Salí del Liceo Robert Schuman sola. Los profesores, como comunmente, no me necesitaron y me dieron mi último día como día libre. Caroline, que como siempre y bajo stress trabajaba, se quedo y yo salí sola, tal y como llegué, sola.
Las calles estaban iluminadas de verde de nuevo, el verde brillantísimo de los árboles parisinos, cuya luz proviene quizás no de un verdor real, sino del mero contraste de estos nuevos árboles primaverales con los árboles del invierno que guarda la memoria (aquellos cenizos, hoscos, tristes). Hacia más frío que cuando llegué en octubre, y dejé el lugar con más calma pero con menos emoción que en aquel entonces.
Dicen que uno no debe mirar para atrás cuando deja un lugar. Yo lo hice varias veces sólo para cotejar este nuevo recuerdo con el recuerdo anterior. Finalmente, he llegado a tener tantos recuerdos retacados que no logro seguir mi memoria en un sólo hilo y cuando recurro a mi interior encuentro una serie disparatada de emociones, anhelos, fotografías mentales y fantasmas.
Cuando caminaba por el pasillo, ese pasillo rojo con grandes ventanales hacia el patio triangular del liceo, pensé en aquella frase del Guardían entre el centeno, cuando Caulfield, dice que odia irse de los lugares sin despedirse, que odia irse sin saber que esa era la última vez que estaría allí. Yo pensé; este es un liceo que yo no veré de nuevo, y luego pensé que nunca se sabe, que bien podría, algún día volver. Pero la verdad es que no, que hoy fue la última vez que vi ese patiecito triangular que recorrí unas solas tres veces.
Y a Paris ahora le dio la gana nublarse, y yo con una gripe de la chingada. Luego me queda sólo pensar que este juego de "última vez", "primera vez", "lo que no volverás a ver", "lo que no viste", es sólo una traba lingüística que sirve como detonador para nostalgias y depresiones (que bien somos los seres humanos especialistas en detonadores emocionales, ya sea de depresiones, o de ganas de comer con un MacDonalds, o de patetismos con publicidad de Jonhy Walker...). De todo hay primero y último, de todo hay algo que no vimos o que no veremos de nuevo. Al final es sólo cuestión de dónde le ponemos nosotros el acento a la I.
Janik