Mientras lo abrazaba en el tren del RER B, camino al aeropuerto de Paris, toda mi vida estaba en él, como sí él fuera el ojo de un huracán que concentraba todas mis posibilidades.
Mi huracán.
Debí de haberle dicho que él era mi huracán, y así él hubiera entendido como todos los músculos de mi cuerpo se tensionaba con violencia al pensar en su partida (una violencia cercana a la del orgasmo, que me nublaba los ojos y me hacía cerrar los puños alrededor de su brazos, pero tras la cual no habría su cuerpo dormido en la cama, ni, la promesa de despertar con el dorso izquierdo del cuerpo húmedo de sudor por dormir pegada a su lado).
Pero no le dije que era mi huracán. Tartamudée sin sentido y me puse a sollozar pegada a su camisa abierta. Las lagrimas de él me caían por la frente y así dejamos que el tren pasara los suburbios de Paris.
Hicimos los más esfuerzos para no llorar. Nos jalamos los cachetes murmurando idiomas que el otro no conocía. Nos besamos como si el tren fuera mi cuarto vacio. Nos recordamos los planes que ya sabemos de memoria, pero al final, frente a la puerta de abordaje nos pusimos a llorar como dos niños.
Sentí que perdí algo dentro.
Siento que me arrancaron un pedazo de mí.
Un brazo, una pierna, un miembro imprescindible; él.
Cuando el partió, nos doliamos tanto que no pudimos ninguno mirar atrás. Entonces la azafata de la aerolínea, conmovida por nuestra despedida, intentó consolarme. Yo me compuse el rostro y el cabello como pude, con las manos que tenía también húmeda de lagrimas.
-¿Se va por mucho tiempo?-me preguntó alargando el acento final.
-No lo sé, no, no, no mucho- contesté... pero ambas sabíamos que mentía.