Estoy en el cuarto de Catalina, ella está cantando un fragmento de barroco inglés. Yo, sentada en el piso, curioseo mi propia computadora hasta que me decido a escribir. Escribo entonces que estos momentos de intimidad en su cuarto son tesoros; afuera Paris, la banlieu de Paris, afuera ellos, o los europeos cuyo racionalismo llos lleva a la locura, o los africanos, ruidosos e indiferentes, ó los árabes que caminan con las manos dentro de los bolsillos. Pero afuera están también los latinoamericanos que creen que viven en una barca de oro por haber cruzado el charco, o, los que se pasan espiando por los ojillos de las puertas...
Aquí estamos ella y yo, y a veces siento que nos conocemos de hace años, como si fueramos amigas desde el bachillerato o la primaria y que nos rencontramos de nuevo, aquí por mero azar. A veces también sentimos que somos las primas que no tuvimos y nos contamos intimidades tontas, y hablamos de la familia y nos pintamos las uñas. Nos confesamos sin aburrirnos las mismas cosas, dejamos que nuestros miedos y traumas salgan, con sus ojitos abiertos, a aerearse, y cuando hablamos no sentimos ansias, ni titubeamos para fingir nada.
Es una bendición de no sé cual dios que Paris esté allá fuera y nosotras aquí, con todos los mimis del mundo. Es una milagro que Mimi the little tenga el cuerpo de frijolito, y que el horno microondas de Cata siga andando como nuevo aunque este abollado. La vida te da cosas buenas, como una amistad así y una amiga que sepa cantar barroco inglés.