6.10.2010


Perder la esperanza debería de haberse convertido en mi pan de todos los días. Debería ya de haberme acostumbrado a que el corazón se colapsa como un simple bing bang diminuto que da paso a un siguiente universo, cada vez más degradado, cada vez más pútrido, pero universo al fin y al cabo.

Pero no suelo acostumbrarme al dolor; comienzo a hartarme. Comienzo a hartarme de mi propia estupidez, de mi propio corazón (incluso de la misma palabra corazón y su retórica de utilería; como llamar entonces a este hato de emociones y sentimientos, expectativas y terribles congojas que me crece en el pecho como un maldito tumor, denso, informe, palpitante, músculo y grasa sin orden).

Tengo ganas de dejar las cosas aquí, y levantarme mañana con otro nombre, otro cuerpo, otro rostro, otros ojos, otro corazón y otra mente, ésta vez una mente vacía, una que nadie pueda amar ni admirar; una mente de barro para quebrarse en una piñata cumpleañera o en un simple descuido de mercado.

Tengo ganas de odiarte y odiarme. Corrección: tengo ganas de odiarlos y de odiarme; por no haber podido, por no haber logrado, una vez más la eternidad y para quedarnos, como siempre, con un montón de triquiñuelas de papel y plástico. A algunos quiero odiarlos por no haberlo siquiera intentado, a mi quiero odiarme por renunciar, por no ser capaz de permanecer con el rostro directo a la luz. Cartas y cartas que se apilan en sobres bajo la cama; ruinas de una eternidad que no alcanzó a ser siquiera construida (claro que la construcción de una eternidad es una tautología de finitud: el acto mismo que comienza la eternidad tiene que ser aquel que le de fin, pues no puede haber finitos en su adentro)...

Citando, a otro anónimo nostálgico, lo único absoluto que queda después del verdadero amor es la muerte: ¿qué otro absoluto?... ¿Y si yo ya no estuviera para absolutos? Y si yo debiera ya de darme por vencida en esta vida y agradecer que ella tocó a mi puerta y que nada quedará después de esos recuerdos (carreteras a media tarde, lluvias de raite, tormentas, casas limpísimas y la cama de mis padres, calles de madrugada con un cuerpo de luz que no merecía).

Peor que el hereje; aquel que toca la luz y la deja ir sabiéndola la única verdad.

Parece que nací para pesadillas de media noche y nostálgicos patéticos; amante de las causas perdidas me gusta romperme el rostro contra la pared y admirar la sangre cuagulada desconfigurar lo que antes fue ¿bello?

(coagulos de sangre que se leen como las líneas de una mano; una nariz desviada, un tabique destruido en direcciones contrarias, pómulos hundidos del golpe, los labios sino arrancados si cortados por el vidrio)

(¿Dónde veré, dónde ví, donde veo de nuevo este accidente?)

No tengo opción. No pienso en la cobardía, al menos no como la de él, pero comienzo a comprender que no soy tan valiente como lo pensaba.

Janik

1 comentario:

Anónimo dijo...

acabo de leer una frase y dice: "La vida te obiga a quedarte demasiado tiempo con los fantasmas", no creo qu ela memoria sean los fantasmas, ellos dependen de la memoria pero son otra cosa. La frase es del libro croponaturalizta o croporomántico o croponarcicísta (que los tres calificativos le quedan a la novela si uno juzga corriendo) "Vieaje al fin de la noche". Es buena auqne una quinta parte de ella no debería existir pero así lo exige el modo de escribir del autor.

y lo más importante: ¡CHESTERTON!

y otra cosa: acordarse de bob esponja y los acachuates, de Heráclito y sobretodo que somos organismos y nuestro máximo rendimiento nunca es el mismo, eso hay que dejarselo a las tuercas
y tú que eres filósofa pus pus por cuantimáses messetas y barrancos u montañas anímicas vas a tener que estar pasando tooooda la vida.
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