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7.09.2011

Ayer peleamos

Si Paris esa era ciudad que se extendía sobre ambar, Moscú es un gris lento, que al crecer se revuelve.

Ayer peleamos.
Ayer le dije que él jamás tenía tiempo para la relación. Le dije que sentía que ahora que estaba yo en Rusia no ibamos a hablar. Él siempre regresa a media noche a su casa luego de una jornada de trabajo larguísima... en Paris estaba bien porque yo tenía una hora de menos y si él quería hablar a las 12 de la noche, para mí eran las 11. Aquí yo tengo dos horas de más y si él quiere hablar de noche para mí es madrugada.

Dejaba que las palabras salieran tímidas de mi boca, como una estúpida niña que hace pucheros, porque no me atrevía a decirle todo. Al mirarlo, sus ojos, sus labios, sus manos (gözler, dudak, el..) las palabras se me quedaban atoradas sin emitir sonido.


Aún soy una niña para las peleas de pareja. Soy una ñiña porque les tengo miedo; porque sé cuanto duelen y sé cuan imposibles son, muchas de ellas.
Yo debía de decirle de frente, como ya Catalina sabíamente me había aconsejado, todo lo que sentía y todo lo que me dolía. Decirle claramente mis miedos y darle a él una visión general de las cosas.
No lo hice. Me puse a hacer pucheros como muñequita matel, a decirle que no él no tenía tiempo y todas esas cosas idiotas que uno dice cuando tiene miedo a decir la verdad, si yo hubiera sido él me hubiera dado cuenta de golpe que los lloriqueos escondían algo más grande y terrible, pero  a veces pienso que él es tan transparente que ve trasnparente el mundo...


Y yo, yo que soy manto oscuro tras manto oscuro, sombra sobre sombra...


Quería decirle que no sé hacia donde vamos, que me siento triste y perdida, que ya no tenemos tiempo de hablar como antes y que esta relación llena acaso los listados más básicos. Quería decirle que me muero de miedo que vaya a ser así siempre: que él siempre llegué a casa a casi media noche, cansado, que no tengamos de hablar y que sólo alcancemos (como estos días) a hacer résumenes rápidos de los días (me levanté, comí, vi a tal, compré esto, vi esto), sin llegar jamás a ese tan necesario y tan escondido sentir de la realidad.


Todo empezó porque la última vez yo le estaba hablando de mi análisis de la sociedad rusa: de porque yo creía que eran tan pero tan rudos al inicio y poco a poco se iban abriendo. Le pregunté que pensaba él, y él me contestó que estaba demasiado cansado para ponerse a pensar, pero que me escuchaba.


Como un rayo imaginé esa respuesta 5 veces a la semana por el resto de mi vida.
No.
Imposible.
¿Pero es que él no ve que en una relación como la nuestra si él esta demasiado cansado incluso para pensar en una plática, entonces no tenemos nada, nada, nada, nada, nada?


Ayer en la noche me puse a llorar mientras mis taka-taka estaban fuera; algo muy malo debí de haber hecho en la otra vida para que ahora todo sea así (mi padre suele decir eso a manera de broma, para aliviarse la idea de que simplemente las cosas no son como uno quisiera...).


No le dije nada más, nos enfrascamos en discusiones tontas y yo no expusé ninguno de mis bien armados argumentos porque tenía miedo. Miedo a perderlo, miedo a que entre más aceptamos la realidad en torno a nosotros, más dificil es permanecer juntos. Entre más me acercaba al borde más me detenía; hasta quedar, con los pies agarrados al límite filoso del abismo.

Nos fuimos a dormir. Siempre hacemos eso. Nos vamos a dormir y dejamos que los problemas se duerman con nosotros, monstruos que cuando cierran los ojos... pero todos los monstruos despiertan, y en todos los cuentos de hadas, alguien tiene que morir...

6.28.2011

Dejar Paris

Mientras lo abrazaba en el tren del RER B, camino al aeropuerto de Paris, toda mi vida estaba en él,  como sí él fuera el ojo de un huracán que concentraba todas mis posibilidades.

Mi huracán.

Debí de haberle dicho que él era mi huracán, y así él hubiera entendido como todos los músculos de mi cuerpo se tensionaba con violencia al pensar en su partida (una violencia cercana a la del orgasmo, que me nublaba los ojos y me hacía cerrar los puños alrededor de su brazos, pero tras la cual no habría su cuerpo dormido en la cama, ni, la promesa de despertar con el dorso izquierdo del cuerpo húmedo de sudor por dormir pegada a su lado).

Pero no le dije que era mi huracán. Tartamudée  sin sentido y me puse a sollozar pegada a su camisa abierta. Las lagrimas de él me caían por la frente y así dejamos que el tren pasara los suburbios de Paris.

Hicimos los más esfuerzos para no llorar. Nos jalamos los cachetes murmurando idiomas que el otro no conocía. Nos besamos como si el tren fuera mi cuarto vacio. Nos recordamos los planes que ya sabemos de memoria, pero al final, frente a la puerta de abordaje nos pusimos a llorar como dos niños.

Sentí que perdí algo dentro.
Siento que me arrancaron un pedazo de mí.
Un brazo, una pierna, un miembro imprescindible; él.

Cuando el partió, nos doliamos tanto que no pudimos ninguno mirar atrás. Entonces la azafata de la aerolínea, conmovida por nuestra despedida, intentó consolarme. Yo me compuse el rostro y el cabello como pude, con las manos que tenía también húmeda de lagrimas.

-¿Se va por mucho tiempo?-me preguntó alargando el acento final.

-No lo sé, no, no, no mucho- contesté... pero ambas sabíamos que mentía.

6.18.2011



Vatan llega en tres días, y la cuenta regresiva, para mí, ya está en cero. Las ansias me hacen perder el sentido común. Camino por el cuarto moviendo de lugar objetos; aquí, para allá, de regreso. Las maletas no avanzan. Hace mucho que no tenía signos específicos del paso del tiempo; él viene, y que él venga significa que yo me voy, que tengo que dejar Paris.
Paris. Paris. Paris.
Me voy a Moscú.
Moscú. Moscú. Moscú.
De nuevo llego a una ciudad extranjera, sola, y ésta vez, sin hablar bien el idioma del país. Tengo miedo que sea como Turquía (y peor aún porque no lo tendré a él) Tengo miedo que al salir del aeropuerto me quede un poco muda, un poco sorda.
Pero la decisión está tomada y los hechos que se encadenan unos detrás de los otros me recuerdan que el tiempo de mi vida se esta caminando.

Vatan, mi fantasía infantil, mi riesgo, mi cuento de hadas. ¿Qué tan reales somos el uno para el otro? nos preguntabamos antes... y a veces aún nos lo preguntamos, pero no porque dudemos de que otro este ahí, al pie del cañon, sino porque todo se ha envuelto de tanta maravilla, que habernos encontrado con un amor como el nuestro es casi imposibel de asir para la razón.

Y él viene, y yo tengo miedo, miedo  y más miedo. Avril el otro día me escribió que a veces cuando se tiene miedo es porque están pasando cosas buenas.

Lo creo.

6.15.2011

Vatan viene a Paris

Vatan viene a Paris. la simple frase me llena el pecho, los hombros, el cuello y los antebrazos de alegría (siempre he sido de esas que sienten las emociones positivas en la mitad superior del cuerpo... el miedo, la angustía y el placer me vienen por ejemplo, entre las piernas y el vientre...). Vatan viene, o debería decir "mi novio" viene a verme. Cuando pienso en eso, siento de esos nervios que te hacen comprimir los músculos y guardarte una voz sorda en la garganta.
A mediados de mayo pensamos que él no podría venir a verme. Sólo de pensar en ese momento siento la devastación que se me vino al cuerpo al oírlo decir: "I think I can not..." y ahora, ahora que todo apunta, que todo está hecho, me estoy muriendo de nuevo de miedo.
Tengo miedo que cuando me vea ya no le guste. Y es que pasaron tantas cosas; tantas cosas en Marzo... en Abril... después de que lo deje la última vez. Tengo miedo que de ya no tener el cuerpo que le gustaba, la cara, el peinado, las manos, y es que entonces se me hace patante que físicamente nos falta tanto convivir, y me siento tonta, ridícula, con esos miedos de "niñita", girly afraids...
Pero así uno sepa que nuestros miedos son estúpidos, allí están; allí paraditos junto a la puerta con los ojos redondos demasiado abiertos...
Y miro mis miedos y con ellos hablo. Y ellos abriendo mucho la boca me contestan, me reafirman que debería de tener miedo, me recuerdan que en algun lugar de mi cabeza tengo la imagen de "la" mujer para él (que no soy yo...) y ella tambien se levanta con los ojitos muy abiertos y me viene a decir que deje ahí.

***

Pero entonces dejo de pensar en él en el mundo. Dejo de pensar en "donde somos" para pensar en "lo que somos".

Pienso en sus manos grandes y hermosas, en su cabello suave. En que me va a dar un montón de besitos en las mañanas y que no me va dejar levantarme como nos paso en Estambul. Pienso en que me va agarrar la mano al caminar y en su pecho desnudo. En sus botas color mostaza. En él quejandose de que ande descalza sobre el piso sucio y mojado, en él lavandome los pies en la ducha y masajeando mi cabeza cuando me pone el shampoo. Me entran unas ganas de llorar al pensar que lo extraño tanto. Vatan viene y con él vuelve a mi toda la felicidad del mundo. Toda. Toda de golpe como no me había llegado; sí, algún ingenuo me dijo alguna vez: "Lo bueno de que no se vean seguido es que cuando se ven se ven más contentos"... y algo de cierto hay en eso.

***

Tengo entonces las tripas revueltas entre el miedo y la felicidad. Igual planeo con dulzura cada cosa; las comidas, las salidas, las películas en la noche y mi ropa interior...pero me siento ansiosa. Viene por siete días y ya siento que es poco, ya siento que me van a faltar noches durmiendo pegada a su pecho, que me va a faltar besar más sus manos y hacerle bromas tontas.

Entonces me desespero y me pregunto por qué, por qué todo así y no de otro modo... ¿Por qué él, tan lleno de luz, tan él que yo necesito para respirar, tiene que venir, rápido como un rayo en la tormenta, para luego dejarme de nuevo?...

5.11.2011

Lo bonito de los problemas es resolverlos



Yo tenía ganas de llorar en frente a la pantalla del computador mientras del otro lado, mi madre, me escuchaba.

Yo estaba sola en Paris a punto de quedar en el desempleo en el que ahora estoy, sin seguro social y con necesidad de médicos, con los papeles de mi visa (y estancia legal) perdidos por la burocracia francesa  y en teoría encerrada migratoriamente en Francia, y encima con un vuelo de regreso a México incierto y con los pagos del trabajo atrasados.

Mi madre, con toda su sabiduría, incluso de buen humor, me escuchó quejarme al menos cuarenta y cinco minutos sólo para contestarme: "Lo bonito de los problemas es resolverlos". Me quede callada un momento. Abrí los ojos como si a lo lejos viera pasar algún animalito al que estaba a la caza. Me descubrí totalmente inútil quejándome y al colgar el teléfono, salí de mi casa (de mi pequeña casa), con la certeza de que podría resolver todo.

***

Hoy Vatan me marcó al celular cuando hacia el mercado; le hice algunas bromas sobre como moriría de hambre este mes porque aquí los jitomates cuestan como si fueran riñones de transplante. No se rió como se suele reír de mis bromas tontas.
-Te tengo dos noticias, una buena y una mala-
Bastaba que dijera que había una mala para saber que no vendría a verme a Paris, aún le pedí la mala al inicio, él contestó como quiso: -La buena es que ya tengo el pasaporte. La mala es que no tendré la visa a tiempo antes de que vayas a Rusia-
Sentí que no quería mover un músculo cuando lo escuché pronunciarlo. Hubiera querido sentarme allí, en el piso del supermercado y quedarme así, hasta que llegara la tardía noche de verano, en lugar de eso le dije:
-Ya lo resolveremos-

***

Uno tiene que enamorarse de alguien a quien no puede tocar, coger, morder y lamer, sino sólo por algunos instantes, para comprender porque a Dante se le dio por escribir la Comedia y porque a Orfeo bajo al Infierno. El problema es que el primero recorrío el infierno sólo para descubrir que cuando estaba más cercano al fin del viaje, la sonrisa de Beatriz desaparecería. Con Orfeo, es simple: al final Euridice voltea.
 
Janik

5.10.2011

San Pablo y Hatay

"Tengo miedo de tí; de todo lo que tu puedes hacer conmigo"... Las palabras escritas a la mitad de la postal me hicieron sentir un nudo en el pecho, dentro muy dentro, jalando en lados contrarios.
Estamos el uno a costa del otro: pero cuando leí sus palabras sonreí sintiendo ese calorcito dentro del estómago (sí, como mariposas, sí, pero placidas y dulces). Es justo estar uno a costa del otro. Es justo que los dos estemos expuestos, y esa justicia me da un respiro.

La postal era la ruta de San Pablo en su peregrinar de evangelización. San Pablo vivió en Hatay y a mí se me hace un alegre azar que probablemente vaya yo a vivir algún día, por algún tiempo espero, en la ciuda de San Pablo.

Le dije que yo lo había leído en la universidad con Priani (la imagen de Priani con su camisas de vestir blancas de rayas siempre mal abotonadas y el salón del tercer piso donde nos asábamos a medio día en el curso de Textos, me vino a la cabeza como algo que paso muy muy lejano).

La ciudad de Pablo, que curiosidad siento ahora por Hatay...

5.04.2011

De si el amor es o no para mí



-Mi gran miedo es no tener tiempo- me dijo.
Yo quería gritarle que ese era mi mayor miedo también, que se vive una vez y que no se puede trabajar todo el día, que no nosotros, que tenemos que salir de viaje como en Capadoccia, sólo que con las maletas menos pesadas. Tenía tanas ganas de decirle que hace un año que muero de miedo por nosotros. En un silencio, me dijo: "Quizás yo no soy el hombre para ti ¿Lo has pensado?".

Y yo atiné sólo a contestare, que por qué me preguntaba esas cosas...

Maldita sea, claro que lo he pensado. Mil y un veces me he preguntado si me enamoré del hombre correcto. De un muchacho musulmán, de una familia buena y conservadora, oficial de polícia, que no concibe que el aguacate se coma con limón en México y que no puede comer con el mismo utensilio con el que se haya comido puerco. Un hombre al que al verlo hablar, con su familia o en la calle, escucho sólo oscuros sonidos, que me atraen, quizás, porque simplemente no los entiendo (pienso entonces en Schopenhauer y su concepto de la música como abstracción de la belleza, para mí el turco es como música).

Siempre he tenido el impulso de huir de esta relación. La expresión "entre la espada y la pared" nunca había sido más clara para mí que ahora.

Y claro que he pensado si es él o no para mí, pero es que no puedo ni siquiera atisbar la idea de que no sea para mí aquel muchacho que me tendía la mano para escalar las montañitas de los monasterios, el que me dormía con la cabeza recostada en su pecho, el que trenzaba sus piernas con mis piernas cuando hacia calor de noche, él que me levantaba con besos prohibidos en el cuarto de su madre para comer el desayuno que él ya había preparado, es que no puedo pensar que ese hombre, que al lavarme el cabello pone una mano en mi frente para  proteger mis ojos del jabón, no pueda ser para mí. Siento que sería como decir que el amor no es para mí... pero es que eso también lo he pensado.

5.01.2011

"Nunca más lo volví a ver"

"Nunca más lo volví a ver". Es una frase trillada, simplona,sí... y real, tan real que es dura, tan útil para resumir que uno se levanto diario, se lavo o no los dientes, desayuno pan, frituras, leche, té frio, café o cualquier cosa, salió de casa con o sin rumbo, regreso, durmió en una cama desordenada o no, uso o no el facebook, el mail, el skype, vio miles de películas o unas pocas, en el cine o en la compu, que uno lloró, berreó, rió, caminó, fue y volvió, así, por toda la vida, por esa longitud imcomprensible del "toda la vida" mientras estamos en esa vida, y que así con esa eternindad mínima, con esas posibilidades infinitas de la vida, que aún así, a alguien, a alguien que ocupa un lugar en la memoría digno para enunciar, que hubo alguien que: "Nunca más se volvió a ver".

***
No tenía idea real de esa frase hasta ahora con él. En México, a cualquier ex-amigo, ex-pareja, ex-patan cualquiera o ex-nostalgia, los puedo encontrar por mera posibilidad en una plaza, en la cineteca, en coyoacan o en el centro, o en la biblioteca de la UNAM o en cualquier lado... pero a él...

Un día, si nos rendimos, si cambio mi número de celular y bloqueo su dirección del mail...  un día si él decide, como ya lo decidió antes, dejar de marcar o de escribir, entonces él estará en Turquía, y yo en cualquier parte del mundo, y nunca más nos volveremos a ver.

***

Por eso el otro día le dije que quisiera ser una de esas golondrinitas que están haciendo su nido en la ventana de su oficina. Porque él piensa que son las mismas las que vuelven cada año... así, al menos, la certeza de verle cuando llegué a primavera.... al menos...

***

Hoy por ejemplo no me ha enviado mensajes, ni yo le enviado nada. Hoy no existimos juntos, ni me despertó ni nada.

4.30.2011

Escribir de él

Escribo de él porque tengo miedo a que algo se me olvide. Tengo miedo a que la sensación de sorpresa que tuve cuando toque por primera vez su rostro (sus cejas suavísimas como el cabello de un recién nacido, su barba, corta pero suave, su pestañas tan largas, que los sueños se le quedan allí dormidos...) se me disuelva en la memoria entra tantas tontería (como el cambio del euro, como de que voya vivir ahora que me quede sin trabajo en europa, como que un día tengo que volver y el título, como que al volver, volveremos, de nuevo, a estar tan lejos...).

No quiero olvidar la primera frase que me dijo en el aeropuerto, mientras me espíaba, porque yo, pensando que él estaba del otro lado de la puerta, me escondía y aplanaba mi ropa, y metía la panza, y me repetía que por qué chingada madre me había metido yo en este problema, de repente lo escuché detrás de mí; "¿Está esperando por alguien señorita?".

Sobre él

Estambul (Bizancio, Constantinopla; ciudad espejo cuyo nombres se desgajan en los labios, y que nunca terminas de asir). 


***


Debí de haber llevado un diario del viaje. De uno de los viajes de mi vida... aunque con Vatan pareciera que cada vez se supera a la anterior (o será acaso, el simple reflejo en la realidad de tanto desborde de emociones, de un amor que se nos hincha en el pecho como una enfermedad y que curamos sólo cuando podemos vernos de nuevo, como aquellos enfermos que esperan que rezan para que a su lado pase el profeta o el santo, y con sus  manos los cure). 

El amor también es una suerte de hipocondría. 

Pero no lleve diario ninguno; sólo mi mente que retiene como si de ello pendiera mi cordura, la imagen de su cuerpo, con su ropa blanca, de niño (como la que usaban mis primos en Uruapan, cuando aún eramos todos niños y nos dejaban correr en paños menores juntos). Retener su cabello despeinado, sus pies limpísimos y morenos siempre en chancletas. Su cuerpo, acércandose al mío con tanta premura, como si de un momento al otro se nos acabará Estambul, como si nuestro amor sí pudiera destruir aquella ciudad que todas las guerras no destruyeron.... Como si el tiempo fuera doloroso al paso... pero es que sí, pero es que sí a todo...

Hubo una mañana en la que Vatan no me dejó ir al baño para lavarme la cara... a las seis de la mañana el Ezan de la mezquita azul había cantado, y yo, callada y apretada a su cuerpo en nuestra pequeña cama individual, oía el canto como si fuera el llanto de Polifemo, desde el otro lado del muelle...
Cuando él despertó me encerró en sus brazos; y así yo le dijera que tenía que ir al baño, que tenía la regla y eran cosas de chicas, que de mañana te baja más y que no quería, de nuevo, manchar la cama, así me respondió a cada queja con un beso, con sus labios de seda prensada y así me retuvo no bien pasado medio día...él tenía la sudadera azul y sus piayama con rayas blancas a los lados.La simpleza de su vestimenta me recuerda a los niños, a niños de primaria que llevan siempre cosas blancas y azul marino, blancas y negras, blancas, o será acaso que no es su ropa, ni los colores, ni su inocencia luminosa, sino que somos niños, siempre, juntos, dos niños atolondrados que juegan a seguirse corriendo en círculos, y escondiéndose, insulsos tras postes de cemento que no los cubren. 

***

Estambul, azul, azul, como su mezquita, como su mar abierto lleno de barcos grises. Con su princesa encerrada en la torre, allí donde él me llevo a beber té y se negaba a besarme, y yo, me limitaba  a recargar mi cabeza en su pecho...

***
A Vatan no le gusta besar en público. Si es o no cultural, no puedo afirmarlo. Tengo muchos amigos mexicanos, colombianos, ingleses a quienes tampoco les gusta besar en público porque piensan que es algo más personal. Vatan piensa lo mismo... Y yo, que soy una exhibicionista de hueso colorado, me tengo que aguantar a que estemos solitos en el cuarto... pero no me quejo, con él estoy aprendiendo a tener paciencia, algo que para tener 24 años, conocía muy poco. 








Si escribo estas cursilerías, es porque me asgo de nuestra historia cada día más, más, más.

***

4.27.2011

Quizás, tal vez, quizás



...



A él no le gusta cantar, o le gusta pero no canta bien entonces prefiere tararear las canciones en su mente. Es todo. A mí, que no es que cante bien o mal, me gusta cantar, y me gusta mucho. Tanto que en tramo de Córdoba a Sevilla me enfermé de la garganta por andar cantando rancheras en el Blue Demon con la Caro y la Liz (y a Caro debería de llamarla Caz, pero ella dice que no sabemos bien el zumbidito de la "z").

De cualquier manera, antier, que le pregunté a Vatan que para cuándo, para cuándo le iba a llegar la desesperación romántica, estilo romeo en el balcón (pero es que parece que eso es algo que sólo le pasa a uno de cada diez hombres), que cuándo le iba a llegar la desesperación romántica y me iba a llevar a su lado; a cocinarle kebabs con pepinitos cortados y yogurt salado de bebida (porque el señor dice que el guacamole es invento del diablo porque es fruta y no verdura... pero vaya usté a saber que sabe un turco de aguacates...).

-Pronto- me contestó.  Y yo le dije que él era como la canción de la Sarita; quizás, quizás, quizás. Y me puse a cantarsela como novio de balcón a media noche. Quizás, quizás, quizás... entonces, con su vocecita de caoba oscura (porque han de saber que quien hable turco como lengua materna habla oscuro, y callado y con tonos marrones casi negros) se puso a tararear; Senden, Benden, Bizden... Senden, Benden, Bizden.

Entonces me contó que cuando era chico, cuando tenía como diez años, compró el casette del grupo, y en sus viejos walkman oía esa canción una y otra y otra vez.

Yo lo imaginé con sus shortcitos azules y su camisa blanca de la primaria. Volviendo del internado (porque siempre estudió en internados y volvía a la casa en fines de semana). Imaginé su cara limpia y morena y las calles polvosas, con ese polvo dorado de los pueblos cuando se les recuerda. Imaginé las calles de Konya, mil veces más altas de lo que yo las ví ahora, e imaginé su vocecita, oscura, cantando bajo, porque siempre ha sido tímido; Senden, Benden, Bizden... Llegando a la vieja casa que desde hace tiempo su familia ya no habita pero que me mostró de fuera; esa casa verde botella con ventanales de latón dorado.

Y luego me vino a la cabeza  mi padre, en la casa de la José Vasconcelos, acostado en la cama, acaso con cuarenta años y el pelo negro y chino, sobre el viejo cobertor de mi abuela bordado de pagodas chinas. Cantándole contento a mi mamá acostada a su lado; quizás, quizás, quizás. Entonces yo salía de su cuarto, tarareando; quizás, tal vez, quizás..

Me dieron ganas de decirle a Vatan que ya desde entonces nos esperabamos. Pero como no quise sonar tan cursi, opté por hacerle una rabieta diciéndole que si no venía a verme pronto, ya pronto, me muero.



4.05.2011

Guerra

Sentir que tu cuerpo vuelve a ser tuyo, que ya no está sitiado, desde adentro, por ti misma. 

Recuperar, poco a poco, el campo, donde no había de hecho enemigos, pero el malestar, las náuseas que brotaban como crisantemos oscuros.... 

Crisantemos que anunciaban... ¿Qué anunciaban? ¿Qué tu cuerpo estaba sitiado de tanto amar?¿Qué así, de esa manera él permanecia en tí? ¿Qué el amor, tarde o temprano se anuncia con un canto confuso del que no puedes separar las notas de sorpresa de aquellas del pavor?

 Allí donde se detuvo, por brevísimo tiempo, el andar del molino, a la expectativa del campo. Y los crisantemos poblarán, mujer, coloridos y oscuros, el campo donde ahora él no está.

Y no hay enemigos mujer. Recuérdalo. No cargues en el regazo cabezas degolladas de hombres que no atacaron; que no dejaron ni siquiera de arar el campo para buscar la guerra.
Cuando te llenes de furia, de esa furia púrpura brillante, de esa frente nublada de dolor por el peso de su propia cabeza, cuando te llenes de miedo, y tus manos tiemblen pensando que sostienen los cuerpos de los enemigos que poblaban el campo; repitete entonces que no hubo guerra.

Repitete hasta el llanto que no hubo batalla; que los caballeros no nacieron aún para ser ungidos.
Repitete que nada perturbo el fuego en la cabaña; que no nacieron guerreros los campesinos. Repitete que son tiempos de paz. Y sí aún así quieres doblar tu cuerpo en el suelo, piensa mujer que no hay enemigo sin odio, que no hay muerte sin nacimiento.

3.30.2011

Tras el otro lado del vidrio

Irrumpimos en la vida del otro como nadie en nuestras vidas lo había hecho antes.

Imagino una muchacha que lanza hacia una ventana lejana una pequeña piedra; el ruido del choque contra el vidrio parece la primera nota de un concierto; el ruido provocado es de hecho ya una respuesta a la chica que lanzó la piedra. Entonces lanza otra, cuyo sonido, esta vez más agudo, es la segunda nota. La chica, excitada por el sonido de su propia música, y por su sospecha de que alguien, dentro de la casa también la escucha, se arma de valor para seguir aventando guijarros.

Las piedras chocando contra el vidrio: los sonidos, graves, agudos, extrañamente armónicos, se vuelven un concierto que parece no se acabará nunca. Del otro lado de la ventana, como ella lo sospechaba, hay un hombre joven, que escucha fascinado, el concierto de las piedras que llaman en la ventana. A cada sonido, a cada crispar del vidrio, él pide que la música no se detenga. Entre cada golpeteo, su corazón palpita.

Llega el momento, sin embargo, en el que tras la fuerza constante de las piedritas de río, el vidrio se rompe y cede estruendosamente. Al caer, los fragmentos cierran el concierto chocando unos con otros.

Se hace un momento de silencio y entonces, ambos, tienen sólo dos opciones; la muchacha, podría, debería de correr, pues es su culpa que la ventana se haya roto. El hombre, dentro, despertando de la ensoñación musical, debe reclamar, gritar acaso, por la pérdida (de tiempo, de ilusión, del vidrio mismo).

La chica, sin embargo, contraria a toda lógica, camina hacia la ventana y entre los agudos fragmentos que quedan en el marco de la ventana, asoma el rostro. El muchacho del otro lado; contrario también a toda lógica, mira la cara de ella a través del vidrio. Entonces algo en él lo obliga a tenderle la mano a ella por en medio de los angulosos cristales en el marco de la ventana, e invitarla, con todas sus fuerzas, a seguir el concierto
 
Esa es nuestra historia. Seguro habría mejores manera de explicarlo. Seguro tendría que decir, que como todo lo bueno de mi vida, no estaba al tanto de que esta historia me cambiaría. De que él pasaría através de mi, como si fuera yo un claro de agua.

Y seguro tendría que decir que nada me había preparado para la suavidad de sus labios, para la fuerza de sus manos cuando sostiene mi cintura, para el timbre caoba de su risa a media noche, para la vitalidad de su apoyo cuando me siento rota, para su complicidad infantil cuando me entrego a los más absurdos juegos de mi espíritu. Y nada me había preparado para amarlo tanto, así, tan dentro mío como quien se deja crecer desde el vientre una oscura y violenta flor que surgira por la boca, atravesando y alimentandose de todo dentro del cuerpo: lo encuentro así, un amor violento que me traspasa de manera tal que me obliga a la ingenuidad, a la inocencia de no comprender donde están para nosotros los siguientes pasos.

De noche, su voz, críptica, aterciopelada y oscura, me llama como una niña que se deja encantar por la canción grave de un oboe... y de noche, sus palabras... bir tanem... como cajitas cerradas cubiertas de perlas violetas... aşkım... se me atoran en la garganta ... hayatım...

 Cuando la ventana ya se ha roto. Cuando dos personas, para continuar el concierto, con sólo un hilo de voz, cantan, entonces...