8.23.2010

Romperse la nariz

Ella corre a la puerta; tienes ganas de tropezarse con algo y romperse la nariz; que al caer dé una maroma monumental digna de ser recordada por generaciones y generaciones y que caiga de nariz. Por un instante, de manera sobrenatural, su nariz sostendrá todo el peso de su cuerpo y ella se sentirá algún estilo de trapecista invertido...

Luego, cuando la nariz ceda (como toda nariz normal) y un charquito de sangre comience a crecer como un hijito bastardo, su familia llamará al doctor, le entablillarán la nariz, le darán mil quinientas aspirinas y se quedará dormida en su cama. Nadie dirá que no se quiso ir: todos dirán "pobrecilla, lo intentó, intentó salir pero no pudo".

(también sería probable que el paramédico que la atendiera fuera un príncipe azul de nobles sentimientos buscando damiselas fuera de la realeza, y que se enamorara de su magia naricil para mantenerse un instante como acróbata invertido y que le pidiera matrimonio y ella dijera que no, porque desde niña teme a las batas blancas, y él la cortejara hasta el mar con poemas de escritores hispanoamericanos y rusos del siglo de plata, y ella dijera que no, y por primera vez en su vida alguien siguiera insistiendo como ella tantas veces insistió (ese es el punto: justo como ella) y entonces después de saltar de un paracaídas para huir de reverendo pretendiente, tuviera una visión que igualara las batas blancas con nubes viajeras, y le dijera que si, y él le revelara que es un príncipe y se fueran a Hong Kong a celebrar una boda secreta con sombreritos chinos de papel).

Pero eso es más probable que posible, y ni ella se romperá la nariz al salir de casa, ni nada le impedirá que se vaya.

Y entonces todas las Itacas del mundo se agolparan como puertas de burdel sobre un camino estrecho; y en alguna tendrá que entrar, pero, oh pobrecilla; tanto corazón con tan poca suerte, tanta carencia de príncipes (lo que parece indicar que es necesaria la clonación de la realeza con tan de satisfacer el mobiliario de sueños rosas), tanta esperanza guardada en una latita de gusanos esperando sorprender a alguien.

Y nada ni nadie, por más que ella lo deseaba, le impidió cruzar la puerta.

Janik