3.20.2006

Mala Publicidad y buen poema

Andenlen pues que estoy en eso, trabajando en un estilo mas florido y menos rebuscado, pero !ah como cuesta! Lo de rizar el rizo no lo han enseñado tan fácil que ya no sabemos hablar de otra forma, ni modos. Pero prefiero quedar muda a ponerme la peluca de caireles. Si señor lo he dicho y lo repito! Muda pero no sin boca, pa que los papacitos no se espanten pues.
Nomás apunte esto aquí por poner algo, de repente me nace la inspiración de escribir como hablo (osea que lean esto con mi caracteristica sonrisa bonachona de matriarca en potencia ) Nomás pa que no digan que hablo sin llegar a nada (que igual lo diran e igual estarán en lo cierto) les pegó por amor al arte este poemita que de Yorgos Seferis, Mitos y legumbres de eso debieramos de vivir todos los días. (Aquí una cancioncita de fondo que diga: come del color verde, chayotes y coliflores, come mitos y leyendas con sal)(madres! De publicista me despiden!... es que crecia a la sombra de: tres a cinco años al kinder debes ingresar)
Buenas noches !!!(sigo preguntandome quien lee esta cosa)
Janik

YORGOS SEFERIS

Esmirna 1900- Atenas 1971

I

Al mensajero lo esperamos tres años con la mirada fija

vigilando de cerca

los pinos la playa y las estrellas.

uniéndonos con el filo del arado o con la quilla del navío

tratábamos de hallar de nuevo el germen primero

para que recomenzara el antiquísimo drama.

Volvimos a nuestras casas destruidos

con miembros debilitados, con la boca corroída

por el gusto del moho y la salmuera.

Cuando despertamos partimos hacia el norte, extranjeros

hundidos en brumazones pro las alas inmaculadas de los cisnes que nos herían.

En las noches invernales nos enloquecía el viento impetuoso del oriente,

en el verano nos perdíamos en la agonía del día que no podía expirar.

Trajimos de vuelta

estos bajorrelieves de un arte humilde.

II

Todavía un manantial dentro de una gruta.

Antes nos era fácil extraer imágenes y adornos

para que se alegraran los amigos que aún nos eran fieles.

Rompiéronse las ataduras: sólo las marcas en el brocal de la noria

nos recuerdan nuestra pasada felicidad:

los dedos en el brocal, como decía el poeta.[1]

Los sienten un poco el frescor de la piedra

al que domina el calor del cuerpo

y la gruta juega su alma y la pierde

en cada instante, plena de silencio, sin una gota.

III

Desperté con esta cabeza de mármol en las manos

que me agota los codos y no sé dónde apoyarla.

Ella caía al sueño cuando yo salía del sueño

así se unieron nuestras vidas y será muy difícil que se separen otra vez

Observo los ojos: ni abiertos ni cerrados

hablo a la boca que de continuo ansía hablar

sostengo las mejillas que sobrepasaron la piel.

No tengo otra fuerza:

mis manos desaparecen y se me acercan

mutiladas.

IV

Y un alma

si quiere conocerse

en otra alma

debe mirarse:[2]

al extranjero y al enemigo lo vimos en el espejo.

Eran buenos muchachos y compañeros, no se quejaban

ni de la fatiga ni de la sed ni del hielo,

se comportaban como los árboles y las olas

que aceptan el viento y la lluvia

aceptan la noche y el sol

sin cambiar en medio del cambio.

Eran buenos muchachos, días enteros

sudaban en el remo con los ojos bajos

respirando cadenciosamente

y su sangre enrojecía una piel sumisa,

Cierta vez cantaron, con ojos entornados

cuando cruzamos el islote desierto de las higueras árabes

hacia el oeste, más allá del cabo de lo perros que ladran.

Si quiere conocerse, decían

debe mirar otra alma, decían

y los remos golpeaban el oro del piélago

en el ocaso del sol.

Pasamos muchos cabos muchas islas, el mar

que trae al otro mar, gaviotas y focas.

De vez en cuando unas mujeres desdichadas

lloraban a sollozos sus hijos perdidos

y otras enojadas buscaban a Alejandro Magno

y glorias sumidas en las profundidades del Asia.

Anclamos en unas costas llenas de aromas nocturnos

con trinos de pájaros, aguas que dejaban en las manos

la memoria de una magna dicha.

Pero no terminaban los viajes.

Sus almas se hicieron una cosa con los remos y los escálamos

con el rostro severo de la proa

con la estela del timón

con el agua que deshacía sus rostros.

A su turno murieron los compañeros,

con ojos entornados, Sus remos

muestran el lugar donde duermen en la ribera.[3]

Nadie se acuerda de ellos. Justicia.

VI

El jardín con sus surtidores en la lluvia

los verás sólo desde la ventana baja

tras el vidrio empañado. Tu pieza

estará iluminada solamente por la llama del hogar

y a veces, a la luz de los relámpagos lejanos han de aparecer

las arrugas de tu frente, mi viejo amigo.

El jardín con los surtidores que era en tu mano

ritmo de la otra vida, fuera de los mármoles

quebrados y las columnas trágicas

y una danza entre los laureles-amargos

cerca de las nuevas canteras,

un vidrio opaco lo habrá cercenado de tus horas.

No respirarás. La tierra y la savia de los árboles

se precipitarán por tu memoria para golpear

sobre este vidrio al que golpea la lluvia

desde el mundo exterior.

VII

Viento sur

El mar se confunde hacia el poniente con una cordillera.

Ala izquierda sopla el viento sur y nos enloquece,

este viento que desnuda a los huesos de la carne.

Nuestra casa en medio de los pinos y los algarrobos.

Grandes ventas. Mesas grandes

para que te escribamos las cartas que te escribimos

tantos meses y las arrojamos

a la separación para colmarla.

Astro del alba, cuando bajabas los ojos

nuestras horas eran más dulces que el aceite

sobre la llaga, más agradables que el agua fría

al paladar , más serenas que las alas del cisne.

Sostenías nuestra vida en la palma de tu mano.

Después del pan amargo del exilio

por la noche si nos quedamos frente a la pared blanca

tu voz se nos acerca como esperanza de fuego

y de nuevo este viento afila

una navaja sobre nuestros nervios.

Cada uno de nosotros te está escribiendo lo mismo

y cada uno calla ante el otro

mirando cada uno el mismo mundo separadamente

la luz y la oscuridad en la cordillera

y a ti.

¿Quién levantará esta tristeza de nuestro corazón?

Ayer anocheciendo una lluvia torrencial y hoy

otra vez aplastante el cielo cubierto. Nuestros pensamientos

cual las agujas de pino del aguacero de ayer

reunidos e inútiles en la puerta de nuestra casa

quieren edificar una torre que se derrumba.

En estas aldeas diezmadas

sobre este promontorio descubierto al viento sur

con la cordillera delante de nosotros que te oculta,

¿quién nos calculará la decisión del olvido?

¿Quién aceptará nuestra ofrenda en este fin del otoño?

VIII

Pero qué buscan nuestras almas viajando

sobre cubiertas de barcos carcomidos

apretadas con mujeres amarillentas y pequeños que lloran

sin poder olvidarse ni con lo peces voladores

ni con los astros que señalan los mástiles en la punta.

Irritadas pro los discos de los fonógrafos

ligadas involuntariamente a peregrinaciones inexistentes

murmurando pensamiento cortados en lenguas extranjeras.

¿Pero qué buscan nuestras almas viajando

sobre maderos marinos putrefactos

de puerto en puerto?

Transportando piedras quebradas, respirando

más arduamente cada día la frescura del pino,

nadando en las aguas de este mar

y de aquel mar.,

sin contacto

sin hombres

en una partir que no es ya nuestra

ni vuestra.

Sabíamos que eran hermosas las islas

en algún lugar cerca de aquí donde buscamos a tientas

un poco más abajo o un poco más arriba

una distancia mínima.

X

Nuestro país es cerrado, todo montañas

que tienen por cubierta el cielo bajo día y noche,

No tenemos ríos no tenemos pozos no tenemos fuentes,

sólo unas pocas cisternas, vacías también ellas, que murmuran y que veneramos.

Eco estancado vacío, igual a nuestra soledad

igual a nuestro amor, igual a nuestros cuerpos.

Nos parece extraño que alguna vez hayamos podido construir

las casas las cabañas y nuestro apriscos.

Y nuestras bodas, las frescas coronas y los dedos[4]

devienen enigmas inexplicables para nuestras almas.

¿Cómo nacieron cómo se hicieron fuertes nuestros hijos?

Nuestro país es cerrado. Lo cierran

las dos negras Sympligades[5]. En los puertos

el domingo cuando bajamos a tomar aire

vemos al ocaso del sol iluminarse

maderos rotos de viajes que no terminaron

cuerpo que no saben ya cómo amar.

XII

Botella en el mar

Tres rocas unos pocos pinos y una capilla sola

y más arriba

el mismo paisaje copiado recomienza;

tres rocas en forma de pórtico, herrumbrosas,

unos pocos pinos quemados, negros y amarillos

y una casita cuadrada sepultada en la cal;

y más arriba todavía muchas veces

el mismo paisaje recomienza escalonado

hasta el horizonte hasta el cielo en ocaso.

Aquí anclamos el barco para reparar los remos quebrados,

para tomar agua y dormir.

El mar que nos llenaba de amargura es profundo e inescrutable

y despliega una serenidad infinita.

Aquí entre los guijarros hallamos una moneda

y la jugamos a los dados.

La ganó el menor y desapareció.

Nos volvemos a embarcar con nuestros remos quebrados.

XVIII

Siento tristeza porque dejé pasar un ancho río entre mis dedos

sin beber ni una gota.

Ahora me hundo en la piedra,

Un pino pequeño en la tierra roja,

no tengo otra compañía.

Cuanto amaba desapareció con las casa

que eran nuevas y el verano pasado

y que fueron arrasadas por el vendaval del otoño.

XX

En mi pecho la herida se abre de nuevo

cuando bajan los astros y se emparientan con mi cuerpo

cuando cae silencioso bajo las pisadas de los hombres.

Estas piedras que se hunden e los años ¿hasta dónde me arrastrarán?

El mar, el mar, ¿quién podrá agotarlo?

Cada aurora veo las manos que hacen seña al buitre y al halcón

ligado a este peñasco que llegó a ser mío por le dolor,

veo los árboles que respiran la oscura serenidad de los muertos

y después las sonrisas que no se mueven de las estatuas.

XXI

Nosotros que partimos para esta peregrinación

miramos las estatuas quebradas

nos olvidamos de nosotros y dijimos que no se pierde la vida tan fácilmente

que la muerte posee sendas inescrutables

y una justicia propia;

que cuando morimos erguidos sobre nuestros pies

hermanados en la piedra

unidos con la dureza y la debilidad,

los antiguos muertos escaparon del círculo y resucitaron

y sonríen en una extraña quietud.

XXII

Porque pasaron tantas y tantas cosas ante nuestros ojos

de las cuales nuestros ojos nada vieron, pero más allá

y detrás la memoria como la tela blanca una noche en un cercado

donde vimos visiones singulares, más extrañas aún que tú

pasar y desaparecer entre el follaje inmóvil de un pimiento;

porque conocimos tanto este nuestro destino

errando entre piedras quebradas, tres o seis mil años

buscando entre construcciones destruidas que acaso habrían sido nuestra propia casa

esforzándonos por recordad cronologías y hechos heroicos;

¿podremos?

Porque estuvimos atados y hemos sido dispersados

y combatimos con dificultades inexistentes como se decía

perdidos, reencontrando un camino lleno de regimientos ciegos

hundiéndonos en los pantanos y en el lago de Maratón,

¿podremos morir normalmente?

XXIII

Un poco aún

veremos los almendros florecer

los mármoles resplandecer al sol

el mar batirse

un poco aún

elevémonos un poco más alto.


[1] N. del Poeta: Los dedos en el brocal, como decía el poeta: “Y los justos según la Sagrada Escritura cuántos son? Y mientras cavilaba en esto, saltaban mis ojos sobre mis manos , que estaban apoyadas en el brocal”, Solomós, La mujer de zákithos.

[2] Las cuatro primeras líneas: texto en griego antiguo tomado de Platón, Alcibíades

[3] Odisea, XI, 75 y sig.: la sombra de Elpenor, el más joven de los compañeros de Ulises, pide que su remo sea plantado en la playa para perpetuar su nombre.,

[4] Coronas que se colocan e intercambia los novios en la ceremonia de bodas de la Iglesia Griega

[5] Sympligades: peñones errátiles de un estrecho mitológico, custodiados pos Escila y Caribdis, que se cerraba al paso de los navíos, destrozándolos.

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