Nunca un boleto de regreso
porque uno nunca vuelve al mismo lado
más que el mismo río que fluye,
seremos la serpentina de luz
que sigue al cohete:
ausencia pura en medio de la noche:
huella de color
en los párpados
cerrados.
Nunca un viaje redondo
no sólo por la voluntad filosófica del cambio
es, más bien, la falta de dinero en los bolsillos,
la necesidad de elegir
entre el café de media noche
y el regreso.
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