Si Paris esa era ciudad que se extendía sobre ambar, Moscú es un gris lento, que al crecer se revuelve.
Ayer peleamos.
Ayer le dije que él jamás tenía tiempo para la relación. Le dije que sentía que ahora que estaba yo en Rusia no ibamos a hablar. Él siempre regresa a media noche a su casa luego de una jornada de trabajo larguísima... en Paris estaba bien porque yo tenía una hora de menos y si él quería hablar a las 12 de la noche, para mí eran las 11. Aquí yo tengo dos horas de más y si él quiere hablar de noche para mí es madrugada.
Dejaba que las palabras salieran tímidas de mi boca, como una estúpida niña que hace pucheros, porque no me atrevía a decirle todo. Al mirarlo, sus ojos, sus labios, sus manos (gözler, dudak, el..) las palabras se me quedaban atoradas sin emitir sonido.
Aún soy una niña para las peleas de pareja. Soy una ñiña porque les tengo miedo; porque sé cuanto duelen y sé cuan imposibles son, muchas de ellas.
Yo debía de decirle de frente, como ya Catalina sabíamente me había aconsejado, todo lo que sentía y todo lo que me dolía. Decirle claramente mis miedos y darle a él una visión general de las cosas.
No lo hice. Me puse a hacer pucheros como muñequita matel, a decirle que no él no tenía tiempo y todas esas cosas idiotas que uno dice cuando tiene miedo a decir la verdad, si yo hubiera sido él me hubiera dado cuenta de golpe que los lloriqueos escondían algo más grande y terrible, pero a veces pienso que él es tan transparente que ve trasnparente el mundo...
Y yo, yo que soy manto oscuro tras manto oscuro, sombra sobre sombra...
Quería decirle que no sé hacia donde vamos, que me siento triste y perdida, que ya no tenemos tiempo de hablar como antes y que esta relación llena acaso los listados más básicos. Quería decirle que me muero de miedo que vaya a ser así siempre: que él siempre llegué a casa a casi media noche, cansado, que no tengamos de hablar y que sólo alcancemos (como estos días) a hacer résumenes rápidos de los días (me levanté, comí, vi a tal, compré esto, vi esto), sin llegar jamás a ese tan necesario y tan escondido sentir de la realidad.
Todo empezó porque la última vez yo le estaba hablando de mi análisis de la sociedad rusa: de porque yo creía que eran tan pero tan rudos al inicio y poco a poco se iban abriendo. Le pregunté que pensaba él, y él me contestó que estaba demasiado cansado para ponerse a pensar, pero que me escuchaba.
Como un rayo imaginé esa respuesta 5 veces a la semana por el resto de mi vida.
No.
Imposible.
¿Pero es que él no ve que en una relación como la nuestra si él esta demasiado cansado incluso para pensar en una plática, entonces no tenemos nada, nada, nada, nada, nada?
Ayer en la noche me puse a llorar mientras mis taka-taka estaban fuera; algo muy malo debí de haber hecho en la otra vida para que ahora todo sea así (mi padre suele decir eso a manera de broma, para aliviarse la idea de que simplemente las cosas no son como uno quisiera...).
No le dije nada más, nos enfrascamos en discusiones tontas y yo no expusé ninguno de mis bien armados argumentos porque tenía miedo. Miedo a perderlo, miedo a que entre más aceptamos la realidad en torno a nosotros, más dificil es permanecer juntos. Entre más me acercaba al borde más me detenía; hasta quedar, con los pies agarrados al límite filoso del abismo.
Nos fuimos a dormir. Siempre hacemos eso. Nos vamos a dormir y dejamos que los problemas se duerman con nosotros, monstruos que cuando cierran los ojos... pero todos los monstruos despiertan, y en todos los cuentos de hadas, alguien tiene que morir...