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5.11.2011

Lo bonito de los problemas es resolverlos



Yo tenía ganas de llorar en frente a la pantalla del computador mientras del otro lado, mi madre, me escuchaba.

Yo estaba sola en Paris a punto de quedar en el desempleo en el que ahora estoy, sin seguro social y con necesidad de médicos, con los papeles de mi visa (y estancia legal) perdidos por la burocracia francesa  y en teoría encerrada migratoriamente en Francia, y encima con un vuelo de regreso a México incierto y con los pagos del trabajo atrasados.

Mi madre, con toda su sabiduría, incluso de buen humor, me escuchó quejarme al menos cuarenta y cinco minutos sólo para contestarme: "Lo bonito de los problemas es resolverlos". Me quede callada un momento. Abrí los ojos como si a lo lejos viera pasar algún animalito al que estaba a la caza. Me descubrí totalmente inútil quejándome y al colgar el teléfono, salí de mi casa (de mi pequeña casa), con la certeza de que podría resolver todo.

***

Hoy Vatan me marcó al celular cuando hacia el mercado; le hice algunas bromas sobre como moriría de hambre este mes porque aquí los jitomates cuestan como si fueran riñones de transplante. No se rió como se suele reír de mis bromas tontas.
-Te tengo dos noticias, una buena y una mala-
Bastaba que dijera que había una mala para saber que no vendría a verme a Paris, aún le pedí la mala al inicio, él contestó como quiso: -La buena es que ya tengo el pasaporte. La mala es que no tendré la visa a tiempo antes de que vayas a Rusia-
Sentí que no quería mover un músculo cuando lo escuché pronunciarlo. Hubiera querido sentarme allí, en el piso del supermercado y quedarme así, hasta que llegara la tardía noche de verano, en lugar de eso le dije:
-Ya lo resolveremos-

***

Uno tiene que enamorarse de alguien a quien no puede tocar, coger, morder y lamer, sino sólo por algunos instantes, para comprender porque a Dante se le dio por escribir la Comedia y porque a Orfeo bajo al Infierno. El problema es que el primero recorrío el infierno sólo para descubrir que cuando estaba más cercano al fin del viaje, la sonrisa de Beatriz desaparecería. Con Orfeo, es simple: al final Euridice voltea.
 
Janik

5.10.2011

San Pablo y Hatay

"Tengo miedo de tí; de todo lo que tu puedes hacer conmigo"... Las palabras escritas a la mitad de la postal me hicieron sentir un nudo en el pecho, dentro muy dentro, jalando en lados contrarios.
Estamos el uno a costa del otro: pero cuando leí sus palabras sonreí sintiendo ese calorcito dentro del estómago (sí, como mariposas, sí, pero placidas y dulces). Es justo estar uno a costa del otro. Es justo que los dos estemos expuestos, y esa justicia me da un respiro.

La postal era la ruta de San Pablo en su peregrinar de evangelización. San Pablo vivió en Hatay y a mí se me hace un alegre azar que probablemente vaya yo a vivir algún día, por algún tiempo espero, en la ciuda de San Pablo.

Le dije que yo lo había leído en la universidad con Priani (la imagen de Priani con su camisas de vestir blancas de rayas siempre mal abotonadas y el salón del tercer piso donde nos asábamos a medio día en el curso de Textos, me vino a la cabeza como algo que paso muy muy lejano).

La ciudad de Pablo, que curiosidad siento ahora por Hatay...

5.08.2011

Hoy le dije que fuí a una marcha de mexicanos en Paris.
Él contestó que vio en las noticias sobre la movilización y todo eso.
Yo a veces siento que él no entiende qué es tener una novia mexicana. Creo que en la circunstancia en la que nos conocimos, y en la forma en la que nuestra relación se ha dado yo sé más de Turquía que él de México. Entonces a veces me pregunto qué tanto te puede conocer alguien si desconoce tu cultura. Cuando tienes una relación con alguien de tu propia cultura, saldas la pregunta por obvia. Cuando tienes a alguien de otra cultura que está en tu país entonces entiendes que va a ir comprendiendo tu cultura poco a poco, como quien va bebiendo del jarro a tragos lentos.

Cuando eres tú el que esta  en el país del otro entonces te caé de golpe que él no entendera tu cultura; pienso que me entendera a mi acaso, pero que no llegara más allá. Entonces me siento desprovista de mí: y proveerme a mi misma de mi misma de nuevo frente a él es una aventura. Hay cosas deliciosas en ésta desnudez cultural. Hay una suerte de misterio y de reto en presentarle a alguien tu cultura como algo nuevo; tu infancia, tus referentes, tu comida, tu calendario, todo aquello que el lugar donde naciste te dio y que te formo sin que tuvieras conciencia de ello, pero hay también un sabor amargo.

Hay extranjeros que se enamoran cuando ya tienen de antemano un amor por el país del otro. Como esos europeos que viajan a México porque le tienen curiosidad y terminan casados con mexicanas que les enseñan a pronunciar la "ch" y a comer chile y a bailar salsa. En nuestro caso no fue así. Cuando nos conocimos teníamos una ignorancia absoluta sobre el país del otro.
Y sin embargo después de dos viajes yo aprendí a querer a Turquía muchísimo. A extrañar al Ezan de madrugada y a comer los churritos de almibar en la calle. A ponerme el hiyab con alfileres y a decir "gracias", "buenos días" y "buenas noches" sin equivocarme tanto en la pronunciación. A decir: "Mi novio es turco" y sentirme orgullosa de eso.
Con él sin embargo siento que no le tiene cariño a mi país; que México es esa cosa lejana que está allá en Latinoamerica, yo tengo la esperanza de que ahora que va en unos meses se enamore de México; que le guste mi cultura como a mi me gusta la de él, pero para ser sinceros, como no le gusto en guacamole tengo miedo que no pase, entonces no sé que voy a hacer, porque me vine a  dar cuenta en Paris que yo soy mi país más que nunca.

5.05.2011

Planchar o no planchar, he ahí el dilema o la historia de la rata vieja...





Esta semana la discusión amorosa tiene que ver con planchar.

Antier, mientras él describía como podría ser uno de nuestros días si yo voy a Turquía a vivir con él, me preguntó en broma, si me voy a levantar a plancharle sus camisas, ya que, él señor, como buen oficial de policía, tiene que ir al trabajo con las camisas planchadas.
Yo, (yo que soy mujer liberada, porque sé latín y todo eso) le contesté que me iba a levantar a hacer el desayuno para que desayunaramos juntos, pero que el señorito se iba a planchar sus camisas solo. Entonces, se puso a quejarse, en broma también, de que iba a ser el oficial de policía más desplanchado de la comisaría, oh, el pobre, casado con una extranjera no-hamarat, (ósease no virtuosa, porque en turco, vaya a usté a saber si en arabe también, el adjetivo "virtuosa" es tambien "ascendosa" cuando se trata de femenino). Oh, mi pobre esposo desplanchado...
Y así como el burro que toco la flauta, le dimos al tema si iba a ser yo o no, una mujer "virtuosa" en la casa.
Le leí la cartilla; yo no desempolvó, ni barro, ni lavo trastes, ni mucho menos plancho (porque planchar es la actividad más tonta del planeta, porque la ropa igual siempre tiene arrugas y si no quieres entonces vistete con una cartulina larga como disfraz de letra en preescolar).
Y cuando vió que me le puse brava le dio por aclarar que todo era una broma, y que lo de menos era pagar una chacha... pero mientras sigue duro y dale con que lo voy a traer desplanchado...
Lo que yo no entiendo es porque yo lo voy a traer desplanchado y no es él mismo quien se desplancha al querer que sea yo quien lo planché (sin albur), y lo que él menos entiende, es que entre broma y broma...a mi ya me dio miedo... Pero entre eso, ya le dije a Catalina que si seguimos con la discusión de la rata vieja yo no me voy a quedar sin cola, sino sin novio...

¡No soy una rata vieja!

Janik

5.04.2011

De si el amor es o no para mí



-Mi gran miedo es no tener tiempo- me dijo.
Yo quería gritarle que ese era mi mayor miedo también, que se vive una vez y que no se puede trabajar todo el día, que no nosotros, que tenemos que salir de viaje como en Capadoccia, sólo que con las maletas menos pesadas. Tenía tanas ganas de decirle que hace un año que muero de miedo por nosotros. En un silencio, me dijo: "Quizás yo no soy el hombre para ti ¿Lo has pensado?".

Y yo atiné sólo a contestare, que por qué me preguntaba esas cosas...

Maldita sea, claro que lo he pensado. Mil y un veces me he preguntado si me enamoré del hombre correcto. De un muchacho musulmán, de una familia buena y conservadora, oficial de polícia, que no concibe que el aguacate se coma con limón en México y que no puede comer con el mismo utensilio con el que se haya comido puerco. Un hombre al que al verlo hablar, con su familia o en la calle, escucho sólo oscuros sonidos, que me atraen, quizás, porque simplemente no los entiendo (pienso entonces en Schopenhauer y su concepto de la música como abstracción de la belleza, para mí el turco es como música).

Siempre he tenido el impulso de huir de esta relación. La expresión "entre la espada y la pared" nunca había sido más clara para mí que ahora.

Y claro que he pensado si es él o no para mí, pero es que no puedo ni siquiera atisbar la idea de que no sea para mí aquel muchacho que me tendía la mano para escalar las montañitas de los monasterios, el que me dormía con la cabeza recostada en su pecho, el que trenzaba sus piernas con mis piernas cuando hacia calor de noche, él que me levantaba con besos prohibidos en el cuarto de su madre para comer el desayuno que él ya había preparado, es que no puedo pensar que ese hombre, que al lavarme el cabello pone una mano en mi frente para  proteger mis ojos del jabón, no pueda ser para mí. Siento que sería como decir que el amor no es para mí... pero es que eso también lo he pensado.

5.01.2011

Ülus

Recuerdo el día que subí a Ülus. Fue un viernes antes de regresar, y antes de ir a Capadoccia. La noche anterior él se había ido a dormir a la residencia de oficiales, y yo, que por tercera noche me quedaba sola en el hotel de putas, me solté a llorar toda la noche, a prometerme que lo dejaba, a convencerme que él no me amaba y que todo era un juego de caprichos con emociones. Me tumbe en la cama boca arriba dejando que el llanto y las flemas me ahogaran cada tanto. Después de hablar con mi mamá en México, a la que sólo dije que estaba triste, y no, que me encontraba desesperada y encerrada en un hotel equivalente a la Merced en México, apagué el celular y me prometí que si tenía la voluntad de dejar la vida de él, y la mía, serían más fáciles. 

Le envié un mensaje diciendo que me iba sola a Capadoccia o que me regresaba a Paris. Él no intento nada ese día, y a mí, eso me dio más rabia. 
Ulus estaba prohibido para mí. Prohibido, porque allí habían solamente, palabras de él, "sucios bastardos". Al día siguiente entonces decidí ir a explorar Ulus, con el rostro cubierto por el Hiyab y mi cámara escondida en la mochila. Recuerdo que caminé hacia arriba y hacia arriba todo el tiempo, vi vestidos rojos para las peticiones de mano, los trajecitos para las ceremonias de circuncisión y tiendas de hiyab. Allí compré mis pantalones de "village" y las pantunflitas que envié a México. Había aprendido ya a no ver a los hombres a la cara y entonces no me seguían. Al llegar a la cima, me subí a un pequeño centro de tiendas aún en construcción y en cemento. Arriba dos hombres, de saco oscuro en pana, con sombreros rectangulares y barbas recortadas en la barbilla, hablaban. 
Yo me senté en uno de los barandoles desde el que se veía toda Ankara. Establa nublada y gris. Yo podía ubicar ya el centro comercial al que fuimos con Emin, el Mausoleo, la antigua tumba de Atatürk y la ópera. De Ulus recuerdo las tiendas atiborradas de ropa, en muchos colores pero siempre oscuros, y las pañoletas rojas y verde esmeralda, cubiertas de brillitos. Allí en la punta de Ulus, comencé a cantar. Cantaba porque a él no le gusta que cante en la calle, y a mi me gusta cantar (cada vez que pienso en eso, pienso en que Caroline me dijo que ella no quiere para mí un hombre que no me deje cantar en la calle cuando quiero). La gente, algunos, me veían de reojo, pero para casi todos era simplemente una extranjera allí, extraña. Así como para mí eran ellos los extranjeros. 
No recuerdo que canté. Era una canción de la que sabía un trozo largo. 
Esa era mi pequeña venganza por haberme dejado de nuevo sola en el hotel de putas. Cantar en la punta de Ülus.
Esa tarde lo vi en el cafecito de Kizilay. No me fuí a Paris, ni me fui sola a Capadoccia y los siguientes dias fueron los más dulces de todo el viaje. 
Pero si me hubiera ido... tantas cosas hubieran sido tan fáciles.

 ***
Del hotel de putas;
[Recuerdo el bañito improvisado con azulejos azul claro. El sanitario del lado de la ducha, juntos, y el pequeño lavabamos blanco, chiquito con un espejo cuadrado empañado y al lado la conexión y una secadora de pelo, que no recuerdo si funcionaba, pero que él se alegro de ver. Recuerdo las paredes rosa brillantes y las cobijas con fundas blancas en las que un día me enrolle intentandolo convencer que no fuera al trabajo con argumentos infantiles...Recuerdo la alfombra café sucio oscuro y el mueble de tocador en el que encontré escondidos en el fondo, unas medias de puta con un spray para cubrir varices. De eso a él no le dije nada, porque ya estaba estresado pensando en que tipo de hotel nos habíamos tenidos que hospedar para estar juntos. Recuerdo también que cuando salí del hotel, la mujer de la limpieza me enseño el spray y las medias preguntandome si eran mías; hayir, hayir. Recuerdo también que escuchaba en la mañana, después de que se Vatan se iba, a las putas trabajando. Sus gemidos y las frases en turco. Recuerdo que al salir del hotel todos los días yo apretaba los puños y caminaba lo más rápido que podía manteniendo la vista al frente; huyendo, entre más rápido estuviera lejos de la puerta del hotel  más pronto estaría a salvo de los hombres que me abordaban confundiendome con puta, de esos hombres de manos sucias y rostros sudorosos que me tomaban del hombro, y tantas veces lo hicieron, para ofrecerme té o galletas, como primera pregunta por mí precio. A veces, al salir del hotel casi corriendo, entornaba los ojos para ver menos. ]

"Nunca más lo volví a ver"

"Nunca más lo volví a ver". Es una frase trillada, simplona,sí... y real, tan real que es dura, tan útil para resumir que uno se levanto diario, se lavo o no los dientes, desayuno pan, frituras, leche, té frio, café o cualquier cosa, salió de casa con o sin rumbo, regreso, durmió en una cama desordenada o no, uso o no el facebook, el mail, el skype, vio miles de películas o unas pocas, en el cine o en la compu, que uno lloró, berreó, rió, caminó, fue y volvió, así, por toda la vida, por esa longitud imcomprensible del "toda la vida" mientras estamos en esa vida, y que así con esa eternindad mínima, con esas posibilidades infinitas de la vida, que aún así, a alguien, a alguien que ocupa un lugar en la memoría digno para enunciar, que hubo alguien que: "Nunca más se volvió a ver".

***
No tenía idea real de esa frase hasta ahora con él. En México, a cualquier ex-amigo, ex-pareja, ex-patan cualquiera o ex-nostalgia, los puedo encontrar por mera posibilidad en una plaza, en la cineteca, en coyoacan o en el centro, o en la biblioteca de la UNAM o en cualquier lado... pero a él...

Un día, si nos rendimos, si cambio mi número de celular y bloqueo su dirección del mail...  un día si él decide, como ya lo decidió antes, dejar de marcar o de escribir, entonces él estará en Turquía, y yo en cualquier parte del mundo, y nunca más nos volveremos a ver.

***

Por eso el otro día le dije que quisiera ser una de esas golondrinitas que están haciendo su nido en la ventana de su oficina. Porque él piensa que son las mismas las que vuelven cada año... así, al menos, la certeza de verle cuando llegué a primavera.... al menos...

***

Hoy por ejemplo no me ha enviado mensajes, ni yo le enviado nada. Hoy no existimos juntos, ni me despertó ni nada.

4.30.2011

Llorar a media noche

Nunca había llorado tanto a media noche como desde que lo conozco. Sí, antes había llorado, quizás un día, quizás algunas tardes, pero con él podia llorar una vez a la semana, dos, tres, cuando él estaba allí, cuando él se había ido y yo apagaba el computador sólo para mojar la almohada de llanto. 

(El sonido de viento de la "ll" en "llorar", me hace pensar en Platón y su división del lenguaje en el Crátilo, que cada palabra busca imitar aquello que expresa; al decir "llanto" la palabra misma en los labios se duele).

Pero estos últimos tres meses hemos llorado menos de lo debido. Yo, que suelo llorar por todo, que sollozo y gimo, y me trago las lagrimas o moqueo sin ninguna elegancia frente a la cámara, debí llorar más.

(Recuerdo esas conversaciones en México, cuando para mí eran las 2.00 de la tarde y para él las 12.00 de la noche; recuerdo que nos soltabamos en llanto, ambos, ante la posibilidad mínima de perder nuestra historia sin siquiera haberla comenzado, de que todo, así se desvaneciera en el llanto... y aún así tratamos tanto de huir... y aún así aquí estamos). 

***

Hoy cerramos la conversación en llanto y sin besos, sin el "te amo" que en toda conversación desastrosa de pareja ancla siquiera el sentido de que no importa que pasa se está ahí. ¿Qué tanto debe de sufrir uno en una relación? ¿Cuándo el amor vale tanto el sufrimiento?

Me duele que no esté. Me duele que no sea fuerte cuando lo necesito fuerte; recuerdo una vez que le hable por teléfono para decirle algo grave, acaso lo más grave que le he dicho hasta ahora. Él, que comía solo en un restaurante, sólo me contesto: "no puedo hablar ahora, te hablo luego".
"Está bien" contesté.
  Y yo, del otro lado de la línea, tragada de miedo, de deshazón, de ansiedad, de pesadez, yo que quería escucharle decir cualquier cosa que me ayudarla a mantenerme en pie. Yo que imaginaba un te amo, un todo va a estar bien, un estoy contigo, pero él colgó la llamada así. Y yo que imaginé que bien se puso a sollozar con la cabeza baja en el restaurante, o bien sólo apretó el puño de rabia, bien supe que no me dejo de amar aunque no me lo dijera... pero entonces ¿costaba tanto en ese momento decirlo cuando yo sostenía sobre mi cuerpo todo el peso del mundo?

***

Un día...alguien que cuando yo me entregue, como suelo hacerlo, a mi primer arranque de dolor me diga de golpe, con fuerza que "todo estará bien" aun cuando no lo sepa, aun cuando no tenga certeza de si sea posible arreglar el daño. Un día alguien que me sostenga a mi primero cuando estoy al borde de caerme (así como a mi siempre me ha tocado) y no alguien que cuando ya me estoy levantando, se acerqué a consolarme.

Un día... pero es que no quiero a alguien, lo quiero a él...

Escribir de él

Escribo de él porque tengo miedo a que algo se me olvide. Tengo miedo a que la sensación de sorpresa que tuve cuando toque por primera vez su rostro (sus cejas suavísimas como el cabello de un recién nacido, su barba, corta pero suave, su pestañas tan largas, que los sueños se le quedan allí dormidos...) se me disuelva en la memoria entra tantas tontería (como el cambio del euro, como de que voya vivir ahora que me quede sin trabajo en europa, como que un día tengo que volver y el título, como que al volver, volveremos, de nuevo, a estar tan lejos...).

No quiero olvidar la primera frase que me dijo en el aeropuerto, mientras me espíaba, porque yo, pensando que él estaba del otro lado de la puerta, me escondía y aplanaba mi ropa, y metía la panza, y me repetía que por qué chingada madre me había metido yo en este problema, de repente lo escuché detrás de mí; "¿Está esperando por alguien señorita?".

Sobre él

Estambul (Bizancio, Constantinopla; ciudad espejo cuyo nombres se desgajan en los labios, y que nunca terminas de asir). 


***


Debí de haber llevado un diario del viaje. De uno de los viajes de mi vida... aunque con Vatan pareciera que cada vez se supera a la anterior (o será acaso, el simple reflejo en la realidad de tanto desborde de emociones, de un amor que se nos hincha en el pecho como una enfermedad y que curamos sólo cuando podemos vernos de nuevo, como aquellos enfermos que esperan que rezan para que a su lado pase el profeta o el santo, y con sus  manos los cure). 

El amor también es una suerte de hipocondría. 

Pero no lleve diario ninguno; sólo mi mente que retiene como si de ello pendiera mi cordura, la imagen de su cuerpo, con su ropa blanca, de niño (como la que usaban mis primos en Uruapan, cuando aún eramos todos niños y nos dejaban correr en paños menores juntos). Retener su cabello despeinado, sus pies limpísimos y morenos siempre en chancletas. Su cuerpo, acércandose al mío con tanta premura, como si de un momento al otro se nos acabará Estambul, como si nuestro amor sí pudiera destruir aquella ciudad que todas las guerras no destruyeron.... Como si el tiempo fuera doloroso al paso... pero es que sí, pero es que sí a todo...

Hubo una mañana en la que Vatan no me dejó ir al baño para lavarme la cara... a las seis de la mañana el Ezan de la mezquita azul había cantado, y yo, callada y apretada a su cuerpo en nuestra pequeña cama individual, oía el canto como si fuera el llanto de Polifemo, desde el otro lado del muelle...
Cuando él despertó me encerró en sus brazos; y así yo le dijera que tenía que ir al baño, que tenía la regla y eran cosas de chicas, que de mañana te baja más y que no quería, de nuevo, manchar la cama, así me respondió a cada queja con un beso, con sus labios de seda prensada y así me retuvo no bien pasado medio día...él tenía la sudadera azul y sus piayama con rayas blancas a los lados.La simpleza de su vestimenta me recuerda a los niños, a niños de primaria que llevan siempre cosas blancas y azul marino, blancas y negras, blancas, o será acaso que no es su ropa, ni los colores, ni su inocencia luminosa, sino que somos niños, siempre, juntos, dos niños atolondrados que juegan a seguirse corriendo en círculos, y escondiéndose, insulsos tras postes de cemento que no los cubren. 

***

Estambul, azul, azul, como su mezquita, como su mar abierto lleno de barcos grises. Con su princesa encerrada en la torre, allí donde él me llevo a beber té y se negaba a besarme, y yo, me limitaba  a recargar mi cabeza en su pecho...

***
A Vatan no le gusta besar en público. Si es o no cultural, no puedo afirmarlo. Tengo muchos amigos mexicanos, colombianos, ingleses a quienes tampoco les gusta besar en público porque piensan que es algo más personal. Vatan piensa lo mismo... Y yo, que soy una exhibicionista de hueso colorado, me tengo que aguantar a que estemos solitos en el cuarto... pero no me quejo, con él estoy aprendiendo a tener paciencia, algo que para tener 24 años, conocía muy poco. 








Si escribo estas cursilerías, es porque me asgo de nuestra historia cada día más, más, más.

***