12.10.2009

La casa se fue


Un día te levantas y la casa se fue. A tu alrededor quedan los cimientos desnudos, los pilares descarapelados de aquello que fue tu hogar. No fue un tornado.... o si lo fue dormías tan profundamente que no lo notaste, no fue una guerra ni un bombardeo, mucho menos tu cuerpo kamikaze... quizás una jauría de bestias pequeñísimas que de noche desarmaron aquello que mientras habitabas, protegías.
La casa se fue, y al cerrar los ojos imaginas que la destrucción del hogar fue la aventura (como aquella película donde el viejito (que metafóricamente nunca eres tu, porque tu eres el personaje entusiasta que muere) lleva su casa volando hasta el otro lado del mundo con millares de globos de colores). Sabías que la casa se destruiría: sabías que tu eras más que un habitante, un curador, que prepara hogares futuros, que resana grietas y cambia los fusibles como un ritual inconsciente para ser desalojado.

Un pobre diablo que entra por la ventana a las casas vacías para poblar de flores las mesas y poner cuadros en las paredes carcomidas.

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