Y lo único que nos queda para aliviar
el dolor es un ungüento de palabras.
Dime tú ¿Dónde has escondido a las golondrinas? ¿Dónde? Bajo que otoño que se dobla y se guarda de mis manos secas y descoloridas al sol.
¿Sobre que paraje nublado de un pueblecito pequeño estarán los girasoles cuyas bocas abiertas jamás volveré a ver? Y no es que las halla visto antes. Es que compartíamos un cacho de sol y de esperanza.
(No, repite esa esquina de sombra, madera y verdor aclamado, Para ti mujer, no hay más que esta esquinas de una ciudad que se corroe y se acaba. Acaso te fueron regaladas las palabras como ironía de acabar sin acabar al dolor)
Pero le he buscado hasta el cansancio. Dándole vueltas a un puerta que no abre. ¿Dime tu donde están los girasoles que tragaron el sol?
Soy un monstruo y menguo. Soy un espejo de luna que jamás acabara de reflejar nada. Entonces me siento de cuclillas en esta esquina de ciudad que filantrópicamente me fue dada. Revuelvo mis cabellos. Acontece la noche sin sucesión de mañana. Así debe de ser.
Reptar hasta el borde del espejo arrastrando el vientre por la luna para encontrar que no hay, que no llegara el otoño ni el sol ni la madurez nunca.
Que debemos errar para existir. Pues la ciudad no es patria sino carencia de otra tierra más entrañable. Y sin embargo no me puedo ir.
(No mujer, cinco kilómetros de asfalto y fantasmas es tu tierra. Aquí no hay flor que se mantenga ni sedimentos que vengan a delatar al tiempo tu existencia)
Errar para existir pero sin puertas. Sísifo ¿Qué has heredado a nosotros, tus hijos, mas allá de una piedra? Padre, si hubieras podido arrancar de mí estos girasoles ciegos que me están devorando. Padre ¿Hay más de este errar absurdo en una ciudad que no se abre?
Mítico campo de sol. Mítico campo de un absurdo ejercito de bocas que se abren para tragarse a Dios. Aquí en la ciudad arrastramos un rostro pesado, un pilar que nos desdibuja toda la vida.
Y esta estirpe que me dado una pequeña sobra para guardarme, me ha dado también dos flores ciegas por ojos y un absurdo sucediéndose a otro como instrumento de medida.
Primer dialogo: ¿Cuántos absurdos hoy mujer? Cuarenta y cinco, cincuenta. Falta poco.
Y aquí nunca habrá otoño. Este verano espeso y húmedo se prolongara toda la vida recordándonos que estamos solos.
Y ¿Donde están las golondrinas? Porque nada remueve ya el denso liquido que es el verano. ¿Por qué nadie viene a arrancarme los ojos?
Girasol, girasol, girasol, pero ya nada revive en mi rostro.
Janik
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