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5.01.2011

Ülus

Recuerdo el día que subí a Ülus. Fue un viernes antes de regresar, y antes de ir a Capadoccia. La noche anterior él se había ido a dormir a la residencia de oficiales, y yo, que por tercera noche me quedaba sola en el hotel de putas, me solté a llorar toda la noche, a prometerme que lo dejaba, a convencerme que él no me amaba y que todo era un juego de caprichos con emociones. Me tumbe en la cama boca arriba dejando que el llanto y las flemas me ahogaran cada tanto. Después de hablar con mi mamá en México, a la que sólo dije que estaba triste, y no, que me encontraba desesperada y encerrada en un hotel equivalente a la Merced en México, apagué el celular y me prometí que si tenía la voluntad de dejar la vida de él, y la mía, serían más fáciles. 

Le envié un mensaje diciendo que me iba sola a Capadoccia o que me regresaba a Paris. Él no intento nada ese día, y a mí, eso me dio más rabia. 
Ulus estaba prohibido para mí. Prohibido, porque allí habían solamente, palabras de él, "sucios bastardos". Al día siguiente entonces decidí ir a explorar Ulus, con el rostro cubierto por el Hiyab y mi cámara escondida en la mochila. Recuerdo que caminé hacia arriba y hacia arriba todo el tiempo, vi vestidos rojos para las peticiones de mano, los trajecitos para las ceremonias de circuncisión y tiendas de hiyab. Allí compré mis pantalones de "village" y las pantunflitas que envié a México. Había aprendido ya a no ver a los hombres a la cara y entonces no me seguían. Al llegar a la cima, me subí a un pequeño centro de tiendas aún en construcción y en cemento. Arriba dos hombres, de saco oscuro en pana, con sombreros rectangulares y barbas recortadas en la barbilla, hablaban. 
Yo me senté en uno de los barandoles desde el que se veía toda Ankara. Establa nublada y gris. Yo podía ubicar ya el centro comercial al que fuimos con Emin, el Mausoleo, la antigua tumba de Atatürk y la ópera. De Ulus recuerdo las tiendas atiborradas de ropa, en muchos colores pero siempre oscuros, y las pañoletas rojas y verde esmeralda, cubiertas de brillitos. Allí en la punta de Ulus, comencé a cantar. Cantaba porque a él no le gusta que cante en la calle, y a mi me gusta cantar (cada vez que pienso en eso, pienso en que Caroline me dijo que ella no quiere para mí un hombre que no me deje cantar en la calle cuando quiero). La gente, algunos, me veían de reojo, pero para casi todos era simplemente una extranjera allí, extraña. Así como para mí eran ellos los extranjeros. 
No recuerdo que canté. Era una canción de la que sabía un trozo largo. 
Esa era mi pequeña venganza por haberme dejado de nuevo sola en el hotel de putas. Cantar en la punta de Ülus.
Esa tarde lo vi en el cafecito de Kizilay. No me fuí a Paris, ni me fui sola a Capadoccia y los siguientes dias fueron los más dulces de todo el viaje. 
Pero si me hubiera ido... tantas cosas hubieran sido tan fáciles.

 ***
Del hotel de putas;
[Recuerdo el bañito improvisado con azulejos azul claro. El sanitario del lado de la ducha, juntos, y el pequeño lavabamos blanco, chiquito con un espejo cuadrado empañado y al lado la conexión y una secadora de pelo, que no recuerdo si funcionaba, pero que él se alegro de ver. Recuerdo las paredes rosa brillantes y las cobijas con fundas blancas en las que un día me enrolle intentandolo convencer que no fuera al trabajo con argumentos infantiles...Recuerdo la alfombra café sucio oscuro y el mueble de tocador en el que encontré escondidos en el fondo, unas medias de puta con un spray para cubrir varices. De eso a él no le dije nada, porque ya estaba estresado pensando en que tipo de hotel nos habíamos tenidos que hospedar para estar juntos. Recuerdo también que cuando salí del hotel, la mujer de la limpieza me enseño el spray y las medias preguntandome si eran mías; hayir, hayir. Recuerdo también que escuchaba en la mañana, después de que se Vatan se iba, a las putas trabajando. Sus gemidos y las frases en turco. Recuerdo que al salir del hotel todos los días yo apretaba los puños y caminaba lo más rápido que podía manteniendo la vista al frente; huyendo, entre más rápido estuviera lejos de la puerta del hotel  más pronto estaría a salvo de los hombres que me abordaban confundiendome con puta, de esos hombres de manos sucias y rostros sudorosos que me tomaban del hombro, y tantas veces lo hicieron, para ofrecerme té o galletas, como primera pregunta por mí precio. A veces, al salir del hotel casi corriendo, entornaba los ojos para ver menos. ]

4.30.2011

Sobre él

Estambul (Bizancio, Constantinopla; ciudad espejo cuyo nombres se desgajan en los labios, y que nunca terminas de asir). 


***


Debí de haber llevado un diario del viaje. De uno de los viajes de mi vida... aunque con Vatan pareciera que cada vez se supera a la anterior (o será acaso, el simple reflejo en la realidad de tanto desborde de emociones, de un amor que se nos hincha en el pecho como una enfermedad y que curamos sólo cuando podemos vernos de nuevo, como aquellos enfermos que esperan que rezan para que a su lado pase el profeta o el santo, y con sus  manos los cure). 

El amor también es una suerte de hipocondría. 

Pero no lleve diario ninguno; sólo mi mente que retiene como si de ello pendiera mi cordura, la imagen de su cuerpo, con su ropa blanca, de niño (como la que usaban mis primos en Uruapan, cuando aún eramos todos niños y nos dejaban correr en paños menores juntos). Retener su cabello despeinado, sus pies limpísimos y morenos siempre en chancletas. Su cuerpo, acércandose al mío con tanta premura, como si de un momento al otro se nos acabará Estambul, como si nuestro amor sí pudiera destruir aquella ciudad que todas las guerras no destruyeron.... Como si el tiempo fuera doloroso al paso... pero es que sí, pero es que sí a todo...

Hubo una mañana en la que Vatan no me dejó ir al baño para lavarme la cara... a las seis de la mañana el Ezan de la mezquita azul había cantado, y yo, callada y apretada a su cuerpo en nuestra pequeña cama individual, oía el canto como si fuera el llanto de Polifemo, desde el otro lado del muelle...
Cuando él despertó me encerró en sus brazos; y así yo le dijera que tenía que ir al baño, que tenía la regla y eran cosas de chicas, que de mañana te baja más y que no quería, de nuevo, manchar la cama, así me respondió a cada queja con un beso, con sus labios de seda prensada y así me retuvo no bien pasado medio día...él tenía la sudadera azul y sus piayama con rayas blancas a los lados.La simpleza de su vestimenta me recuerda a los niños, a niños de primaria que llevan siempre cosas blancas y azul marino, blancas y negras, blancas, o será acaso que no es su ropa, ni los colores, ni su inocencia luminosa, sino que somos niños, siempre, juntos, dos niños atolondrados que juegan a seguirse corriendo en círculos, y escondiéndose, insulsos tras postes de cemento que no los cubren. 

***

Estambul, azul, azul, como su mezquita, como su mar abierto lleno de barcos grises. Con su princesa encerrada en la torre, allí donde él me llevo a beber té y se negaba a besarme, y yo, me limitaba  a recargar mi cabeza en su pecho...

***
A Vatan no le gusta besar en público. Si es o no cultural, no puedo afirmarlo. Tengo muchos amigos mexicanos, colombianos, ingleses a quienes tampoco les gusta besar en público porque piensan que es algo más personal. Vatan piensa lo mismo... Y yo, que soy una exhibicionista de hueso colorado, me tengo que aguantar a que estemos solitos en el cuarto... pero no me quejo, con él estoy aprendiendo a tener paciencia, algo que para tener 24 años, conocía muy poco. 








Si escribo estas cursilerías, es porque me asgo de nuestra historia cada día más, más, más.

***

2.15.2011

Orjinal Ozalit. Siyah Beyaz & Renkli Ozalit. Ozalit.

Cuando caminaba en la ciudad de México, a veces (sobre todo cuando estaba en la prepa, o en los primero años de la universidad, con Oso), tenía siempre la certeza de que por más horas que caminara habría un momento en el que regresaría a casa. Así caminarás toda a noche (eso me lo enseñó Jorge), al final a las 5 de la mañana, cuando el metro abría, regresabas a casa. Sin pierde. Sin miedo. Allí descansabas del cuerpo; te lo quitabas de golpe al pasar la puerta, y lo dejabas colgado en el llavero. Entonces bien entrarás a la cocina a servirte algo (el refrigerador lleno se convirtió para mí en sinónimo de hogar), o en silencio te desvistieras, sin prisa, para yacer en la cama como si la madrugada fuera a ser eterna.
No sé bien si el primer pensamiento, pero acaso uno de los primeros, al llegar a Francia fue; no puedo regresar caminando. No puedo sentarme a gastar la noche esperando que el metro abra de nuevo y volver a casa. No era un metafórico volver al “origen”, era un real no tener hogar (no puerta, no refrigerador, mucho menos lleno, no cama, no piso). La idea de no poder volver a casa caminando no me angustiaba, pero me provocaba extrañeza. Si bien la mente humana puede ser infinita para imaginar fuera de la realidad, existen cierto hechos, ya cotidianos, ya comúnes, que salen de la comprensión humana.
En mi cabeza no puedo imaginar ni el mar que cruce, ni el tamaño de la tierra, ni cómo, en 12 horas, que bien podrían ser una noche de sueño, crucé el atlántico para no poder volver por cuenta propia. Puedo bien, hablar de horas, kilómetros, precios de avión con cuotas extras por combustible; no puedo sin embargo, cerrar los ojos y pensar en el tamaño real del mar. Cuando la realidad es demasiado vasta para sobrellevarla, nos quedan las abstracciones (las promociones de aerolineas, las cifras con decimales).
El cuerpo entonces se muestra ya inútil; imposible colgarlo en el portal para descansar, con él a todos lados, sin que él pueda ya devolverte a casa. Luego me hice de una casa, de un cuartito de 9 por 10 metros en Paris; colgué allí entonces mi cuerpo…
Hoy en Ulus, en un hotel cuyo esplendor pasó hace ya mucho tiempo, aquí en el casco viejo de Ankara, vuelvo a tener esa sensación; no poder a casa andando. No poder volver con los pasos propios.