No sé cuanto tiempo necesito para escribir sobre el viaje que hemos hecho.
Sólo sé que si no empiezo ahora, no terminaré nunca. Sólo sé que si no empiezo ahora los recuerdos se van a comenzar a fundir en el crisol del sentimiento, que no distingue hechos sino meras emociones. Sé ya de antemano cual será la emociones que permanecerán: el amor (ese amor espejo de la amistad de Platón), el cambio (el miedo al cambio y las ganas de aventura), la solidaridad; la fe.
Quiero encontrarle el hilo con el que comienza la historia; entonces me veo en el aeropuerto recogiendo gente, pegada a la puerta de la terminal internacional del Ataturk como si alguno de mis amigos, o mi familia, se fuera a perder entre los 10 metros que separan la puerta de mi y desvanecerse en el metro, pero entonces mi mente se acuerda de Lidia pidiéndole a su mamá su rizador de cabello, y mi mente viaja hacia atrás, hasta Vera ayudándome a escoger el más hermoso ramo de novia del mundo (porque sí, porque era el más hermoso).
Y de repente me acuerdo de Lizeth y Gabriela... haciendo dibujitos en una mesa para sacar las cuentas del IIIEPE... y mi mente sabe que aún allí no empieza el hilo, que sigue hasta esas tardes junto al jarocho en las que caminaba de la mano con Oso, quejándonos de que no encontraríamos el amor (y mira qué si, que no lo encontré allí, sino acá). Y aún así, el hilo sigue y sigue, hasta una Astrid de quince años, o hasta las bolitas de pelo con formas de pelotas de basquetbol.
Para contar la historia de este viaje, del viaje que por una semana hicieron mis amigos y mi familia, en una tierra desconocida, y que termino con el adiós más difícil que me haya tocado, para contar esa historia, tendría que contar cada una de las historias de ellos.
Veamos.
Sólo sé que si no empiezo ahora, no terminaré nunca. Sólo sé que si no empiezo ahora los recuerdos se van a comenzar a fundir en el crisol del sentimiento, que no distingue hechos sino meras emociones. Sé ya de antemano cual será la emociones que permanecerán: el amor (ese amor espejo de la amistad de Platón), el cambio (el miedo al cambio y las ganas de aventura), la solidaridad; la fe.
Quiero encontrarle el hilo con el que comienza la historia; entonces me veo en el aeropuerto recogiendo gente, pegada a la puerta de la terminal internacional del Ataturk como si alguno de mis amigos, o mi familia, se fuera a perder entre los 10 metros que separan la puerta de mi y desvanecerse en el metro, pero entonces mi mente se acuerda de Lidia pidiéndole a su mamá su rizador de cabello, y mi mente viaja hacia atrás, hasta Vera ayudándome a escoger el más hermoso ramo de novia del mundo (porque sí, porque era el más hermoso).
Y de repente me acuerdo de Lizeth y Gabriela... haciendo dibujitos en una mesa para sacar las cuentas del IIIEPE... y mi mente sabe que aún allí no empieza el hilo, que sigue hasta esas tardes junto al jarocho en las que caminaba de la mano con Oso, quejándonos de que no encontraríamos el amor (y mira qué si, que no lo encontré allí, sino acá). Y aún así, el hilo sigue y sigue, hasta una Astrid de quince años, o hasta las bolitas de pelo con formas de pelotas de basquetbol.
Para contar la historia de este viaje, del viaje que por una semana hicieron mis amigos y mi familia, en una tierra desconocida, y que termino con el adiós más difícil que me haya tocado, para contar esa historia, tendría que contar cada una de las historias de ellos.
Veamos.