Anna Scott: Recuerda que sólo soy una chica delante de un chico pidiendo que la quieran.
(Diálogo de Anna Scott en "Un lugar llamado Nothing hill",
claro, otra película de Hugth Grant.... )
Esta es una historia simple, absurda y estúpida, como todas las que acontecen en el tema. Es la historia simple de una chica que conoce a un chico y se enamora de él (la distinción de género es una mala pasada reproductiva cuyo único objetivo es hacer reír a dios, o a la vida, o a quien sea, con los gigantescos malentendidos imposibles de saldar entre hombres y mujeres; es sólo una broma terrible, chistosa sí, pero de humor negro).
Cómo ó cuándo se conocen no importa. Tampoco importa el color de su cabello, el largo de sus manos, o si les gusta o no el café con azúcar (lo que si importa un poco es que ella era regordeta, que él tenía barba de candado y que medía 1.74 cm; la altura exacta para abrazarla).
Esta historia es de hecho tan simple y tan estúpida que merecería no ser contada. Ella se enamoró de él de la única manera en la que uno se puede enamorar; sin conocer al otro (siempre se había enamorado así y ella comenzaba a pensar que tal vez no se enamoraba del otro, sino del vació que es un desconocido justo antes de que se comience a conocerlo, se enamoraba de la posibilidad, de la oportunidad de algo nuevo (así como cuando de niña se enamoraba no del "primer día a la escuela"; sino de las libretas blancas, de las gomas en sus camisitas de carton azúl y de los lápices con puntas agudas; de los éxamenes sin contestar en los que aún tienes la esperanza de alcanzar una buena nota).
Él también la quería. Si fue amor o no lo que él sentía por ella; eso nadie lo sabrá. Es probable que no lo fuera porque en las historias de amor si los personajes se aman entonces suenan trompetas angelicales y la gente aplaude (aquí sólo hubo llamadas perdidas y corazones apretados como puños listos para el golpe).
Ella hizo lo que las muchachas tontas y esperanzadas hacen. Llenar las bandejas de correos y los buzones de cartas; las camas de regalos y cargar las palabras de ese tono agudo, cursi e insoportable con el que se hablaba en las películas romanticas de los 80´s. Él hizo lo que los muchachos hacen; esparcir detalles amorosos como si fueran pequeñas florecillas blancas relucientes en un campo, inventarle apodos lindos de dulces, y enviarle mensajes al celular que ella atesoraba aunque la memoria de su celular se atascara.
Ella hizo más que él en un sentido cuantitativo. En el cualitativo también. Pero a ella no le importaba porque, es sabido por todos, que las mujeres enamoradas son más estúpidas que los hombres enamorados (de alguna manera se debe saldar que ellas sean la mayor parte del tiempo más inteligentes).
Gastaban las tardes juntos (cómo, cuándo y dónde tampoco importa, porque lo que la gente olvida es que el tiempo invertido es el mismo y no hay relatividad en las tardes perdidas; se pierde una tarde con alguien y no se recuperan los relojes, así hayas caminado de la mano, o dormido).
Ella hizo lo que las muchachas hacen sin aceptarlo abiertamente; pasar sus manos sobre su cuerpo en la ducha, imaginando que eran las manos de él. Masturbarse a media noche repitiendo el nombre de él y despertarse, sofocada, porque había soñado con sus abrazos en alguna playa desconocida, cuyo nombre se escribiría con letras que ella ni siquiera tenía en su teclado.
De él, carecemos de esa información tan sustancial. Si hubo orgasmos, nombres entrecortados o suspiros, no forman parte oficial del relato.
Y tantas cosas faltan de él en este relato y es esta historia tan mínima, que deberia usted parar de leer aquí, y yo parar de escribir; pues cuando las cosas faltantes son siempre aire ¿Cómo hablar del viento sin que este escape de nuestros labios? ¿Cómo retratar el aire si ni siquiera la memoria, estática, puede invocarlo? ( pero para vidas mínimas como la mía; historias mínimas como la nuestra, pues si no podemos aspirar a mausóleos, a biografías televisivas, a calles con nuestros nombres ¿Por qué aspirar entonces al amor?).
Luego pasó lo que pasa en todas las historias; uno de ellos se dio cuenta (sinónimo de "decidir" ) que no era amor (que no amaba, que el otro no era indispensable, que no lo necesitaba como el aire mismo). En esta simple historia, como en todas las del rubro, quien decidió que no estaba enamorado fue quien menos arriesgó.
No es necesario ahora si hablar más del tema.
Un chico y una chica que se enamoraron. Un chico y una chica que desaparecerán de la vida del otro como un puño de arena que se deja caer en el desierto, en donde uno, el que menos apostó en la ronda, se retiró del juego sin mostrar sus cartas.
Es una historia simple, pero no por ello menos dolorosa.
Es una historia simple, pero no por ello menos cierta.
Es una historia simple, pero no por ello menos infame.
Es una historia simple.
Al otro; al que se quedo esperanzado por mostrar que había conseguido pokar, le toca guardar las cartas en la cajita, de nuevo, ordenarlas por mazo para ver si no falta nada. Limpiar la mesa y vaciar los vasos de wiskey con sus mordidas rodajas de limón.
Esperar que alguien más se siente a jugar y reparta las cartas.
Pero esta vez habra en la puerta un letrero:
"Se solicita jugador de pokar, que haga grandes y cuantiosas apuestas aunque tenga pésimas cartas. Jugador que no sepa bluffear y que, aunque sea menos elegante, diga las cosas de frente. Alguien que cuando cometa errores y enseñe sus cartas se ría y prefiera abrir completo el mazo. Se solicita jugador que cuando este a punto de ganar, tire las cartas al piso y se levante a besar a la chica contra la que juega. Se solicita jugador que sepa que el juego termina sólo cuando se ha tirado la última carta. Favor de no presentarse si no cumple con todos los requisitos"
No, es más; no habrá ningun letrero en ninguna puerta.La chica sale del cuarto y abandona las cartas en la mesa.
Es una historia simple.
Janik
