Tendría que escribir. Tendría que escribir para tí. Tendría que guardar de alguna forma los diálogos que te dedico dentro de mí, pero tengo miedo al llanto. Tengo miedo al dolor.
Tengo que recordar que moriste un 10 de julio. Pero los días y las fechas se me escurren en la memoria porque no vivo mi propia vida; porque aquí nada es real.
Las palabras que designan las cosas se deslizan por mi y nada queda.
Recuerdo la hora. La orilla del cuarto, mi rostro contra la esquina de la pared y la ventana abierta. Moscu era una nube que se extendía, un gris sobre gris revolviéndose en el aire.
No lloró porque no creo. No es verdad, no puede serlo.
Soy una embajadora de nuestro dolor, aquí a miles de kílometros tu sangre se revuelve dentro de mí y me llama, de vuelta a casa.
¿Pero de qué forma padre? ¿Para que volver si el tiempo no permite el error?
Debiste tu de haberme dicho. Tan tonta fuí, tan inocente, tan egoísta, pero la conciencia de mi propia estupidez de nada me sirve.
Y quisiera decirte que deberías de haber sido un poco más fuerte, quisiera decirte que debiste haber resistido unos días, tan sólo unos días más padre. Pero fuiste tan fuerte como nadie lo fue.