PRELUDIOS PARA ESPERAR LA LLUVIA
I
Ráfaga de cabellos, sonrisas, manos sucias.
Tres niñas surcan la tarde en bicicleta.
El verano incipiente
da por bien servida la jornada.
PRELUDIOS DE NOVIEMBRE
I
“Creo que me voy a morir”, dijiste, y sólo yo estaba junto a esa agonía donde era tu ángel custodio y tu verdugo. Déjame creer que nadie te había sacado esa sonrisa; que mi cuerpo era espejo donde copiabas cada galope para venirte como un río crecido donde cantan las lluvias del verano. Vestida de hechicera, ensayaste la risa de la puta o sollozaste –niña- entre mis brazos. La noche nos habló de geografías remotas que llevas cosidas en el alma.
CUADERNO DE ANÍBAL EGEA
Separación
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Cuando parezca que la más reciente de las heridas amorosas no va a cerrarse nunca, recordemos que amores semejantes también estaban destinados al olvido. Y el dolor que parece –ahora sí- insoportable, no impedirá que mañana el camión recoja la basura, seamos un vaso de leche, un buenos días, una sonrisa. Y lo más absurdo es que algo tan inocente como ese amor que habrá de resolverse en polvo, concentre en uno solo los caminos.
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Nadie necesita de nadie. Sin embargo el que ama es semejante al bebedor de café que necesita para su pequeña ceremonia la mesa elegida, la taza única, la carga precisa de ese líquido que es el perro más fiel del solitario. Y así como el cliente no encuentra paz en otro sitio, aunque realidades como mesa, taza, líquido oscuro sean las mismas, el enamorado piensa que ninguna sonrisa, ningún modo de andar, ningún perfume son semejantes a los de la pérdida.
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Los cafés son el norte de los tristes: tribus nómadas llegan a sus mesas cuando la tarde pinta lentamente un cielo fatigado de su nombre. Piden café, se siente abren diarios; miran las noticias de un mundo que no les perteneces. Qué distinto el océano de cantina; uno puede beberse el mar entero, mirarse en el espejo, interrogarse, combatir una manda de dragones sabiéndose san Jorge sin espada. Pero el café no es cómplice de olvidos: es el negro laúd de la vigilia. Triste asunto acordarse en una mesa a medir el sabor de una desdicha que ni con otros muertos es posible compartir.
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Cuando el bosque se incendia deja a su paso esqueletos oscuros, la tierra hecha ceniza: el huracán derriba las palmeras, raja todos los cuellos de botella, quiebra cinturas de sirenas; cuando la tierra se abre, sus heridas reducen a escombros los sueños de Babel en vidrio y hierro. Cesa el amor y todo permanece: aún tengo dos manos, piernas, los humores de ayer, tal vez más libros; lo único que avanza es mi calvicie. Todo en la casa está de luto y nada anuncia la estela del desastre.
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Pienso, ingenuamente, que te olvido; que no estás ya, de pronto, en lo que hago. Pero corto igual que tú los jitomates; la sopa necesita los granos de pimienta que tú pones y todo se me convierte en subjuntivos. No soy yo quien te espera: le haces falta a la noche y a estas sábanas nuevas que habrá de combatir un solo cuerpo.
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No doblarme jamás. Antes romperme. Hay quienes llaman sabio a quien camina a solas, con un terco paraguas que no cierra, mientras el sol inunda la mañana.
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No el orgullo sino el miedo nos obliga a evitar el contacto con el sujeto de nuestro amor; miedo a ver en su rostro que ya no existimos, miedo a saber que ya no refleja nuestra luz, miedo a descubrir un ser distinto al que creíamos ser en instantes que entonces pensábamos eternos. El orgullo es el traje de luces para el duelo mayo de nuestro pánico.
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Hay quienes viven bajo la sombra de la bestia y no se atreven a sacarla a la luz. Hay quienes le pican las costillas, la provocan, la despiertan del todo para probar sus armas fascinantes. Aquéllos son los buenos jugadores. Estos se llaman enamorados.
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¿Por qué no aceptar que el amor nos es sólo prestado, como la silla en que nos sentamos, la ropa que nos cubre, el vino que bebemos? Aunque el enamorado intenta engañarse creyendo que nace por primera vez cuanto mira, los mismos objetos hoy parecen rotos, no nacidos, con esa sensación de inutilidad que a veces nos asalta cuando el tren se retrasa y no podemos leer, fumar, estar a solas ni en compañía y somos un bulto más al lado de nuestro equipaje en andenes, no obstante las multitudes, solitarios.
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“¿No es peligroso acercarse tanto a una ballena?”, pregunta Rosario al mirar la fotografía de una balsa junto al lomo inmenso de una Eschrichtius Robustus. También el amor, y en él nos embarcamos como niños sonrientes que se mueren de miedo al subir a la montaña rusa.
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- Es la primera vez que veo un Dobermann que no muerde.
-Es que no sabe que es un Dobermann. (Tampoco el amor, mientras no se lo digan).
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Viene la puta tristeza montada en esta música que un día hicimos nuestra. Carga de plomo al aire, estrecha redes, encadena los versos. Ésta no eres tú; es tu fantasma. Tu luz no puede herir como esta carencia de todo cuando todo lo tengo.
Iniciación
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Todo se llama sed cuando el verano retorna por sus fueros. En mitad del bochorno, te duele hasta la sangre porque el desvelo azuza los mastines de sombra que han venteado el final de la veda. Eres de nuevo un niño: la paciencia no existe y necesitas todo cuanto el olvido había domado. Es el amor de nuevo. Nunca es igual la fiebre que lo anuncia, ni el río de ayer semeja la forma oscura que te aguarda: más allá de la noche, bajo la piel te nace un pueblo de tambores.
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Vivir es escribir con todo el cuerpo.
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A nadie puede dolerle el “No te quiero”, La herida es un orgullo, una acción progresiva cuyo dolor sublima a quien lo lleva. El dolor verdadero sobreviene al esfumarse la anestesia: la herida duele ya sin gloria, con la vulgaridad de una muela en una madrugada sórdida de invierno
