8.21.2009

Ésta, querido mío, no es una ética de intenciones


Tenía en la cabeza esta entrada desde hace ya algunos días. A mi hermano Kaeri le ha estado yendo mal en la escuela; reprobó tres materias y las otras las ha pasado por panza, uno que otro diez perdido en la boleta. Los profesores nos dicen lo mismo todos: "Su hijo es muy inteligente, es muy culto, contesta todo, pasa los examenes muy bien (de hecho no ha reprobado ningún examen), pero nunca trae la tarea, llega tarde, olvida el material, la bata, los trabajos en equipo", y parece que estoy escuchando a mis maestros de idiomas... (hey, espera, creo que tendría que tenerle más comprensión al chamaco ahora que lo veo hermanado a mi pena O_O)...
La cosa es que mis padres decidieron que la única que podía enseñar Subjuntivo, Indicativo e Imperfecto al chamaco, era yo. Después de una breve discusión con él sobre: por qué rayos reprobaba las materias si es lo único que se le pide en la vida (además el chamaco juega ajedrez, habla inglés, leyó en vacaciones la Odisea, el Quijote y las Mil y una noches, lee sobre física-cuántica en sus ratos libres y no sé que más monerías impropias a su edad), terminamos (como siempre, con Kaeri) en una discusión sobre filosofía.
Su punto: ¿Por qué si los maestros veían que pasaba los exámenes, que sabía más que los otros, o de perdis lo mismo, que no olvidaba las cosas a drede sino "que se le iban sin querer" que en clase todo contestaba, por qué reprobarlo sólo por tareitas y tenis limpios? ¿Los tenis limpios y las tareas de relacionar columnas demuestran su conocimiento?
Mi respuesta: No, claro que no Kaeri. Cualquier persona que medianamente se respete sabe que las calificaciones no reflejan por mucho el conocimiento o la sabiduría de alguien, ni siquiera su entereza moral, de hecho puedes pensar de alguien que tenga "puros dieces", que no tuvo vida (adolescencia, borracheras, noches perdidas, ganas de vivir). Aunque tampoco es la regla: quien sea sólo escuela será, como dice mi madre: Farol de la facultad, oscuridad de la calle. Vivir no es un acto de academia, no se mide con 10 o F, para la vida no hay asistencias o faltas, sólo una existencia continua.
La cosa es lo que uno puede medir son los hechos. A manera de broma le dije a Kaeri: El maestro no puede ver que tienes a Stephen Hawking en la cabeza, o que te sabes a los catorce todos los dioses griegos y que has leído a Platón. El sólo ve que ves por la ventana cuando habla.... (aquí se enoja y me pone una cara de puchero).
La forma en la que nos relacionamos en el mundo es con hechos; si le disparas a alguien y lo matas, sin querer o queriendo, lo que cuenta es que lo mataste, aún cuando haya sido un error para esa otra persona el hecho es que perdió la vida. Esta no es una ética de intenciones le dije. Luego le explique las paradojas a las que había llegado Kant con el avaro que da limosnas. Yo sé que no olvidas las cosas a drede, que sabes y que sabes mucho, pero el mundo te va juzgar por tus actos.
Y no te juzga por tus actos porque sea malo y no le importe tu interior, tus intenciones, tu identidad guardada, sino porque el mundo de la intimidad es simplemente inaccesible para el otro. Lo que se puede ver y juzgar son tus actos; lo que haces, la tarea y los tenis limpios son juzgables y como tales objeto de calificación, los libros que lees en tu casa por gusto y las noches de ajedrez no.
Se puso melancólico: -Eso no es justo- me dijo.-Los hechos son cosas que pueden o no pasar, no controlamos los hechos, sólo nuestras intenciones, sólo nuestra vida interna, y sin embargo juzgan lo que no está del todo al alcance de nosotros. Me reí un poco y mi risa lo exasperó: -Lo que tu dices puede bien ser Epicteto, salvo que tu tarea escolar y tus tenis si están en tus manos...-
-No hablo de eso, tu sabes- contestó molesto -La gente debería de tomar en cuenta las intenciones, el cariño, los conocimientos que aunque floten en la cabeza son útiles-. Se le salieron unas lagrimas de los ojos: -A veces uno quiere hacerlo todo y no lo alcanza, a veces simplemente no podemos lograrlo-.

Lo mire sentada a su lado en la cama, con mi libro de conjugaciones del español en las piernas. Pensé en él como en un viejo amigo. Yo, quizás ya encurtida, no pude responder como hace tiempo, y me limité a decir: -A veces las intenciones cuentan, por ejemplo a veces hay atenuantes si mataste a alguien por error, pues no es la misma condena que si fue premeditado y con alevosía. Pero en la vida, en todo, lo que tenemos son hechos. Cuando te acuerdes de tu pasado te acordarás de lo que hiciste, así haya sido no hacer-.
-Las intenciones es voluntad, es lo que uno desea, lo que uno quizo, y así no se haya logrado tiene que ver con uno, yo me acordaré de lo que quise tanto como de lo que hice- estaba ya enojado y triste.
Lo mire profundamente, le di un abrazó, deje el libro de gramática en su mesabanco con la instrucción expresa de que leyerá el capítulo dos:-El truco es que hagas encajar tus intenciones con los hechos, tu conocimiento interno y tus emociones con lo que haces. Que dispares el gatillo cuando quieres y no sus múltiples variables (disparar el gatillo sin querer, querer matar y no acertar a tomar la pistola por ejemplo)... pero recuerda: lo que vale son los hechos, sólo los hechos... de hechos está hecha la historia, y no de intenciones-.
Creo que soltó unas lagrimas pero el luto de saber que el mundo es así, muchas veces injusto o cruel o indiferente al interior de uno mismo, es un luto que se tiene que afrontar en soledad. Al cerrar la puerta me detuve, también estaba triste, pero lo creía en serio, porque tuve que aprender a creerlo: La vida es sólo hechos, es lo que te atreviste a hacer o no, y no lo que quisiste hacer y no hiciste; en tales casos la vida sería el hecho de no atreverse, lo cual es aún más triste. La vida son acciones encadenadas, no emociones discretas que uno experimenta, al ver por el cristal del auto, al pasar por cierta calle.
Janik

3 comentarios:

Daniel G.G. dijo...

Vaya, típicamente adolescente eso de la vida interior... ¿O será que me he vuelto viejo? (¿o legaslista?, ¿o "maduro"? ¿o griego?) ¡Por una cultura de la vergüenza!

Un maestro regañador de alumos que ven por la ventana.

Unknown dijo...

tu hermano me recordó mucho a mi, cuando iba a la escuela...

nunca entregue trabajo escrito, pues a parte que era un flojo, me desquiciaba la superficialidad de los trabajos...

cuando entre a la carrera... estuve deprimido todo el tiempo, el saber que se estudia lo que no se quiere y lo que se tiene al alcance...

efectivamente la vida son hechos... o a mi parecer son sucesos... muchos sucesos que se van fluyendo.

en un mundo hecho, creado en estructuras, solo cuenta tu capacidad de estar en la estructura... todo lo que esta afuera no cuenta... no existe, no importa.

aunque tal vez es esa soledad que lo encierra lo que lo perjudica en la escuela...

la escuela es una prisión para aquellos que leen libros impropios de su edad...

infortunadamente creo que eso podría indisciplinarlo, es mas, ya es indisciplinado y eso es malo...

por la escuela me indiscipliné mucho... mi odio a la escuela me ha costado la disciplina...

llegaba tarde, no hice las tareas, desde la prepa ando así... porque creía injusto que estudiara algo que no iba conmigo... Ojalá hubiera tenido un hermano, una hermana que me dijera eso...

nunca reprobé una materia, creo que los profesores se daban cuenta que no ganaban reprobandome o aprobandome... me pasaron... o me cobraron...

la estructura es implacable contra los soñadores...

Hoy ire a casa reflexionando todo esto.

Esponjita dijo...

wow!
bueno: yo soy de esas. Aunque a veces el genio me alcanza para salvarme el pellejo con un hecho mal hecho (pero nadie adivinaría que esa mañana el trabajo que les leí, me costó una hora hacerlo)

Iba a decir: "El mundo es la totalidad de los hechos, no de las ¿intenciones?", pero creo que por algo a los buenos analíticos les interesa mucho tratar de demostrar que eso de la interioridad es una bonita ilusión (y a los jeideggerianos: es un asunto del s. XX).
No hay una verdadera intención que se realice en la inactividad, porque la intención también es los medios de los que se vale el deseante.
La vida interior donde nos imaginamos héroes, donde dibujamos deseos, no es una vida llena de intenciones: es una narración donde nos entretenemos como frente a una novela (o a la televisión).
Y lo digo por lo siguiente: la intención es una atracción hacia algo externo. Una "ética de intenciones", podría también entenderse como una ética de deseos por realizar algo externo, junto con los medios de los que nos valemos. Si los medios para realizarlo no están presentes, quizás la intención no sea completa (diría el Augustin)
Si el deseo es ser "valorado", entonces el objeto de deseo hacia el cuál se dirige la intención está "fuera" de la persona. Si el deseo es "saber", el deseo está dirigido a los libros. Aquí el problema entonces, no es que tu carnal tenga buenas intenciones que no se realicen, ni que sus hechos no correspondan sus intenciones, sino que no ha discernido la diferencia entre el valor que se le otorga a la gente en la escuela, y el valor que él se debe así mismo.
Me explico: en la escuela el valor de la persona tiene que ver con su capacidad de adecuarse a ciertas exigencias (desde limpiar los tenis hasta la tarugada de aprender a trabajar en equipo, o entregar la tarea con buena letra). Y es porque así es la escuela. A la escuela no tiene por qué importarle que él haya leído a Stephen Hawking justo porque ese no es su objetivo: el objetivo es que lleve los zapatos limpios.
Pero leer a Stephen Hawking satisface otras exigencias: las que le dan valor a tu hermano ante sí mismo (y que la escuela no está obligada a reconocer).
En ambos casos, la intención está perfectamente relacionada con el objeto que la incita y con las acciones que le permiten alcanzarlo. Sólo que son intenciones diferentes.
No es que el mundo sea injusto. O bueno, sí lo es, pero en otro sentido: la escuela es un escalafón que le queda chico a tu hermano. Ella nunca lo va a valorar, simplemente porque lo que valora la escuela es la capacidad de ser buen alumno, y esto no pasa de seguir ciertas reglas.
Aprender que el mundo no está obligado a reconocerle su modo de ser, y que él no está obligado a reconocer lo que al jodido mundo se le viene engana reconocer, es lo difícil pero es el quid de la cuestión.

Un poco de Nietzsche, administrado en bajas dosis y bajo supervisión filosofíatra podría venir bien: en los otros no está nuestro valor; pero son indispensables para sobrevivir. Ellos deben ser un medio, jamás un fin (pero como buen medio que son, hay que aprender a utilizarlos, como a cualquier herramienta)