Lloro. Lloro durante toda la película de Up; cuando se casan, cuando ella muere, cuando él pone a volar la casa. Lloro cuando escuchó la noticia del perro que espero a su dueño durante 13 años, en el mismo lugar y misma hora. Lloro cuando me repite mi madre la historia de la gente ayudando en las calles en el terremoto del 85. Lloro cuando veo la Lista de Schindler, Forest Gump o Toy Story. Soy capaz de llorar con la postal de un viejo amigo que dice: "He vuelto". Lloré de alegría con la biografía de Vasconcelos. Lloro a carne viva cuando repaso en mi mente las líneas mas dolosas de Bonifaz; lloro cuando pienso en el maestro; porque hay quien no debería morir jamás.
A veces cierro los ojos: lloro callada cuando pienso en irme, también cuando pienso en los posibles, hipotéticos, arribos. Lloro cuando imagino las historias que no narramos, porque fuimos tontos y todo eso, y lloro también cuando pienso en la hipotética valentía que quiero atribuirte.
Soy el tipo de persona que se emociona hasta el patetismo con un documental del muro de Berlín; con la gente haciendo túneles o globos para no detenerse con un muro, puedo llorar con biografías; no digamos Gandhi, o Zapata, o mi viejo maestro de filosofía, bastan los puntos cardinales de la vida de mi padre, ó cualquier relato de fe o cualquier gesto de simpleza (Como mi asesor de tesis abriendo las puertas de su despacho como si yo fuera alguien de verdad importante (cuando soy, no cualquier estudiante, sino una que siempre se atrasa en las entregas)). Puedo también votarme de la risa, de la pura alegría, cuando alguien cede el asiento en la micro ó cuando después de haber dejado caer la billetera por descuido, el hombre tras de mi me detiene para regresármela.
Lloro con los regresos, con las reconstrucciones y los reencuentros porque significan la posibilidad jamás esperada. Lloro con las partidas, las desapariciones y los silencios porque son, a su vez, la demostración de como es la vida.
Lloro después de un orgasmo y cuando repito tres veces, como mantra de película, te amo. Cuando pienso en la muerte de mi padre o en el fin inevitable de toda historia prolongada. También lloro sin sentido, con ganas si, pero sin razón aparente, rondando sesiones de autoayuda donde nadie me conoce...
Pero después de llorar no siento vergüenza nunca, ni ningún tipo de bajeza de espíritu. Las lloronas, señores, no lloramos por los muertos, andando por las calles lo que nos mueve es exceso de vida.
A veces cierro los ojos: lloro callada cuando pienso en irme, también cuando pienso en los posibles, hipotéticos, arribos. Lloro cuando imagino las historias que no narramos, porque fuimos tontos y todo eso, y lloro también cuando pienso en la hipotética valentía que quiero atribuirte.
Soy el tipo de persona que se emociona hasta el patetismo con un documental del muro de Berlín; con la gente haciendo túneles o globos para no detenerse con un muro, puedo llorar con biografías; no digamos Gandhi, o Zapata, o mi viejo maestro de filosofía, bastan los puntos cardinales de la vida de mi padre, ó cualquier relato de fe o cualquier gesto de simpleza (Como mi asesor de tesis abriendo las puertas de su despacho como si yo fuera alguien de verdad importante (cuando soy, no cualquier estudiante, sino una que siempre se atrasa en las entregas)). Puedo también votarme de la risa, de la pura alegría, cuando alguien cede el asiento en la micro ó cuando después de haber dejado caer la billetera por descuido, el hombre tras de mi me detiene para regresármela.
Lloro con los regresos, con las reconstrucciones y los reencuentros porque significan la posibilidad jamás esperada. Lloro con las partidas, las desapariciones y los silencios porque son, a su vez, la demostración de como es la vida.
Lloro después de un orgasmo y cuando repito tres veces, como mantra de película, te amo. Cuando pienso en la muerte de mi padre o en el fin inevitable de toda historia prolongada. También lloro sin sentido, con ganas si, pero sin razón aparente, rondando sesiones de autoayuda donde nadie me conoce...
Pero después de llorar no siento vergüenza nunca, ni ningún tipo de bajeza de espíritu. Las lloronas, señores, no lloramos por los muertos, andando por las calles lo que nos mueve es exceso de vida.
Janik

3 comentarios:
me hiciste llorar... yo tb soy llorona (y es verdad, los muertos no se lloran)
llorar con las rodillas...
(un abrazote)
Esa fue una de las cosas que me cautivo de ti Janik, tu valor a demostrar lo magnifico de la vida de la manera más hermosa. Yo también soy super chillona y por eso te amo.
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