4.27.2011
Quizás, tal vez, quizás
...
A él no le gusta cantar, o le gusta pero no canta bien entonces prefiere tararear las canciones en su mente. Es todo. A mí, que no es que cante bien o mal, me gusta cantar, y me gusta mucho. Tanto que en tramo de Córdoba a Sevilla me enfermé de la garganta por andar cantando rancheras en el Blue Demon con la Caro y la Liz (y a Caro debería de llamarla Caz, pero ella dice que no sabemos bien el zumbidito de la "z").
De cualquier manera, antier, que le pregunté a Vatan que para cuándo, para cuándo le iba a llegar la desesperación romántica, estilo romeo en el balcón (pero es que parece que eso es algo que sólo le pasa a uno de cada diez hombres), que cuándo le iba a llegar la desesperación romántica y me iba a llevar a su lado; a cocinarle kebabs con pepinitos cortados y yogurt salado de bebida (porque el señor dice que el guacamole es invento del diablo porque es fruta y no verdura... pero vaya usté a saber que sabe un turco de aguacates...).
-Pronto- me contestó. Y yo le dije que él era como la canción de la Sarita; quizás, quizás, quizás. Y me puse a cantarsela como novio de balcón a media noche. Quizás, quizás, quizás... entonces, con su vocecita de caoba oscura (porque han de saber que quien hable turco como lengua materna habla oscuro, y callado y con tonos marrones casi negros) se puso a tararear; Senden, Benden, Bizden... Senden, Benden, Bizden.
Entonces me contó que cuando era chico, cuando tenía como diez años, compró el casette del grupo, y en sus viejos walkman oía esa canción una y otra y otra vez.
Yo lo imaginé con sus shortcitos azules y su camisa blanca de la primaria. Volviendo del internado (porque siempre estudió en internados y volvía a la casa en fines de semana). Imaginé su cara limpia y morena y las calles polvosas, con ese polvo dorado de los pueblos cuando se les recuerda. Imaginé las calles de Konya, mil veces más altas de lo que yo las ví ahora, e imaginé su vocecita, oscura, cantando bajo, porque siempre ha sido tímido; Senden, Benden, Bizden... Llegando a la vieja casa que desde hace tiempo su familia ya no habita pero que me mostró de fuera; esa casa verde botella con ventanales de latón dorado.
Y luego me vino a la cabeza mi padre, en la casa de la José Vasconcelos, acostado en la cama, acaso con cuarenta años y el pelo negro y chino, sobre el viejo cobertor de mi abuela bordado de pagodas chinas. Cantándole contento a mi mamá acostada a su lado; quizás, quizás, quizás. Entonces yo salía de su cuarto, tarareando; quizás, tal vez, quizás..
Me dieron ganas de decirle a Vatan que ya desde entonces nos esperabamos. Pero como no quise sonar tan cursi, opté por hacerle una rabieta diciéndole que si no venía a verme pronto, ya pronto, me muero.
Alma de bibliotecario:
Horasan,
La patrie vaillante,
me quisiera arrancar hasta los dientes tan sólo por tu amor,
Su casa verde