Es tan difícil sentarse a escribir de nuevo. Las palabras se sienten espesas al intentar salir de mis dedos para pasar a la pantalla del ordenador. Un miedo, un vértigo horroroso y pesado me jala los hombros hacia abajo, como si quisiera hundirme, como si de hecho me estuviera hundiendo.
-Estoy en la calma de antes de la tormenta- le dije a Gabriela esta mañana: -¿Y qué será la tormenta?- me preguntó ella de vuelta.
-La tormenta es él, es Vatan- le contesté.
Él es mi tormenta, mi catastrofe, mi milagro, mi maravilla, y nuestro amor es un reloj en cuenta regresiva.
-Estoy en la calma de antes de la tormenta- le dije a Gabriela esta mañana: -¿Y qué será la tormenta?- me preguntó ella de vuelta.
-La tormenta es él, es Vatan- le contesté.
Él es mi tormenta, mi catastrofe, mi milagro, mi maravilla, y nuestro amor es un reloj en cuenta regresiva.