4.28.2011

Mi último día como asistente

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No escribí aquí mucho sobre como fue llegar o como fue ser asistente de lenguas a lo largo de este año. Probablemente porque no fui la mejor asistente, ni me esmeré demasiado en que mis alumnos comprendieran la diferencia entre "perro" y "pero" o entre "reja" y "oreja"...
Hoy sin embargo es mi último día como asistente. Y aquí estoy, llegando tarde como siempre, sáltandome horas... Sería más hipócrita creo yo intentar ser perfecta la última semana cuando no lo fuí nunca. Y si me arrepiento o no de no haber sido la asistente estrella... quizás; arrepentirse es la forma más cruda de aprender (y siempre he sido una de las defensoras acerrimas del Arrepentirse). Y si bien no habrá otra oportunidad de hacer lo mismo (con indiferentes, pop, y fresas estudiantes de los burgos parisinos), si habrá la oportunidad de enseñar de nuevo y saldar las flojeras, los pocos desvelos y las salidas apresuradas del salón aún cuando no había destino próximo.
No es tampoco que todo sea así tan fácil; hay semejantes hoyos en el programa de Asistentes de idiomas, que me es difícil entender como ha subsistido a lo largo de diez años. Maestros que te ignoran, horarios que nunca te llegan y que te dejan en el limbo por más de dos meses, grupos atascados o completamente vacíos, profesores que no te quieren soltar ni un alumno y que te tienen, como silla o peor, sentada escuchando como se debe pronunciar la "g" del "Generoso Genaro Godínez".  Maestros que faltan, escuelas que cierran, huelgas, de las que nadie te avisa y que te tienen sentada a la puerta de ese liceo novísimo con solo 1 alumno que puede pensar de cada 7.
Aprendí muchísimo. Sobretodo aprendí de mí, sobre que tan bien o que tan mal puedo hacer las cosas y que tan terribles pueden ser las experiencias si el entorno no te apoya, pese a que te des en la pared con tu entusiasmo. Voy a recordar con un cariño inmenso la Patisserie de al lado del Liceo, con sus panaderos amabilísimos y sus baguettes de "poulet crudité". Voy a extrañar las flores de Charenton-le-pont con sus caminos sobre las rejas del tren. Al maestro de Martinica que se ponía a hablar con nosotros horas y horas sobre el terrible estado de la educación en Francia. A los profesores que se quejaban y quejaban tan naturalmente como si respiraran y a las bromas del maestro que se parecía a Doctor House.
Voy a extrañar  a unas cuantas muchachas, con las que fui especialmente exigente porque siempre supe que podían dar más. Y voy a extrañar sobre todo a Caroline, totalmente nerviosa toda el tiempo; al borde de un ataque de nervios, con sus carpeta tan llena de hojas que se le caen por los bordes y con sus mochila gris, robándose el té de los profesores en la alacena a la que que no piensa aportar jamás nada, porque es su secreta venganza por la dejadez en la que los profesores nos han dejado trabajar estos siete meses.
Voy a extrañar despeinarla cuando usaba las computadoras para luego escaparnos a comer baguettes al parquecito al lado de la avenida.
Lo bueno de todo esto es que Paris sigue para mí; Paris nunca fue ser asistente. Paris siempre fue ese lugar, oscuro y hosco, que poco a poco se abrió, como un padre que pone a prueba. Paris fue ese lugar al que llegué sin amigos ni conocidos, sin casa, sin cobijas ni sartenes amplios para cocinar. Paris será siempre ese lugar que recorrí de tarde por no tener a donde volver, y que luego, con la amabilidad humana de los parisinos, y de los extranjeros que como yo son siempre hermanos entre ellos, se fue conviertiendo en Notre Dame como punto de encuentro a las 5 de la tarde con Caroline, en el kebab donde comía Germán, en Catalina con sus tés de media tarde y sus manos de hermana. En esa amabilidad arabe que es lo más cercano a México, después de la amabilidad latinoamericana. Paris será su hospital Saint-Paul con sus caminitos de árboles alineados. Paris será sus aeropuertos a Turquía. Paris será su metro que muere a media noche, como si se resistiera a ser metro de gran ciudad.
Paris sigue al menos unos días más para mí, pero hoy dejo de ser asistente.
Janik