Su rostro era un ave dormida o las gotas repentinas de una burbuja que se rompe (un palpitar salvaje entre las manos, alas que eran sólo aire).Pero no, no podría decir en realidad nada certero de los años que estuve enamorada de ella. Al escavar en la memoria los recuerdos se apretujan unos con otros hasta volverse una obscura obertura donde la luz (incluso su luz, su luz de calle vacía y labios húmedos) se pierde.
En reforma, enfrente del Maria Isabel. Nos habíamos estado besando sin importar morbo y morales distendidas (recuerdo el azul del cielo, la cantera hueso, un hombre con gafas oscuras que al pasar nos miró excitado). Nos detuvimos. Mire sus ojos (contrario a lo que la gente piensa, sus ojos no son negros, son café brillante, casi olorosos a madera). Me preguntó que qué iba a pasar, qué eramos, qué seríamos (luego hice la pendejez más grande de mi puta vida). Dije que no. Que la amistad, que el cariño, que nunca deberíamos de dejar de ser amigas porque el futuro
[un futuro que no existe, por qué la gente, incluso la que más he guardado en el corazón, se ha ido, o cambia tanto de piel que se vuelve irreconocible su rostro] que tenía miedo de perderla [miedo, puto miedo, de qué diablos me sirvió el miedo cuando me temblaban los labios de rabia al verla en los brazos de otro, de que me servía el miedo, cuando me decía que la habían tocado, que la habían querido, burlado, cogido, y hundía de rabia en la noche el rostro en la almohada, o en el mejor de los casos, subía a contarle a Gabriela, que sufría de un error púrpura, maloliente, incurable][Que el temor me había hecho la simple escribiente (testigo, público invitado) de una historia que debió haber sido mía].
Caminamos miles de veces por ese punto de reforma y nadie dijo nada (no sé yo siquiera que es lo que ella recuerda de allí) Luego pasaron los años, o los hombres (da lo mismo), la nostalgia de un beso nocturno, las cosas volvieron a su lugar de amistad común (como debían repetía mintiendome). Nunca llegó el valor, y cuando estuvo a punto de llegar sucesos repentinos lo detuvieron.
Después vino ese cariño dulcisimo, hasta el asco, que queda del amor. Esa nostalgia de lo irresuelto, de los recuerdos perdidos, suplantados.
[un futuro que no existe, por qué la gente, incluso la que más he guardado en el corazón, se ha ido, o cambia tanto de piel que se vuelve irreconocible su rostro] que tenía miedo de perderla [miedo, puto miedo, de qué diablos me sirvió el miedo cuando me temblaban los labios de rabia al verla en los brazos de otro, de que me servía el miedo, cuando me decía que la habían tocado, que la habían querido, burlado, cogido, y hundía de rabia en la noche el rostro en la almohada, o en el mejor de los casos, subía a contarle a Gabriela, que sufría de un error púrpura, maloliente, incurable][Que el temor me había hecho la simple escribiente (testigo, público invitado) de una historia que debió haber sido mía].
Caminamos miles de veces por ese punto de reforma y nadie dijo nada (no sé yo siquiera que es lo que ella recuerda de allí) Luego pasaron los años, o los hombres (da lo mismo), la nostalgia de un beso nocturno, las cosas volvieron a su lugar de amistad común (como debían repetía mintiendome). Nunca llegó el valor, y cuando estuvo a punto de llegar sucesos repentinos lo detuvieron.
Después vino ese cariño dulcisimo, hasta el asco, que queda del amor. Esa nostalgia de lo irresuelto, de los recuerdos perdidos, suplantados.
1 comentario:
Siempre algo de lo que escribes me llega, chingaos.
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