Son rosados, chiquititos, chiquitos muy chiquitos y suavecitos, como Playdo en navidad. Sus ojitos son redonditos y brillantes como dos agüitas (y los condenados parpadean, así, todos bonitos, para que les hagas caso). Sus trompitas regordetas hacen soniditos de trompetita cuando los miras (ay, ternurita, cosita, bebé). Definitivamente son rosas, y tan pequeñitos que hasta creo que para caminar ruedan...(¡mi vida!) Los ves y casi te da una taquicardia de ternura. Son, ni más ni menos: ¡Los elefantitos!
Desde que mis hermanos y yo los conocimos, se volvieron un motor para vivir... bueno, no tanto así, pero algún extraño trauma subconsciente que no logramos descifrar (con el cual Freud, Lacan y Walt Disney se deleitarian...) nos lleva a hacer cosas entre nosotros, por ellos. Si andas de flojo y quieres que tu hermana te traiga un vaso de leche y ella no quiere por obviedad... ¡Voila! Entonces basta enunciar la diplomacia elefantil: "No lo hagas por mí, hazlo por los elefantitos, son tan chiquitos, chiquititos, chiquitos". Dicho y hecho. (¡Buuuruuuuuuu! barritan chiquititos, precios-bebés-rositas -rompudos, quielen beso). Luego si tu hermano te pide otro favor, y tú, echada como res, planeas negarte, él recurrirá a tan tiernos negociantes: "Hazlo por los elefantitos, son chiquitos, suavecitos, tan chiquitos"... ¡Oh, mi dios! ¿Cómo negarles un favor a los elefantitos? Alma no tendrías y arderías en el infierno por los siglos de los siglos amén..
No, estimado lector, no tengo idea de como nos deschavetamos y terminamos mezclando la escena del barril de vino de Dumbo con las pastillas de chiquitolina... ¡pero, pero...es que son tan chiquitos, chiquititos, tan pequeñitos!
:)
Janik
