
Esta semana es una de esas que quisieras borrar de tu vida. Esta es una semana que no debió de existir: es la prolongación de una guerra comenzada por nuestros ancestros y cuya causa hemos ya olvidado (será que los nietos y bisnietos sólo conocen la guerra y de ella no pueden huir; pues nadie busca lo que no concibe). Pensaste que sería el final de la guerra, pero olvidas que tu necesitas Hiroshimas, que la diplomacia no les nace, mucho menos, cuando hay códigos caballerescos de por medio.
Esta es una semana poblada de vacíos; puedes contar con una mano los agujeros negros que han colapsado en tu existencia (veintitrés años es tan poco y sin embargo tu mentecita enajenada ha comenzado ya a olvidar). Entre cierras los ojos e intentas vislumbrar estructuras que te están vetadas, y que, según parecerás decidir, lo estarán siempre.
¿A dónde se va la calma? ¿A dónde la paz, la tranquilidad, las ganas de salir, las hondas respiraciones? ¿Por qué las emociones no son tangibles? ¿Por qué la gente puede permanecer dormida? ¿Por qué decidir, aceptar y conformarse?... ¿Por qué y cómo darme por rendida?
A veces olvido que he aprendido, porque me gana la esperanza. A veces pienso que quizás no he aprendido nada sino que he acumulado meras reglas de seguridad, y otras tantas me encuentro a mí misma, necia y tristísima como la mosca de Bonifaz Nuño...
¿Cómo juzgar circunstancias, actores, guiones, expectativas?... ¿Cómo decirle a Unamuno, que no estás de acuerdo con tu papel? ¿Cómo explicar al autor que ya no estás para cuellos de botella?
Esta semana es como una montaña rusa a riesgo de colapsar... pero tu ya no puedes, y nadie te sostiene, y nadie lo hará, y sientes como los brazos salen del carrito y luego la cintura, y las piernas como una muñequita de papel que se balancea en el aire y cae. No tienes ni su carisma, ni eres hija de dios, ni tienes nada de lo que él tenía pero deberías aprender de él: nadie estará ahí para salvarte, nadie se subirá a la cruz para curar con su lengua las heridas (y eso que él salvó naciones, pueblos, regimientos). ¿De dónde sacas que alguien te sostendrá cuando ya no puedes? ¿De dónde mereces lo que nadie hará? (Quizás de allí lo mereces; quizás tu patetismo sólo merece imaginarios).
Y es que la esperanza te hace romper promesas; es de hecho ella tu mayor enemiga. Te prometiste libertad y salir corriendo tras el pitido de un juez imaginario, te prometiste no más contrato social, no más expectativas, no más imperativo categórico.
Prisión perpetua a quien deje que las palabras se vacíen... a quien diga algo de lo que no se hará responsable, a quien diga algo que abandonará, a quien diga ingenuo, pensando que la palabra y la acción son inconexas. Aunque tenga razón, no más Baruch Spinoza... no para mí.
Y luego, estúpida, escribes tus reglas para destruirlas: ¿Qué no desterraste del amor a los cobardes, y dónde la enseñanza de Toy Story? Más importante aún ¿Y dónde el no menos para ti, no sólo por ti, sino por ella? Entonces te doblas de vergüenza, no sólo porque te expusieron (sin quererlo), sino porque te comienzas a parecer a aquellos que escriben para cristalizar un manifiesto ético que no tendrán el valor de llevar a la practica, aquellos que viven de la letra porque no dan el paso a la realidad. Avergüénzate de ti, mira tu rostro patético y pretencioso y baja la mirada y humíllate.
De nuevo te crece un coraje del vientre, porque te cagas de miedo de ver al rostro a la tristeza. Y sabes que la semana no se borrará, ni mejorará de seguro, sabes que seguirán los cómodos, las agujas, los silencios, las indiferencias y tu caminar cansadísimo por una calle larga y sucia. Y sabes que hay valor allí donde tu no lo alcanzas a vislumbrar, pero, ingenua de tí, no olvides, que también hay apariencias; y no puede tu esperanza transformar los conformismos.
Igual no importa, tu ya no tienes miedo.
Esta es una semana poblada de vacíos; puedes contar con una mano los agujeros negros que han colapsado en tu existencia (veintitrés años es tan poco y sin embargo tu mentecita enajenada ha comenzado ya a olvidar). Entre cierras los ojos e intentas vislumbrar estructuras que te están vetadas, y que, según parecerás decidir, lo estarán siempre.
¿A dónde se va la calma? ¿A dónde la paz, la tranquilidad, las ganas de salir, las hondas respiraciones? ¿Por qué las emociones no son tangibles? ¿Por qué la gente puede permanecer dormida? ¿Por qué decidir, aceptar y conformarse?... ¿Por qué y cómo darme por rendida?
A veces olvido que he aprendido, porque me gana la esperanza. A veces pienso que quizás no he aprendido nada sino que he acumulado meras reglas de seguridad, y otras tantas me encuentro a mí misma, necia y tristísima como la mosca de Bonifaz Nuño...
¿Cómo juzgar circunstancias, actores, guiones, expectativas?... ¿Cómo decirle a Unamuno, que no estás de acuerdo con tu papel? ¿Cómo explicar al autor que ya no estás para cuellos de botella?
Esta semana es como una montaña rusa a riesgo de colapsar... pero tu ya no puedes, y nadie te sostiene, y nadie lo hará, y sientes como los brazos salen del carrito y luego la cintura, y las piernas como una muñequita de papel que se balancea en el aire y cae. No tienes ni su carisma, ni eres hija de dios, ni tienes nada de lo que él tenía pero deberías aprender de él: nadie estará ahí para salvarte, nadie se subirá a la cruz para curar con su lengua las heridas (y eso que él salvó naciones, pueblos, regimientos). ¿De dónde sacas que alguien te sostendrá cuando ya no puedes? ¿De dónde mereces lo que nadie hará? (Quizás de allí lo mereces; quizás tu patetismo sólo merece imaginarios).
Y es que la esperanza te hace romper promesas; es de hecho ella tu mayor enemiga. Te prometiste libertad y salir corriendo tras el pitido de un juez imaginario, te prometiste no más contrato social, no más expectativas, no más imperativo categórico.
Prisión perpetua a quien deje que las palabras se vacíen... a quien diga algo de lo que no se hará responsable, a quien diga algo que abandonará, a quien diga ingenuo, pensando que la palabra y la acción son inconexas. Aunque tenga razón, no más Baruch Spinoza... no para mí.
Y luego, estúpida, escribes tus reglas para destruirlas: ¿Qué no desterraste del amor a los cobardes, y dónde la enseñanza de Toy Story? Más importante aún ¿Y dónde el no menos para ti, no sólo por ti, sino por ella? Entonces te doblas de vergüenza, no sólo porque te expusieron (sin quererlo), sino porque te comienzas a parecer a aquellos que escriben para cristalizar un manifiesto ético que no tendrán el valor de llevar a la practica, aquellos que viven de la letra porque no dan el paso a la realidad. Avergüénzate de ti, mira tu rostro patético y pretencioso y baja la mirada y humíllate.
De nuevo te crece un coraje del vientre, porque te cagas de miedo de ver al rostro a la tristeza. Y sabes que la semana no se borrará, ni mejorará de seguro, sabes que seguirán los cómodos, las agujas, los silencios, las indiferencias y tu caminar cansadísimo por una calle larga y sucia. Y sabes que hay valor allí donde tu no lo alcanzas a vislumbrar, pero, ingenua de tí, no olvides, que también hay apariencias; y no puede tu esperanza transformar los conformismos.
Igual no importa, tu ya no tienes miedo.
3 comentarios:
A donde se van? a la chingada, con todo respeto para su blog... cuando encuentre la forma de borrar el tiempo me avisa
Arrebato pizarnikiano, no, ¡mejor!
AY Dios, Don Negromanti, usté me sonroja... Pizarnik es la master!
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