Vatan viene a Paris. la simple frase me llena el pecho, los hombros, el cuello y los antebrazos de alegría (siempre he sido de esas que sienten las emociones positivas en la mitad superior del cuerpo... el miedo, la angustía y el placer me vienen por ejemplo, entre las piernas y el vientre...). Vatan viene, o debería decir "mi novio" viene a verme. Cuando pienso en eso, siento de esos nervios que te hacen comprimir los músculos y guardarte una voz sorda en la garganta.
A mediados de mayo pensamos que él no podría venir a verme. Sólo de pensar en ese momento siento la devastación que se me vino al cuerpo al oírlo decir: "I think I can not..." y ahora, ahora que todo apunta, que todo está hecho, me estoy muriendo de nuevo de miedo.
Tengo miedo que cuando me vea ya no le guste. Y es que pasaron tantas cosas; tantas cosas en Marzo... en Abril... después de que lo deje la última vez. Tengo miedo que de ya no tener el cuerpo que le gustaba, la cara, el peinado, las manos, y es que entonces se me hace patante que físicamente nos falta tanto convivir, y me siento tonta, ridícula, con esos miedos de "niñita", girly afraids...
Pero así uno sepa que nuestros miedos son estúpidos, allí están; allí paraditos junto a la puerta con los ojos redondos demasiado abiertos...
Y miro mis miedos y con ellos hablo. Y ellos abriendo mucho la boca me contestan, me reafirman que debería de tener miedo, me recuerdan que en algun lugar de mi cabeza tengo la imagen de "la" mujer para él (que no soy yo...) y ella tambien se levanta con los ojitos muy abiertos y me viene a decir que deje ahí.
***
Pero entonces dejo de pensar en él en el mundo. Dejo de pensar en "donde somos" para pensar en "lo que somos".
Pienso en sus manos grandes y hermosas, en su cabello suave. En que me va a dar un montón de besitos en las mañanas y que no me va dejar levantarme como nos paso en Estambul. Pienso en que me va agarrar la mano al caminar y en su pecho desnudo. En sus botas color mostaza. En él quejandose de que ande descalza sobre el piso sucio y mojado, en él lavandome los pies en la ducha y masajeando mi cabeza cuando me pone el shampoo. Me entran unas ganas de llorar al pensar que lo extraño tanto. Vatan viene y con él vuelve a mi toda la felicidad del mundo. Toda. Toda de golpe como no me había llegado; sí, algún ingenuo me dijo alguna vez: "Lo bueno de que no se vean seguido es que cuando se ven se ven más contentos"... y algo de cierto hay en eso.
***
Tengo entonces las tripas revueltas entre el miedo y la felicidad. Igual planeo con dulzura cada cosa; las comidas, las salidas, las películas en la noche y mi ropa interior...pero me siento ansiosa. Viene por siete días y ya siento que es poco, ya siento que me van a faltar noches durmiendo pegada a su pecho, que me va a faltar besar más sus manos y hacerle bromas tontas.
Entonces me desespero y me pregunto por qué, por qué todo así y no de otro modo... ¿Por qué él, tan lleno de luz, tan él que yo necesito para respirar, tiene que venir, rápido como un rayo en la tormenta, para luego dejarme de nuevo?...