7.05.2011

Mis taka-taka

Llegué al cuarto 332 del Instituto Pushkin. El loby se veía sovietico; viejo, anticuado pero limpio. La sensación en el cuarto era más fuerte: viejo, anticuado, sucio y triste.
Me abrió la puerta Mitchko. Una japonesa con los ojos pequeños y las mejillas rendondas muy amplias  para su cara rectangular. Era ya más de media noche y yo estaba agotada (había recorrido sola desde el aeropuerto, con la maleta, luchando con el también anticuado metro de Moscú y luchando también con los no-amigables si-agresivos-acosadores moscovitas de media noche).

"Buenas noches, creo que tienen una cama disponible, soy la nueva chica", contesté en inglés mientras jalaba la maleta para adentro del cuarto, esperando por fin librarme de tal peso. Ella sin moverse de la puerta y cerrando el paso me susurro en ruso algo, viendo al piso sin hablar la voz.
"Lo siento, creo que mi ruso está algo oxidado" contesté ansiosa porque se quitara de la puerta. "¿Sólo inglés?" me preguntó ahora viendome a la cara. "No, Inglés, Francés o Español", le constesté ya hartandome.
Me señaló mis zapatos, y dijo "no".

Me dolían los pies, mis sandalias estaban empacadas en la maleta. Le explique, forzandome a desempolvar mi ruso de golpe, que mis sandalias estaban en la mochila.
"Zapatos no", contestó de nuevo, y entonces ya era obvio para mí que no hablaba ruso tampoco.
"¿Por qué?" le pregunté, más por molestarla que porque no lo supiera, más sólo por saber qué me iba a decir.
"Zapatos no" repitió y bajo la cabeza.
Bueno me quité los zapatos. Ese fue mi primer día con los taka-taka...  Y ahora más que nunca re-valoro la cultura latinoamericana; imagino cualquier casa en cualquier país latino, con una muchacha que explica al otro lo que nosotros hacemos, entre sonrisas y peticiones, y preocupándose por no molestar a nadie.
De verdad que los latinos somos bien flexibles.

Janik