4.30.2011

Sobre él

Estambul (Bizancio, Constantinopla; ciudad espejo cuyo nombres se desgajan en los labios, y que nunca terminas de asir). 


***


Debí de haber llevado un diario del viaje. De uno de los viajes de mi vida... aunque con Vatan pareciera que cada vez se supera a la anterior (o será acaso, el simple reflejo en la realidad de tanto desborde de emociones, de un amor que se nos hincha en el pecho como una enfermedad y que curamos sólo cuando podemos vernos de nuevo, como aquellos enfermos que esperan que rezan para que a su lado pase el profeta o el santo, y con sus  manos los cure). 

El amor también es una suerte de hipocondría. 

Pero no lleve diario ninguno; sólo mi mente que retiene como si de ello pendiera mi cordura, la imagen de su cuerpo, con su ropa blanca, de niño (como la que usaban mis primos en Uruapan, cuando aún eramos todos niños y nos dejaban correr en paños menores juntos). Retener su cabello despeinado, sus pies limpísimos y morenos siempre en chancletas. Su cuerpo, acércandose al mío con tanta premura, como si de un momento al otro se nos acabará Estambul, como si nuestro amor sí pudiera destruir aquella ciudad que todas las guerras no destruyeron.... Como si el tiempo fuera doloroso al paso... pero es que sí, pero es que sí a todo...

Hubo una mañana en la que Vatan no me dejó ir al baño para lavarme la cara... a las seis de la mañana el Ezan de la mezquita azul había cantado, y yo, callada y apretada a su cuerpo en nuestra pequeña cama individual, oía el canto como si fuera el llanto de Polifemo, desde el otro lado del muelle...
Cuando él despertó me encerró en sus brazos; y así yo le dijera que tenía que ir al baño, que tenía la regla y eran cosas de chicas, que de mañana te baja más y que no quería, de nuevo, manchar la cama, así me respondió a cada queja con un beso, con sus labios de seda prensada y así me retuvo no bien pasado medio día...él tenía la sudadera azul y sus piayama con rayas blancas a los lados.La simpleza de su vestimenta me recuerda a los niños, a niños de primaria que llevan siempre cosas blancas y azul marino, blancas y negras, blancas, o será acaso que no es su ropa, ni los colores, ni su inocencia luminosa, sino que somos niños, siempre, juntos, dos niños atolondrados que juegan a seguirse corriendo en círculos, y escondiéndose, insulsos tras postes de cemento que no los cubren. 

***

Estambul, azul, azul, como su mezquita, como su mar abierto lleno de barcos grises. Con su princesa encerrada en la torre, allí donde él me llevo a beber té y se negaba a besarme, y yo, me limitaba  a recargar mi cabeza en su pecho...

***
A Vatan no le gusta besar en público. Si es o no cultural, no puedo afirmarlo. Tengo muchos amigos mexicanos, colombianos, ingleses a quienes tampoco les gusta besar en público porque piensan que es algo más personal. Vatan piensa lo mismo... Y yo, que soy una exhibicionista de hueso colorado, me tengo que aguantar a que estemos solitos en el cuarto... pero no me quejo, con él estoy aprendiendo a tener paciencia, algo que para tener 24 años, conocía muy poco. 








Si escribo estas cursilerías, es porque me asgo de nuestra historia cada día más, más, más.

***