Irrumpimos en la vida del otro como nadie en nuestras vidas lo había hecho antes.
Imagino una muchacha que lanza hacia una ventana lejana una pequeña piedra; el ruido del choque contra el vidrio parece la primera nota de un concierto; el ruido provocado es de hecho ya una respuesta a la chica que lanzó la piedra. Entonces lanza otra, cuyo sonido, esta vez más agudo, es la segunda nota. La chica, excitada por el sonido de su propia música, y por su sospecha de que alguien, dentro de la casa también la escucha, se arma de valor para seguir aventando guijarros.
Las piedras chocando contra el vidrio: los sonidos, graves, agudos, extrañamente armónicos, se vuelven un concierto que parece no se acabará nunca. Del otro lado de la ventana, como ella lo sospechaba, hay un hombre joven, que escucha fascinado, el concierto de las piedras que llaman en la ventana. A cada sonido, a cada crispar del vidrio, él pide que la música no se detenga. Entre cada golpeteo, su corazón palpita.
Llega el momento, sin embargo, en el que tras la fuerza constante de las piedritas de río, el vidrio se rompe y cede estruendosamente. Al caer, los fragmentos cierran el concierto chocando unos con otros.
Se hace un momento de silencio y entonces, ambos, tienen sólo dos opciones; la muchacha, podría, debería de correr, pues es su culpa que la ventana se haya roto. El hombre, dentro, despertando de la ensoñación musical, debe reclamar, gritar acaso, por la pérdida (de tiempo, de ilusión, del vidrio mismo).
La chica, sin embargo, contraria a toda lógica, camina hacia la ventana y entre los agudos fragmentos que quedan en el marco de la ventana, asoma el rostro. El muchacho del otro lado; contrario también a toda lógica, mira la cara de ella a través del vidrio. Entonces algo en él lo obliga a tenderle la mano a ella por en medio de los angulosos cristales en el marco de la ventana, e invitarla, con todas sus fuerzas, a seguir el concierto
Esa es nuestra historia. Seguro habría mejores manera de explicarlo. Seguro tendría que decir, que como todo lo bueno de mi vida, no estaba al tanto de que esta historia me cambiaría. De que él pasaría através de mi, como si fuera yo un claro de agua.
Y seguro tendría que decir que nada me había preparado para la suavidad de sus labios, para la fuerza de sus manos cuando sostiene mi cintura, para el timbre caoba de su risa a media noche, para la vitalidad de su apoyo cuando me siento rota, para su complicidad infantil cuando me entrego a los más absurdos juegos de mi espíritu. Y nada me había preparado para amarlo tanto, así, tan dentro mío como quien se deja crecer desde el vientre una oscura y violenta flor que surgira por la boca, atravesando y alimentandose de todo dentro del cuerpo: lo encuentro así, un amor violento que me traspasa de manera tal que me obliga a la ingenuidad, a la inocencia de no comprender donde están para nosotros los siguientes pasos.
De noche, su voz, críptica, aterciopelada y oscura, me llama como una niña que se deja encantar por la canción grave de un oboe... y de noche, sus palabras... bir tanem... como cajitas cerradas cubiertas de perlas violetas... aşkım... se me atoran en la garganta ... hayatım...
Cuando la ventana ya se ha roto. Cuando dos personas, para continuar el concierto, con sólo un hilo de voz, cantan, entonces...