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7.22.2011

Es como el sonido del viento padre. Sus bocas son cuevas abiertas en la roca por donde el viento pasa y juega.
Cuando voy por las calles, intento casi silbar para imitar sus sonidos,
Hoy voy a a iglesia.
Ya cuando llegué a Paris, recuerdo que en las primeras semanas, entré a Notre Dame y prendí una velita por ti y por mi madre.
Cuando entré en Sacre Coeur, oré por ustedes.
Oré también por ustedes en la gran mezquita azul de Estambul.

Pero aquel que debería haberme oído, no me concedió mis deseos, porque yo le pedí con todas mis fuerzas que estuvieras allí cuando yo volviera.

A cambio sin embargo, nos dio un regalo amargo; tu nunca sabrás que no estuviste.
Moriste dormido. El doctor dijo que nada sufriste.
Moriste abrazado a mi madre.
Y quizás soñanabas que estabamos todos juntos.

Morir sin saberlo. Sin las ansias en el pecho de saber que se te acaba la vida. Sin cables ni agujas ni pasillos blancos.

Por eso voy hoy a la iglesia padre. A la gran Iglesia del Salvador de Moscú. A agradecer.

A agradecerle que estabas dormido.

7.12.2011

Me dueles.
Me duele el cuerpo como nunca me ha dolido.
No moverme.
No respirar.
Pero aquí no hay nadie
(porque nadie puede ser un conjunto de gente, una pared, un par de labios que no hablan tu idioma).

Aquí no hay nadie señor,

y nada hay ya en el mundo.



***


Nada aquí es real
Cuando hablo a la aseguradora
Y digo:

"Je vous appelle 
parce que 
mon père 
vient de mourir
et
je
voudrais 
savoir
sur la couverture 
de l'assurance "

No digo nada.
nada cierto.

Sólo barajeo entre mis labios
un juego de gramatica y acentos
que a ti y a mi, padre,
no nos pertenecen.


***


Padre, era tu cuerpo mi casa.

Eran tus brazos mi hogar

Tus manos portones abiertos.


***

A ti

Tendría que escribir. Tendría que escribir para tí. Tendría que guardar de alguna forma los diálogos que te dedico dentro de mí, pero tengo miedo al llanto. Tengo miedo al dolor.

Tengo que recordar que moriste un 10 de julio. Pero los días y las fechas se me escurren en la memoria porque no vivo mi propia vida; porque aquí nada es real.

Las palabras que designan las cosas se deslizan por mi y nada queda.

Recuerdo la hora. La orilla del cuarto, mi rostro contra la esquina de la pared y la ventana abierta. Moscu era una nube que se extendía, un gris sobre gris revolviéndose en el aire.

No lloró porque no creo. No es verdad, no puede serlo.
Soy una embajadora de nuestro dolor, aquí a  miles de kílometros tu sangre se revuelve dentro de mí y me llama, de vuelta a casa.

¿Pero de qué forma padre? ¿Para que volver si el tiempo no permite el error?
Debiste tu de haberme dicho. Tan tonta fuí, tan inocente, tan egoísta, pero la conciencia de mi propia estupidez de nada me sirve.

Y quisiera decirte que deberías de haber sido un poco más fuerte, quisiera decirte que debiste haber resistido unos días, tan sólo unos días más padre. Pero fuiste tan fuerte como nadie lo fue.

10.01.2008

Heredar la memoria.

Con la premisa de cuidarlos como a mi vida, mi padre me prestó para una exposición de la secundaria sus recortes del 68. Tenían más de treinta años, los bordes irregulares y algunas líneas subrayadas, con la siguiente anotación al borde del página: mentira.
Expuse. A mi profesor de civismo los recortes le parecieron un tesoro invaluable, recuerdo sus palabras: "Guárdelos bien, señorita Rojas". Hoy están guardados en la mesita de noche al lado de la cama de mi padre. No es necesario que los saque para recordar las fotos de grano reventado, la pluma roja, las frases subrayadas como: "iniciaron el tiroteo los líderes estudiantiles".
Mi padre no estuvo allí. Se le hizo tarde y cuando se dirigía para allá encontró las calles cerradas. A unas cuadras uno de sus compañeros del equipo de basquetbol le dijo: "Están tiroteando, Rojas". A una de su compañeras le rompieron el brazo, magulladoras y golpes, al hermano de otra compañera le dieron un tiro. Mi abuela, mi tío y mi padre hicieron el álbum de recortes. A mi se me hace un nudo en la garganta cuando escucho a mi padre: "Di vuelta a la calle y la gente iba corriendo, gritando".
Lloro. Lo digo: lloro frente al monitor pensando en los muertos que defendieron la autonomía de la casa de estudios que me ha cobijado a mí y a toda mi familia. Los estudiantes que defendieron la libertad, que se opusieron. Y me da coraje pensar, en está maldita generación del demonio que no es capaz de mover un dedo por la dignidad de una mínima idea. Que ya sé, que no son todos, que existen los que luchan... los que mínimamente lloran.(pero sabe usted lector, a quien me dirijo, de que hablo). Lloro pensando que no fue mí abuela la que lloró esa noche, sino la madre de otro. Luego pienso que no sabemos agradecer al projimo (sentir al projimo, como la palabra lo exige, próximo a uno, cercano). Sé que cuando mi padre muera nos dejará el álbum de recortes.
A mi hermano, con los ojos húmedos como ahora, le diremos:"Kaeri, nuestro padre no nos heredó una casa o una cuenta bancaria lujosa, nos ha heredado algo invaluable del espíritu: su memoria, la identidad de su persona con la tradición". Y el álbum será el simbolo de sus recuerdos mismos: el olor ceniciento de la calle, los gritos de la gente, los pasos de la marabunta y un puñado de rostros tirantes en la calle cerrada, él regresando a casa con la cara enjugada de llanto por la injusticia. Heredar la memoria: no olvidar y que a partir del recuerdo, se construya (o reconstruya) en el tiempo, la justicia.