Hay momentos en los que se amerita escribir, y también funciona al revés aunque la gente no lo crea. El problema es que los momentos no vienen: se construyen, se alcanzan... quizás son sólo momentos que se cristalizan en un instante y luego desaparecen: como la belleza de una burbuja.
Burbujas. Burbujas: como esas en la plaza (ponga aquí cualquier plaza de su memoria) que flotan mientras los niños las rompen (ponga aquí cualquier niño de su memoria, incluso a usted) sonrientes (ponga aquí cualquier sonrisa que albergue en su memoria).
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Dos mesas grandes, con manteles de colores (uno morado y otro azul), mi padre sentado en medio al lado de su "comadre", la esposa del que fue su mejor amigo de juventud, fallecido el año pasado. Un chiquitero de niños amontonados en la puerta viendo pasar las bandas y a los danzantes. En la cocina llena de corundas, la olla grande (esa que cuando yo era niña era del tamaño del mundo) y el churipo que tiene ese olor de hogar que esperas que no pierda nunca. Las dos mesas grandes llenas. Tu hermano, tus primos, algunos sobrinos a los que no alcanzas a ver como sobrinos porque entre tanta cercanía de edad todos son primos. Familia de sangre, familia de corazón. En la mesa se habla de la vida cotidiana, de las inundaciones, de como duele vivir a veces y de como se espera (de "esperanzado").
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Lo voy a extrañar pronto, lo sé. Porque extrañar, sacar de tus entrañas algo y quererlo de vuelta... está vez será el corazón.
¡este tallercito :) con su nueva dirección reabre operaciones!
Tzitzi Janik :)