-Señor, disculpe, no quisiera importunar pero ¿Sería mucha molestia si se desplaza al asiento de la ventana, para no molestarlo al sentarnos, con todas las bolsas que traemos?- acaso conjugé mal "desplazarse" en francés pero en términos generales es la traducción de mi diálogo.
La respuesta del joven egipcio fue:
-Ya me molestas con hablarme, y no, no me muevo. Me molesta que me hables, y me vale madres si traes bolsas.
Palabras más, groserías más o menos traducibles esa fue la respuesta del Egipcio (del que hasta ese momento desconocía la nacionalidad)
Me quede helada unos segundos. Entonces el hombre del asiento de enfrente, un francés sentado junto a su esposa, demostrando claramente su molestia por la respuesta maleducada, me dijo: "No te preocupes, yo me cambio de asiento". Yo, con Germán, que en ese momento estaba de visita en Paris, me senté agradeciendo sobremanera al francés. Intentando que las bolsas tocaran lo menos el espacio del egipcio maleducado (quien por cierto, vestia de traje, muy chic, con un sombrero ladeado y corbatín color lila).
El francés estaba tellement indignado, que discutía con su esposa sobre el comportamiento del hombre; "deberían de aprender educación, por eso luego dicen que los parisinos somos maleducados. No le cuesta nada moverse, no le cuesta nada siquiera decir que no le molestan las bolsas y quedarse en su lugar" aludiendo claramente al otro hombre.
Cuando los franceses se bajaron dos estaciones adelante, el egipcio aprovecho para arremeter contra ellos: "Ustedes que se creen superiores, racistas, discriminadores, yo tengo tanto derecho a decir que no, como ustedes a decir que sí. Franceses racistas, hijos de puta".
Entonces vino lo peor. Me quede yo sentada frente a él, sola. Lo mire callada una milesima de segundo antes de que él, al ver que los franceses se salieron callandole la boca a malas palabras también, empezara a gritarme:
"Aquí en Francia tengo el derecho de sentarme: de decir "no" si me piden que me ceda el asiento, aquí soy libre, soy libre para decir "no" si quiero, y no me tiene que importar nada más que mi libertad. ¿Y tú? ¿Tú por qué me hablas? ¿Acaso nos conocemos? ¿Por que me molestas? Deberías de agradecer que no te golpée, porque si estuvieramos en Egipto una mujer que le habla a un hombre en la calle es una puta, agradece que no te trate como una puta, porque una mujer no debe de hablarle a un hombre en la calle. Aquí en Francia somos libres, somos libres para hacer lo que nos de la gana. Discriminadores".
Sus gritos, iban subiendo de tono, repetía que en Egipto me hubiera golpeado para que entendiera mi lugar, mencionó incluso algo de religión y repitió que en Francia, en La république, él era libre de no cederme el paso.
Jamás un extraño me había gritado con tanta agresividad a menos de un metro de distancia de mí. Germán, que a mi lado no entendía del todo que pasaba, pues todo acontecía en un francés vulgar y rápido, me tomo del brazo para movernos de lugar. Yo atiné a contestarle, en mi primera riña en francés:
"Usted se equivoca. La libertad en Francia, o en cualquier lugar, debe ser la libertad para ser amable con los otros, para ni siquiera ceder el lugar sino sólo moverse de asiento ante alguien que lo pide amablemente. Libertad es libertad para ser un ser humano, no para ser una bestia".
Dejamos al egipcio sentado sólo con los cuatro asientos, la gente se abría a su alrededor, y los murmullos de reproche hicieron que el "libertino republicano" saliera en la siguiente estación. Yo, a unos metros, me puse a llorar callada porque no entendía tanta agresión, tanto odio por algo tan nimio; pero eso señores se llama encuentro multiculturales, migración masiva, enculturación imcompleta, todo aquello que la escuela post-estructuralista puede nombrar y que en México no conocemos porque somos un país de población mestiza. Y bueno, ese fue mi primer encuentro real con un "malhumorado parisino" que ni siquiera fue parisino. Háganme el favor.