh Grant, tu lo dijiste amigo, se queda con Julia Roberts, mientras que nosotros (¿cobardes?¿pesimistas?¿desventurados?... ¿cobardes?), nos quedamos con toda nuestra dignidad y un puñado de casas, repartidas, en la estepa moscovita.

Desventurado Chejov, porque de él no es el reino de los cielos...

Janik