2.25.2010

Cierra los ojos y pídeme un deseo


Los niños de la UVM me dicen "maestra". A mi me da un poco de gracia porque no es la primera vez que me dicen así; lo que si me da más gracia es que me digan "miss", entonces me doy cuenta de golpe (¡todo siempre de golpe!) que ya comenzó una nueva etapa. No más niña de prepa, no más pasillos largos con asfalto marmoleado, no más debajo de los horarios ni noches de llamadas larguísimas. De hecho, los que en ese entonces estuvieron, ya no están (y los que están es porque tiene una suerte perenne que los separa de los años).
Ahora que escombré la casa encontré viejos tesoros (viejos tesoros que quería compartir pero que, por una u otra razón propia del extremo raciocinio, no he logrado hacer llegar). No me había dado cuenta que no tengo 16, ni 17, ni 18, ni 19, ni 20 (porque a veces uno no se da cuenta ni de que el cabello te crece (o en el peor de los casos la barriga), o las arrugas, o la talla de zapatos).
Entonces cuando me paro frente a ellos, asumo aquello que mis buenos maestros asumieron frente a mí: lleno el pizarrón de nombres de libros, de autores, les afirmo, les juro, que cada autor les cambiará la vida. Los obligó a pensar, a no quedarse con la imagen aunque me tiren de a loca, les pinto una raya en el pizarrón y los obligo a medirse con la realidad y me voto de la risa un poco cuando siento que yo era ellos; cuando miro a las muchachas con los ojos enamorados, cuando los niños alzan la voz altaneros, cuando se pasan papelitos.
Hoy les dije que se formaran un criterio; que no se dejaran llevar por la primera impresión, puse todo mi empeño en decirlo. Al final de la clase un alumno se acercó a mí, y me dijo: Perdoné por llegar tarde, me gusta mucho su clase, ojala pudiéramos platicar. Yo quería contestarle que no eramos tan lejanos de edad, que incluso podríamos tomar un café en el kioskito y le explicaría todo lo poco que sé. Le sonreí: No se preocupe, usté puede llegar a la hora que quiera.
Me gano mis centavos sin un peso de casa. Estoy terminando la universidad. Pronto me voy del país. Sí; no soy esa, pero sigo siendo la misma. Hay un momento en el que ya no maduras más (gracias al cielo), en el que llegaste al límite de ti: entonces es tiempo de cerrar los nudos, hacer moñitos y dar regalos (para el propio corazón muchas veces).
No sé si seré la peor maestra, o si pesa demasiado que siempre dejo el coche mal estacionado y que luego hago un desastre en el pizarrón y que hablo demasiado de la no existencia obvia de dios. Lo que si sé es que quiero dar lo mejor de mí; esa debería de ser la más profunda labor del filósofo (y de todo ser humano) en la sociedad de todos los días (en la real, en la cotidiana): enseñar a pensar, enseñar a entrecerrar los ojos para ver mejor ... será porque también para soñar hay que cerrar los ojos.


Con los ojos cerrados, beso tus ojos.

Janik

2 comentarios:

Pesadilla dijo...

Tantas cosas que quisiera decirte; como darte un consejo, como pedirtelo quizà, como mostrar mis respetos por el genuino, aunque ingenuo (notas que se escriben con las mismas letras?) deseo de dar lo màsximo porque olvidamos que no todos quieren recibir.

Pero mejor no digo nada.Procuraremos entrecerrar los ojos, aunque sea para dormir

Lienzo dijo...

Como siempre, pequeño, pone usté el énfasis equivocado: para dar no importa quien reciba, sino que tanto se cierran los ojos al abrir las manos.

La hermenéutica es el arte de la imaginación externa, mi querido amigo.

Un respetuoso abrazo

Janik