2.15.2011

Orjinal Ozalit. Siyah Beyaz & Renkli Ozalit. Ozalit.

Cuando caminaba en la ciudad de México, a veces (sobre todo cuando estaba en la prepa, o en los primero años de la universidad, con Oso), tenía siempre la certeza de que por más horas que caminara habría un momento en el que regresaría a casa. Así caminarás toda a noche (eso me lo enseñó Jorge), al final a las 5 de la mañana, cuando el metro abría, regresabas a casa. Sin pierde. Sin miedo. Allí descansabas del cuerpo; te lo quitabas de golpe al pasar la puerta, y lo dejabas colgado en el llavero. Entonces bien entrarás a la cocina a servirte algo (el refrigerador lleno se convirtió para mí en sinónimo de hogar), o en silencio te desvistieras, sin prisa, para yacer en la cama como si la madrugada fuera a ser eterna.
No sé bien si el primer pensamiento, pero acaso uno de los primeros, al llegar a Francia fue; no puedo regresar caminando. No puedo sentarme a gastar la noche esperando que el metro abra de nuevo y volver a casa. No era un metafórico volver al “origen”, era un real no tener hogar (no puerta, no refrigerador, mucho menos lleno, no cama, no piso). La idea de no poder volver a casa caminando no me angustiaba, pero me provocaba extrañeza. Si bien la mente humana puede ser infinita para imaginar fuera de la realidad, existen cierto hechos, ya cotidianos, ya comúnes, que salen de la comprensión humana.
En mi cabeza no puedo imaginar ni el mar que cruce, ni el tamaño de la tierra, ni cómo, en 12 horas, que bien podrían ser una noche de sueño, crucé el atlántico para no poder volver por cuenta propia. Puedo bien, hablar de horas, kilómetros, precios de avión con cuotas extras por combustible; no puedo sin embargo, cerrar los ojos y pensar en el tamaño real del mar. Cuando la realidad es demasiado vasta para sobrellevarla, nos quedan las abstracciones (las promociones de aerolineas, las cifras con decimales).
El cuerpo entonces se muestra ya inútil; imposible colgarlo en el portal para descansar, con él a todos lados, sin que él pueda ya devolverte a casa. Luego me hice de una casa, de un cuartito de 9 por 10 metros en Paris; colgué allí entonces mi cuerpo…
Hoy en Ulus, en un hotel cuyo esplendor pasó hace ya mucho tiempo, aquí en el casco viejo de Ankara, vuelvo a tener esa sensación; no poder a casa andando. No poder volver con los pasos propios.